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blema enteramente comprendido y determinado, como el producto de series genéticas que constituyen el sentido, o el resultado de una génesis que no ocurre tan sólo en la cabeza de un mono. Aprender es penetrar en lo universal de las re- laciones que constituyen la Idea y en las singularidades que le corresponden. Por ejemplo, la Idea del mar, como lo de- mostraba Leibniz, es un sistema de lazos o de relaciones diferenciales entre partículas y singularidades que corres- ponden a los grados de variaciones de esas relaciones, en- carnándose el conjunto del sistema en el movimiento real de las olas. Aprender a nadar es conjugar puntos notables de nuestro cuerpo con los puntos singulares de la Idea objetiva para formar un campo problemático. Esa conjugación deter- mina para nosotros un umbral de conciencia en cuyo nivel nuestros actos se ajustan a nuestras percepciones de las re- laciones reales del objeto, proporcionando entonces una so- lución al problema. Pero, precisamente, las Ideas proble- máticas son, a la vez, los últimos elementos de la naturale- za y el objeto subliminal de las pequeñas percepciones. De manera que «aprender» pasa siempre por el inconsciente, ocurre siempre en el inconsciente, y establece un lazo de profunda complicidad entre la naturaleza y el espíritu.
El aprendiz, por otra parte, educa a cada facultad para el ejercicio trascendente. En la sensibilidad, trata de hacer na- cer esa segunda potencia que capta lo que sólo puede ser sentido. Así es la educación de los sentidos. La violencia se comunica de una facultad a la otra, pero abarcando siempre a lo Otro en lo incomparable de cada una. ¿A partir de qué signos de la sensibilidad, por medio de qué tesoros de la me- moria, bajo torsiones determinadas por las singularidades de qué Idea se suscitará el pensamiento? Nunca se sabe por anticipado cómo alguien va a aprender: por qué amores se llega a ser bueno en latín, por qué encuentros se es filósofo, en qué diccionarios se aprende a pensar. Los límites de las facultades encajan los unos en los otros bajo la forma que- brada de lo que lleva y transmite la diferencia. No hay mé- todo para encontrar los tesoros, ni tampoco para aprender, sino un violento enderezamiento, una cultura o paideia que recorre al individuo entero (un albino en el que nace el acto de sentir en la sensibilidad, un afásico en el que nace la pa- labra en el lenguaje, un acéfalo en el que nace pensar en el pensamiento). El método es el medio del saber que regula la
colaboración de todas'las facultades; por ello es la manifes- tación de un sentido común o la realización de una cogitatio natura, que presupone una buena voluntad como una «deci- sión premeditada» del pensador. Pero la cultura es el mo- vimiento de aprender, la aventura de lo involuntario que en- cadena una sensibilidad, una memoria, luego un pensa- miento, con todas las violencias y crueldades necesarias —como decía Nietzsche—, precisamente para «erigir un pueblo de pensadores», «enderezar al espíritu».*
Con frecuencia se reconoce la importancia y la dignidad de aprender. Pero es una especie de homenaje a las condicio- nes empíricas del Saber; se halla nobleza en ese movimiento preparatorio que, sin embargo, debe desaparecer en el re- sultado. Y, aunque se insiste sobre la especificidad de apren- der y sobre el tiempo implicado en el aprendizaje, es para apaciguar los escrúpulos de una conciencia psicológica que no se permite, ciertamente, disputar al saber el derecho innato de representar todo lo trascendental. Aprender no es sino el mediador entre no-saber y saber, el pasaje viviente de uno a otro. Por más que se diga que aprender, después de todo, es una tarea infinita; esta no deja por ello de ser de- sechada junto con las circunstancias y la adquisición, pues- ta fuera de la esencia, que se supone simple, del saber en tanto innatismo, elemento a priori o hasta Idea reguladora. Y, finalmente, el aprendizaje recae más bien del lado de la rata en el laberinto; mientras que el filósofo, fuera de la caverna, se lleva sólo el resultado —el saber— para des- prender de él los principios trascendentales. Aun en Hegel, el formidable aprendizaje al que se asiste en la Fenomenolo- gía queda subordinado, en su resultado, no menos que en su principio, al ideal del saber como saber absoluto. Es verdad que, también en eso, Platón es una excepción. Pues, en él, aprender es verdaderamente el movimiento trascendental del alma, irreductible tanto al saber como al no-saber. Es del «aprender» y no del saber que se deben deducir las con- diciones trascendentales del pensamiento. Por ello, las con- diciones son determinadas por Platón bajo la forma de la reminiscencia y no del innatismo. Se introduce así un tiem-
* Juego de palabras entre dresser, que significa erigir pero también «enderezar», y dressage, que es, a su vez, «enderezamiento», «educación», «adiestramiento de animales». (N. de los T.)
po en el pensamiento, no como el tiempo empírico del pen- sador sometido a condiciones de hecho y para quien pensar requiere tiempo, sino como tiempo del pensamiento puro o condición de derecho (el tiempo asalta al pensamiento). Y la reminiscencia encuentra su objeto propio, su memorán- dum, en la materia específica del aprendizaje, es decir, en las preguntas y los problemas como tales, en la urgencia de los problemas independientemente de sus soluciones, la Idea. ¿Por qué es preciso que tantos principios fundamenta- les concernientes a lo que significa pensar estén comprome- tidos por la reminiscencia misma? Pues, lo hemos visto, el tiempo platónico introduce su diferencia en el pensamiento; y el aprendizaje, su heterogeneidad, sólo para someterlos una vez más a la forma mítica de la semejanza y de la iden- tidad; por consiguiente, a la imagen del saber mismo. De modo que toda la teoría platónica del aprendizaje funciona como un arrepentimiento, aplastado por la imagen dogmá.- tica naciente y suscita un sin fondo que es incapaz de explo- rar. Un nuevo Menón diría: el saber no es otra cosa que una figura empírica, sin el resultado que cae y recae en la expe- riencia; pero el aprender es la verdadera estructura tras- cendental que une sin mediatizar la diferencia a la diferen- cia, la desemejanza a la desemejanza; y que introduce el tiempo en el pensamiento, pero como forma pura del tiem- po vacío en general, y no como cierto pasado mítico o cierto antiguo présente mítico. Siempre encontramos la necesidad de invertir las relaciones o las supuestas reparticiones de lo empírico y lo trascendental. Y debemos considerar como un octavo postulado en la imagen dogmática el del saber que no hace sino recapitular, recoger todos los otros en un resulta- do que se supone simple.
Hemos pasado revista a ocho postulados, cada uno con dos figuras. 1) postulado del principio o de la cogitatio natu- ra untversalis (buena voluntad del pensador y buena na- turaleza del pensamiento); 2) postulado del ideal o del sen- tido común (el sentido común como concordia facultatum, y el buen sentido como distribución que garantiza esa concor- dia); 3) postulado del modelo o del reconocimiento (el reco- nocimiento que invita a todas las facultades a aplicarse so- bre un objeto que se supone es el mismo, y la posibilidad de error que se desprende de ello en la repartición, cuando una facultad confunde uno de sus objetos con otro objeto de
otra); 4) postulado del elemento, o de la representación (cuando la diferencia se subordina a las dimensiones com- plementarias de lo Mismo y lo Semejante, de lo Análogo y lo Opuesto); 5) postulado de lo negativo o del error (aquí el error expresa a la vez todo lo que puede ocurrir de malo en el pensamiento, pero como producto de mecanismos externos); 6) postulado de la función lógica o de la proposición (la de- signación es considerada como el lugar de la verdad, no siendo el sentido sino el doble neutralizado de la proposi- ción, o su duplicación indefinida); 7) postulado de la modali- dad o de las soluciones (los problemas se calcan material- mente sobre las proposiciones, o bien se definen formalmen- te por la posibilidad de ser resueltos); 8) postulado del fin o del resultado, postulado del saber (la subordinación del aprender al saber, y de la cultura, al método). Si cada postu- lado tiene dos figuras, es porque una vez es natural, y otra, filosófico; una vez, en lo arbitrario de los ejemplos; otra, en el presupuesto de la esencia. Los postulados no necesitan ser dichos: actúan mucho mejor en silencio; en ese presu- puesto de la esencia como en la elección de los ejemplos; ellos forman la imagen dogmática del pensamiento. Aplas- tan el pensamiento bajo una imagen que es la de lo Mismo y lo Semejante en la representación, pero que traiciona lo más profundo de lo que significa pensar, enajenando las dos potencias, de la diferencia y la repetición, del comienzo y el recomienzo filosóficos. El pensamiento que nace en el pen- samiento, el acto de pensar engendrado en su genitalidad, ni dado en el innatismo ni supuesto en la reminiscencia, es el pensamiento sin imagen. Pero ¿en qué consiste un pensa- miento semejante y su proceso en el mundo?
Kant no deja de recordar que las Ideas son esencialmen- te «problemáticas». Inversamente, los problemas son las Ideas mismas. Sin duda, él muestra que las Ideas nos preci- pitan en falsos problemas. Pero ese carácter no es el más profundo: si la razón, según Kant, plantea falsos problemas en particular, entonces lleva la ilusión en su seno; y eso ocu- rre porque, ante todo, está facultada para plantear proble- mas en general. Una facultad semejante, tomada en su es- tado natural, no tiene todavía el medio de distinguir lo que es verdadero de lo falso, lo que está fundado o no en un pro- blema que ella plantea. Pero la operación crítica, precisa- mente, tiene por fin proveerle de ese medio: «La Crítica no tiene por qué ocuparse de los objetos de la razón, sino de la razón misma o de los problemas que surgen de su seno».! Se aprenderá que los falsos problemas están ligados a un uso ilegítimo de la Idea. De allí resulta que no todo problema es falso: las Ideas, conforme a su naturaleza crítica bien enten- dida, tienen un uso perfectamente legítimo, llamado «regu- - lador», de acuerdo con el cual constituyen verdaderos pro- blemas o plantean problemas bien fundados. Por ello «regu- lador» significa «problemático». Las Ideas por sí mismas son problemáticas, problematizantes; y Kant, a pesar de ciertos textos donde asimila los términos, se esfuerza por mostrar la diferencia entre «problemático», por una parte, e «hipoté- tico», «ficticio», «general» o «abstracto», por otra. Por consi- guiente, ¿en qué sentido la razón kantiana, como facultad
1 Kant, Critique de la raison pure, prefacio de la segunda edición (tr. Barni, Gibert, ed., l, págs. 24-5): «La razón pura especulativa tiene esto de particular, que puede y debe estimar exactamente su propia potencia, se- gún las diversas maneras en que elige los objetos de su pensamiento, y hasta hacer una enumeración completa de todas sus formas diferentes de plantearse los problemas. . .».
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de las Ideas, plantea o constituye problemas? Es que sólo ella es capaz de reunir en un todo los procesos que realiza el entendimiento concernientes a un conjunto de objetos.? El entendimiento por sí mismo quedaría sumergido en proce- dimientos parcelarios, prisionero de interrogaciones o de investigaciones empíricas parciales referentes a tal o cual objeto, pero nunca se elevaría hasta la concepción de un «problema» capaz de dar a todas sus gestiones una unidad sistemática. El entendimiento, por sí solo, obtendría resul- tados o respuestas, aquí y allá, pero estas nunca constitui- rían una «solución». Pues toda solución supone un proble- ma, es decir, la constitución de un campo sistemático unita- rio que orienta y subsume las investigaciones o las interro- gaciones, de tal modo que las respuestas, a su vez, forman precisamente casos de solución. Kant llega a decir que las Ideas son «problemas sin solución». Esto quiere decir, no que las Ideas sean necesariamente falsos problemas, por consiguiente insolubles; sino, por el contrario, que los ver- daderos problemas son Ideas, y que esas Ideas no son supri- midas por «sus» soluciones, ya que son la condición indis- pensable sin la cual no existiría nunca ninguna solución. La Idea sólo tiene uso legítimo cuando se relaciona con los conceptos del entendimiento. Pero, inversamente, los con- ceptos del entendimiento sólo encuentran el fundamento de su pleno uso experimental (máximum) en la medida en que se relacionan con las Ideas problemáticas, ya sea que se or- ganicen según líneas que convergen hacia un foco ideal fue- ra de la experiencia, ya sea que se reflejen sobre el fondo de un horizonte superior que los abarca a todos.3 Esos focos, esos horizontes, son las Ideas, es decir, los problemas como tales, en su naturaleza inmanente y trascendente a la vez.
Los problemas tienen un valor objetivo, las Ideas tienen, en cierto modo, un objeto. «Problemático» no sólo significa una especie particularmente importante de actos subjeti- vos, sino una dimensión de la objetividad como tal, investi- da por esos actos. Un objeto fuera de la experiencia sólo pue- de ser representado bajo una forma problemática; lo que no significa que la Idea no tenga objeto real, sino que el proble-
2 ld., Des Idées trascendentales, I, pág. 306. 3 Las dos imágenes se encuentran en el Appendice á la dialectique, 1, págs. 151 y 160.
ma en tanto problema es el objeto real de la Idea. El objeto de la Idea, recuerda Kant, no es ni una ficción, ni una hipó- tesis, ni un ser de razón: es un objeto que no puede ser dado ni conocido, sino que debe ser representado sin poder ser de- terminado directamente. A Kant le gusta decir que la Idea como problema tiene un valor objetivo e indeterminado a la vez. Lo indeterminado ya no es una simple imperfección en nuestro conocimiento, ni una carencia en el objeto; es una estructura objetiva, perfectamente positiva, que ya actúa en la percepción a título de horizonte o de foco. En efecto, el objeto indeterminado, el objeto en Idea, nos sirve para re- presentar otros objetos (los de la experiencia) a los que pres- ta un máximum de unidad sistemática. La Idea no sistema- tizaría las gestiones formales del entendimiento, si el objeto de la Idea no prestara a los fenómenos una unidad similar desde el punto de vista de su materia. Pero de ese modo, lo indeterminado no es sino el primer momento objetivo de la Idea. Pues, por otra parte, el objeto de la Idea llega a ser in- directamente determinable: es determinable por analogía con esos objetos de la experiencia a los que confiere la uni- dad, pero que, en retribución, le proponen una determina- ción «análoga» a las relaciones que mantienen entre ellos. En fin, el objeto de la Idea lleva en sí el ideal de una deter- minación completa infinita, ya que asegura una especifica- ción de los conceptos del entendimiento, por la cual estos abarcan cada vez más diferencias, disponiendo de un campo de continuidad, en verdad, infinito.
La Idea presenta entonces tres momentos: indetermi- nada en su objeto, determinable en relación con los objetos de la experiencia, lleva en sí el ideal de una determinación infinita en relación con los conceptos del entendimiento. Es evidente que la Idea retoma aquí los tres aspectos del Cogi- to: el Yo [Je] soy como existencia indeterminada; el tiempo como forma bajo la cual esa existencia es determinable, el Yo [Je] pienso como determinación. Las Ideas son exacta- mente los pensamientos del Cogito, las diferenciales del pensamiento. . . Y en tanto el Cogito remite a un Yo [Je] fisu- rado, resquebrajado de un extremo al otro por la forma del tiempo que lo atraviesa, es preciso decir que Ideas que hormiguean en la fisura, que emergen constantemente de sus bordes, salen y vuelven a ella sin cesar, organizándose de mil modos distintos. Por esta razón no se trata de colmar
lo que no puede ser colmado. Pero así como la diferencia reúne y articula inmediatamente lo que distingue, la fisura retiene aquello que fisura; también las Ideas contienen mo- mentos desgarrados. Corresponde a la Idea interiorizar la fisura y sus habitantes, sus hormigas. No hay en la Idea ninguna identificación ni confusión, sino una unidad ob- jetiva problemática interna, de lo indeterminado, de lo de- terminable y de la determinación. Es lo que no aparecía con suficiente claridad en Kant: dos de los tres momentos, se- gún él, son caracteres extrínsecos (si la Idea es en sí misma indeterminada, no es determinable sino en relación con los objetos de la experiencia y no lleva en sí el ideal de determi- nación sino en relación con los conceptos del entendimien- to). Más aún, Kant encarnaba esos momentos en Ideas dis- tintas: el Yo [Moi] es, sobre todo, indeterminado; el Mundo, determinable; y Dios, ideal de la determinación. Quizás es preciso buscar allí las verdaderas razones por las que Kant, como le reprocharon los poskantianos, se atiene al punto de vista del condicionamiento sin alcanzar el de la génesis. Y si el error del dogmatismo consiste siempre en colmar lo que separa, el del empirismo radica en dejar a lo separado en el exterior; en ese sentido, todavía hay demasiado empirismo en la Crítica (y demasiado dogmatismo en los poskantia- nos). El horizonte o el foco, el punto «crítico» en el que la di- ferencia cumple la función de reunir, en tanto diferencia, to- davía no se ha asignado.
Oponemos dx a no-A como símbolo de la diferencia (Dif ferenzphtilosophie) frente al de la contradicción, como la di- ferencia en sí misma a la negatividad. Es cierto que la con- tradicción busca la Idea por el camino de la mayor diferen- cia, mientras que la diferencial corre el peligro de caer en el abismo de lo infinitamente pequeño. Pero así el problema no está bien planteado: es un error ligar el valor del símbolo dx a la existencia de los infinitesimales; pero también es un error negarle todo valor ontológico o gnoseológico en nom- bre de una recusación de estos. De modo que, en las anti- guas interpretaciones del cálculo diferencial, tildadas de bárbaras o precientíficas, hay un tesoro que debe ser des- prendido de su ganga infinitesimal. Es preciso tener mucha ingenuidad verdaderamente filosófica, y mucho ímpetu, para tomar en serio el símbolo dx: Kant, y hasta Leibniz, re-
nunciaron a ello por su propia cuenta. Pero en la historia esotérica de la filosofía diferencial, tres nombres brillan con vivo fulgor: Salomon Maimon, paradójicamente, funda el poskantismo mediante una reinterpretación leibniziana del cálculo (1790); Hoéne Wronski, matemático profundo, ela- bora un sistema simultáneamente positivista, mesiánico y místico, que implica una interpretación kantiana del cálcu- lo (1814); Bordas-Demoulin, reflexionando sobre Descartes, da del cálculo una interpretación platónica (1843). Aquí, muchas riquezas filosóficas no deben ser sacrificadas a la técnica científica moderna: un Leibniz, un Kant, un Platón del cálculo. El principio de una filosofía diferencial en gene- ral debe ser objeto de una exposición rigurosa y no depen- der para nada de los infinitamente pequeños. El símbolo dx aparece a la vez como indeterminado, como determinable y como determinación. A esos tres aspectos corresponden tres principios, que forman la razón suficiente: a lo indetermina- do como tal (dx, dy) corresponde un principio de determina-
terminación completa. En suma, dx es la Idea, platónica, leibniziana o kantiana: el «problema» y su ser.
La idea del fuego subsume el fuego como una sola masa continua, susceptible de acrecentarse. La Idea de la plata subsume su objeto como una continuidad líquida de metal fino. Pero si es verdad que lo continuo debe relacionarse con la Idea y con su uso problemático, lo es con la condición de no definirse ya por caracteres tomados de la intuición sensi- ble, o hasta geométrica, como ocurre ahora cuando se habla de interpolación de intermediarios, de series intercalares infinitas o de partes que nunca son lo más pequeñas posible. Lo continuo no pertenece verdaderamente a la Idea sino en la medida en que se determina una causa ideal de la conti- nuidad. La continuidad, tomada con su causa, forma el ele- mento puro de la cuantitabilidad. Este elemento no se con- funde ni con las cantidades fijas de la intuición (quantum), ni con las cantidades variables como conceptos del enten- dimiento (quantitas). Por eso, el símbolo que lo expresa
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es completamente indeterminado: dx no es estrictamente nada en relación con x; ni dy, en relación con y. Pero todo el problema está en la significación de esos ceros. Los quanta, como objetos de la intuición, siempre tienen valores particu- lares; y aun unidos en una relación fraccionaria, cada uno conserva un valor independiente de su relación. La quanti- tas como concepto del entendimiento tiene un valor general, designando la generalidad en este caso una infinidad de va- lores particulares posibles, tantos como la variable puede recibir. Pero siempre es preciso un valor particular, encar- gado de representar a los otros y de valer por ellos: así suce- de en la ecuación algebraica del círculo x? + y2—R2- 0. Ya no ocurre lo mismo en el caso de ydy + xdx = 0, que significa «el universal de la circunferencia de la función correspondien- te». Los ceros de dx y de dy expresan la aniquilación del quantum y de la quantitas, de lo general como de lo particu- lar en provecho «de lo universal y de su aparición». Esa es la fuerza de la interpretación de Bordas-Demoulin: lo que se
anula en Y o 0 no son las cantidades diferenciales, sino dx 0 sólo lo individual y las relaciones de lo individual en la fun- ción (por «individual», Bordas entiende lo particular y lo ge- neral a la vez). Se ha pasado de un género a otro como si se pasara al otro lado del espejo; la función ha perdido su parte mudable o la propiedad de variar, ya no representa sino lo inmutable con la operación que la ha desprendido. «En ella se anula lo que cambia, y anulándose deja ver, más allá, lo que no cambia».* En suma, el límite no debe ser concebido como límite de la función, sino como un verdadero corte, un límite de lo cambiante y de lo no-cambiante en la función misma. El error de Newton consiste, pues, en igualar a cero las diferenciales, pero el de Leibniz es identificarlas con lo individual o con la variabilidad. De ese modo, Bordas ya se acerca a la interpretación moderna del cálculo: el límite ya no supone las ideas de variable continua y de aproximación infinita. Por el contrario, la noción de límite funda una
4 Jean Bordas-Demoulin, Le Cartésianisme ou la véritable rénovation des sciences (París, 1843), t. IL, págs. 133 y sigs., 453 y sigs. Charles Re- nouvier, a pesar de su hostilidad hacia las tesis de Bordas, hace de ellas un análisis comprensivo y profundo: ef. La critique philosophique, 6” année, 1877.
nueva definición estática y puramente ideal de la continui- dad, y que no implica, para ser ella misma definida, sino el número o más bien el universal en el número. Corresponde a las matemáticas modernas precisar si la naturaleza de ese universal del número consiste en el «corte» (en el sentido de Dedekind); es el corte, en ese sentido, el que constituye el género próximo del número, la causa ideal de la continuidad o el elemento puro de la cuantitabilidad.
Dx es completamente indeterminado en relación con x, dy en relación con y, pero son perfectamente determinables el uno en relación con el otro. Por eso, corresponde un prin- cipio de determinabilidad a lo indeterminado como tal. El universal no es una nada porque tiene, según la expresión de Bordas, «relaciones con lo universal». Dx y dy están com- pletamente indiferenciados [indifférenciés] en lo particular como en lo general, pero están totalmente diferenciados
[différentiés] en el universal y por él. La relación dy no es dx una especie de fracción que se establece entre quanta par- ticulares en la intuición, pero tampoco es una relación gene- ral entre magnitudes variables o cantidades algebraicas. Cada término sólo existe absolutamente en su relación con otro; ya no es necesario, ni siquiera posible, indicar una va- riable independiente. Por ello, ahora, un principio de deter- minación recíproca corresponde como tal a la determinabi- lidad de la relación. Es en una síntesis recíproca que la Idea plantea y desarrolla su función efectivamente sintética. To- da la cuestión radica pues en lo siguiente: ¿bajo qué forma la relación diferencial es determinable? Ante todo lo es bajo forma cualitativa, y en esa calidad expresa una función que difiere por naturaleza de la función llamada primitiva.
Cuando la primitiva expresa la curva dy -- XX, expresa dx y por su cuenta la tangente trigonométrica del ángulo que la tangente a la curva forma con el eje de las abcisas; y fre- cuentemente se ha subrayado la importancia de esa dife- rencia cualitativa o de ese «cambio de función» comprendido en la diferencial. Del mismo modo, el corte designa números irracionales que difieren por naturaleza de los términos de la serie de números racionales. Pero ese no es sino un pri- mer aspecto; pues la relación diferencial, en tanto expresa
otra cualidad, todavía permanece ligada a los valores indivi- duales o las variaciones cuantitativas que corresponden a esa cualidad (por ejemplo, tangente). Es pues, a su vez, dife- renciable y sólo evidencia la potencia de la Idea de dar ori- gen a una Idea de la Idea. El universal en relación con una cualidad no debe ser confundido, por consiguiente, con los valores individuales que todavía posee en relación con otra cualidad. En su función de universal, no expresa simple- mente esa otra cualidad, sino un elemento puro de la cuali- tabilidad. Es en ese sentido que la Idea tiene por objeto la relación diferencial: integra entonces la variación, pero de ningún modo como determinación variable de una relación que se supone constante («variabilidad»), sino, por el contra- rio, como grado de variación de la relación misma («varie- dad»), al que corresponde, por ejemplo, la serie calificada de las curvas. Si la Idea elimina la variabilidad, lo hace en pro- vecho de lo que se debe llamar variedad o multiplicidad. La Idea como universal concreto se opone al concepto del en- tendimiento y posee una comprensión tanto más vasta cuanto su extensión es grande. Lo que define la síntesis uni- versal de la Idea (Idea de la Idea, etc.) es la dependencia re- cíproca de los grados de la relación; y en el límite, la depen- dencia recíproca de las relaciones entre ellas.
Es Salomon Maimon quien propone una modificación fundamental de la Crítica, superando la dualidad kantiana de concepto e intuición. Esa dualidad nos remitía al criterio extrínseco de la constructibilidad y nos dejaba en una rela- ción exterior entre lo determinable (el espacio kantiano co- mo puro dato) y la determinación (el concepto en tanto pen- sado). (Que el uno se adapte a la otra por intermedio del es- quema, refuerza más aún la paradoja de una armonía tan sólo exterior en la doctrina de las facultades: de allí la re- ducción de la instancia trascendental a un simple condicio- namiento, y la renuncia a toda exigencia genética. Por lo tanto, en Kant, la diferencia sigue siendo exterior y, Como tal, impura, empírica, suspendida de la exterioridad de la construcción, «entre» la intuición determinable y el concep- to determinante. La genialidad de Maimon consiste en mos- trar hasta dónde el punto de vista del condicionamiento es insuficiente para una filosofía trascendental: los dos térmi- nos de la diferencia deben ser igualmente pensados, es de- cir, que la misma determinabilidad debe ser pensada como
yendo más allá de sí misma para alcanzar un principio de determinación recíproca. Los conceptos del entendimiento conocen muy bien la determinación recíproca, por ejemplo, en la causalidad o en la acción mutua, pero sólo de una ma- nera completamente formal y reflexiva. La síntesis recípro- ca de las relaciones diferenciales, como fuente de la produc- ción de los objetos reales, es la materia de la Idea en el ele- mento pensado de la cualitabilidad en que está inmersa. De esto se deduce una triple génesis: la de las cualidades pro- ducidas como las diferencias de los objetos reales del cono- cimiento; la del espacio y el tiempo, como condiciones del co- nocimiento de las diferencias; la de los conceptos como con- diciones para la diferencia o la distinción de los conocimien- tos mismos. El juicio físico tiende así a asegurar su primado sobre el juicio matemático, y la génesis de la extensión es inseparable de la génesis de los objetos que la pueblan. La Idea aparece como el sistema de ligazones ideales, es decir, de relaciones diferenciales entre elementos genéticos recí- procamente determinables. El Cogito recupera toda la po- tencia de un inconsciente diferencial, inconsciente del pen- samiento puro que interioriza la diferencia entre el Yo [Moi] determinable y el Yo [Je] determinante, y que pone en el pensamiento como tal algo no pensado, sin lo cual ese ejerci- cio sería imposible y vacío para siempre.
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Maimon escribe: «Cuando digo, por ejemplo: el rojo es diferente del verde, el concepto de la diferencia en tanto pu- ro concepto del entendimiento no se considera como la rela- ción de las cualidades sensibles (de lo contrario, la cuestión kantiana del quid juris permanecería intacta). Sino: o bien se considera, conforme a la teoría de Kant, como la relación de sus espacios en tanto formas a priori; o bien, conforme a mi teoría, como la relación de sus diferenciales que son Ideas a priori. .. La regla particular de la producción de un objeto, o el modo de su diferencial, es lo que hace de él un ob- jeto particular; y las relaciones entre los diferentes objetos nacen de las relaciones de sus diferenciales.? Para compren-
5 Salomon Maimon, Versuch iiber Transzendentalphilosophie (Vos. ed., Berlín, 1790), pág. 33. Cf. el libro muy importante de Martial Guéroult, La philosophie trascendentale de Salomon Maimon, Alcan, 1929 (particular- mente sobre la «determinabilidad» y la «determinación recíproca», págs. 53 y sigs., 76 y sigs.).
der mejor la alternativa expuesta por Maimon, volvamos a un ejemplo célebre: la línea recta es el camino más corto. Más corto puede interpretarse de dos maneras: o bien desde el punto de vista del condicionamiento, como un esquema de la imaginación que determina el espacio según el concepto (línea recta definida como superponible a sí misma en todas sus partes), y en ese caso la diferencia continúa siendo exte- rior, encarnada por una regla de construcción que se esta- blece «entre» el concepto y la intuición. O bien, «el más cor- to» se interpreta desde el punto de vista de la génesis, como una Idea que supera la dualidad del concepto y la intuición, que también interioriza la diferencia de la recta y de la cur- va, y que expresa esa diferencia interna bajo la forma de una determinación recíproca y en las condiciones de mínimo de una integral. «El más corto» ya no es un esquema, sino Idea; o es un esquema ideal, no ya esquema de un concepto. El matemático Houél señalaba, en ese sentido, que la dis- tancia más corta no era de ningún modo una noción eucli- diana, sino que provenía de Arquímedes; por lo tanto, era más bien física que matemática. Inseparable de un método exhaustivo, servía menos para determinar la recta, que la longitud de una línea curva por medio de la recta —«se hace cálculo integral sin saberlo».É
La relación diferencial tiene por último un tercer ele- mento, el de la potencialidad pura. La potencia es la forma de la determinación recíproca, según la cual magnitudes va- riables son tomadas como funciones las unas de las otras; por eso el cálculo sólo considera magnitudes de las cuales una, por lo menos, tiene una potencia superior a la otra. Sin duda, el primer acto del cálculo consiste en una «despoten- cialización» de la ecuación (por ejemplo, en vez de 2ax—x2=
- y?, se tiene ÍY - 2-X), Pero el análogo ya se encuentra en dx y
6 Jules Houél, Essai critique sur les principes fondamentaux de la géo- métrie élémentaire (Gauthier-Villars, 1867), págs. 3 y 75.
gún la presentación de Lagrange, permitiendo un desarro- llo de la función de una variable en una serie constituida por las potencias de i (cantidad indeterminada) y los coefi- cientes de esas potencias (nuevas funciones de x), de tal mo- do que la función de desarrollo de esa variable sea compara- ble con las de los otros. El elemento puro de la potenciali- dad aparece en el primer coeficiente o la primera derivada, resultando las otras derivadas y, por consiguiente, todos los términos de la serie de la repetición de las mismas operacio- nes; pero, precisamente, todo el problema consiste en de- terminar ese primer coeficiente, él mismo independiente de ¡. Aquí interviene la objeción de Wronski, que se dirige tanto contra la exposición de Lagrange (serie de Taylor), como contra la de Carnot (compensación de los errores). Contra Carnot objeta que las ecuaciones llamadas auxiliares no son inexactas porque implican dx y dy, sino porque descuidan ciertas cantidades complementarias que disminuyen al mismo tiempo que dx y dy: lejos de explicar la naturaleza del cálculo diferencial, entonces, la exposición de Carnot la supone. Lo mismo ocurre con las series de Lagrange donde, desde el punto de vista de un algoritmo riguroso que carac- teriza, según Wronski, la «filosofía trascendental», los coefi- cientes discontinuos no reciben significación sino por las funciones diferenciales que los componen. Si es verdad que el entendimiento provee una «sumatoria discontinua», esta no es sino la materia de la generación de cantidades; sólo la «gradación» o continuidad constituye su forma, que perte- nece a las Ideas de la razón. Por ello, las diferenciales no co- rresponden ciertamente a ninguna cantidad generada, sino que son una regla incondicionada para la génesis del cono- cimiento de la cantidad, y para la generación de las discon- tinuidades que constituyen su materia o para la construc- ción de series.? Como dice Wronski, la diferencial es «una diferencia ideal», sin la cual la cantidad indeterminada de Lagrange no podría realizar la determinación que se espera
7 Hoéne Wronski, Philosophie de l'infini (Didot, 1814), y Philosophie de la technie algorithmique (1817). En este último libro, Wronski expone su teoría y sus fórmulas de series. Las obras matemáticas de Wronski han si- do reeditadas por Hermann en 1925. Sobre la filosofía, cf. L'oeuvre philoso- phique de Hoéne Wronski, ed. Vega, 1933, por Francis Warrain, que hace las confrontaciones necesarias con la filosofía de Schelling.
de ella. En ese sentido, la diferencial es pura potencia, como la relación diferencial, elemento puro de la potencialidad. Al elemento de la potencialidad corresponde un principio de determinación completa. No debe confundirse la deter- minación completa con la determinación recíproca. Esta concernía a las relaciones diferenciales y a sus grados, a sus variedades en la Idea, correspondientes a formas diversas. Aquella concernía a los valores de una relación, es decir, a la composición de una forma o a la repartición de los puntos singulares que la caracterizan, por ejemplo, cuando la rela-
ción se hace nula o infinita, o... Se trata de una deter- 0 minación completa de las partes del objeto: ahora, es en el objeto, así como en la curva, que se deben encontrar elemen- tos que presenten la relación «lineal» anteriormente defi- nida. Y es sólo en ese caso que la forma serial en la potencia- lidad adquiere todo su sentido; hasta se hace necesario pre- sentar lo que es una relación como una suma. Pues una se- rie de potencias de coeficientes numéricos rodea un punto singular, y uno solo por vez. El interés y la necesidad de la forma serial aparece en la pluralidad de series que subsu- me, en su dependencia con respecto a los puntos singulares, en la manera en que se pasa de una parte del objeto donde la función está representada por una serie, a otra en que se expresa en una serie diferente, sea que las dos series con- verjan o se prolonguen; sea que, por el contrario, diverjan. Así como la determinabilidad se superaba a sí misma para alcanzar la determinación recíproca, esta se supera para al- canzar la determinación completa: las tres forman la figura de la razón suficiente en el triple elemento de la cuantitabi- lidad, de la cualitabilidad y de la potencialidad. La Idea es un universal concreto en el que la extensión y la compren- sión son iguales, no sólo porque comprende en sí la variedad o la multiplicidad, sino porque comprende la singularidad en cada una de sus variedades. La Idea subsume la distri- bución de los puntos notables o singulares; toda su distin- ción, es decir, lo distinto como carácter de la idea, consiste precisamente en distribuir lo ordinario y lo notable, lo sin- gular y lo regular, y en prolongar lo singular sobre los pun- tos regulares hasta la cercanía de otra singularidad. Más allá de lo individual, más allá de lo particular como de lo
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general, no hay un universal abstracto: lo que es «preindivi- dual» es la singularidad misma.
Sin duda, la cuestión de la interpretación del cálculo di- ferencial se ha presentado de la siguiente manera: los infi- nitamente pequeños, ¿son reales o ficticios? Pero desde el comienzo se trata también de otra cosa: el destino del cálcu- lo, ¿está ligado a los infinitamente pequeños, O bien no debe recibir un estatuto riguroso desde el punto de vista de la re- presentación finita? La verdadera frontera que definiría a las matemáticas modernas residiría no en el cálculo mismo, sino en otros descubrimientos, como el de la teoría de los conjuntos que, aun si necesita por su cuenta un axioma del infinito, impone igualmente una interpretación estricta- mente finita del cálculo. En efecto, se sabe que la noción de límite ha perdido su carácter fronómico y ya no envuelve sino consideraciones estáticas; que la variabilidad ya ha de- jado de representar un pasaje progresivo a través de todos los valores de un intervalo, para significar únicamente la asunción disyuntiva de un valor en ese intervalo; que la de- rivada y la integral han llegado a ser conceptos ordinales más que cuantitativos; que la diferencial, en fin, sólo desig- na una magnitud que se deja indeterminada para hacerla, si es preciso, más pequeña que un número asignado. De esto ha nacido el estructuralismo, al mismo tiempo que morían las ambiciones genéticas o dinámicas del cálculo. Cuando se habla de la «metafísica» del cálculo, se trata precisamente de esa alternativa entre la representación infinita y la re- presentación finita. También esta alternativa y, por consi- guiente, la metafísica, son estrechamente inmanentes a la técnica del cálculo mismo. Por ello la pregunta metafísica fue enunciada desde el comienzo: ¿por qué, técnicamente, las diferenciales son despreciables y deben desaparecer en el resultado? Es evidente que invocar aquí lo infinitamente pequeño y el carácter infinitamente pequeño del error (si es que hay «error»), no tiene ningún sentido y es prejuzgar acerca de la representación infinita. La respuesta rigurosa fue dada por Carnot, en sus célebres Réflexions, pero justa- mente desde el punto de vista de una interpretación finita: las ecuaciones diferenciales son simples «auxiliares» que expresan las condiciones del problema al que responde una ecuación buscada; pero entre ellas se produce una estricta
compensación de los errores, que no deja subsistir las dife- renciales en el resultado, ya que este sólo puede estable- cerse entre cantidades fijas o finitas.
Pero al invocar esencialmente las nociones de «proble- ma» y de «condiciones de problema», Carnot abría a la metafísica un camino que desbordaba el cuadro de su teo- ría. Ya Leibniz había mostrado que el cálculo era el instru- mento de una combinatoria, es decir, que expresaba pro- blemas que antes no se podían resolver, ni aun, ni sobre to- do, plantear (problemas trascendentes). Se pensará sobre todo en el papel de los puntos regulares y singulares que en- tran en la determinación completa de una especie de curva. Sin duda, la especificación de puntos singulares (por ejem- plo, cuellos, nudos, focos, centros) sólo se hace por la forma de las curvas integrales que remiten a las soluciones de la ecuación diferencial. Aun así, hay una determinación com- pleta que concierne a la existencia y distribución de esos puntos, que depende de una instancia totalmente distinta, a saber, del campo de vectores definido por esa misma ecua- ción. La complementariedad de los dos aspectos no suprime su diferencia de naturaleza, por el contrario. Y si la especifi- cación de los puntos ya muestra la inmanencia necesaria del problema a la solución, su compromiso en la solución que lo recubre, la existencia y la distribución, manifiestan la trascendencia del problema y su papel rector en la organi- zación de las soluciones mismas. En suma, la determina- ción completa de un problema se confunde con la existencia, el número, la distribución de puntos determinantes que pro- veen precisamente sus condiciones (un punto singular orlgi- na dos ecuaciones de condición).8 Pero entonces se hace ca-
8 Albert Lautman ha señalado muy bien esa diferencia de naturaleza entre la existencia o la distribución de los puntos singulares, que remiten al elemento problema, y la especificación de esos mismos puntos que remi- te al elemento solución: cf. Le probleme du temps (Hermann, 1946), pág. 42. Lautman subraya a partir de ello el papel de los puntos singulares: en su función problematizante, generatriz de soluciones: los puntos singu- lares «1” permiten la determinación de un sistema fundamental de solu- ciones prolongables analíticamente sobre todo camino que no encuentre singularidades; 2”... su papel es descomponer un dominio de modo que la función que asegura la representación sea definible sobre ese dominio; 3” los puntos singulares permiten el pasaje de la integración local de las ecuaciones diferenciales a la caracterización global de las funciones analí- ticas que son soluciones de esas ecuaciones» (Essai sur les notions de struc- ture et d'existence en mathématiques, Hermann, 1936, t. II, pág. 138).
da vez más difícil hablar de error o de compensación de erro- res. Las ecuaciones de condición no son simples auxiliares ni, como decía Carnot, ecuaciones imperfectas. Son cons- titutivas del problema y de su síntesis. Por no comprender la naturaleza objetiva ideal de lo problemático, se las reduce a errores incluso útiles, o a ficciones incluso bien fundadas, se las reduce de todos modos a un momento subjetivo del saber imperfecto, aproximativo o erróneo. Llamábamos «problemático» al conjunto del problema y de sus condicio- nes. Si las diferenciales desaparecen en el resultado, eso ocurre en la medida en que la instancia-problema difiere por naturaleza de la instancia-solución, ocurre en el movi- miento por el cual las soluciones necesariamente vienen a recubrir el problema, en el sentido que las condiciones del problema son objeto de una síntesis de Idea, que no se deja expresar en el análisis de conceptos proposicionales que constituyen los casos de solución. De modo que la primera alternativa: ¿real o ficticio?, cae. Ni real ni ficticio, lo dife- rencial expresa la naturaleza de lo problemático en tanto tal, su consistencia objetiva como su autonomía subjetiva. Quizá también cae la otra alternativa, la de la represen-
tación infinita o finita. Lo infinito y lo finito, lo hemos visto, son los caracteres de la representación en tanto el concepto que ella implica desarrolla toda su comprensión posible o, por el contrario, la bloquea. Y de todos modos, la represen- tación de la diferencia remite a la identidad del concepto como principio. Por eso, se pueden tratar las representacio- nes como proposiciones de la conciencia que designan casos de solución en relación con el concepto considerado en ge- neral. Pero el elemento de lo problemático, en su carácter extra-proposicional, no cae en la representación. Ni particu- lar, ni general, ni finito ni infinito; es el objeto de la Idea co- mo universal. Ese elemento diferencial es el juego de la dife- rencia como tal, que no se deja ni mediatizar por la repre- sentación, ni subordinar a la identidad del concepto. La an- tinomia de lo finito y lo infinito surge precisamente cuando Kant, en virtud del carácter especial de la cosmología, se cree obligado a verter en la representación el contenido correspondiente de la Idea de mundo. Y según él, la antino- mia se halla resuelta cuando, por una parte, descubre siem- pre en la representación un elemento irrreductible, a la vez, a lo finito y a lo infinito (regresión); y cuando, por otra parte,
une a ese elemento el puro pensamiento de otro elemento que difiere por naturaleza de la representación (noúmeno). Pero en la medida en que este pensamiento puro permanece indeterminado —no es determinado como diferencial—, la representación, por su parte, no es realmente superada, ni tampoco las proposiciones de la conciencia que constituyen la materia y el detalle de las antinomias. Ahora bien, de otro modo, las matemáticas modernas también nos dejan en la antinomia, porque la estricta interpretación finita que dan del cálculo supone igualmente un axioma del infinito en la teoría de los conjuntos que la fundan, si bien ese axioma no tiene ilustración en el cálculo. Lo que siempre se nos escapa es el elemento extraproposicional o subrepresentativo ex- presado en la Idea por la diferencial, sobre el tipo preciso del problema.
Es preciso hablar de una dialéctica del cálculo más que de una metafísica. De ningún modo entendemos por dialéc- tica una circulación cualquiera de las representaciones opuestas que las haría coincidir en la identidad de un con- cepto, sino el elemento del problema, en tanto se distingue del elemento propiamente matemático de las soluciones. Conforme a las tesis generales de Lautman, el problema tie- ne tres aspectos: su diferencia de naturaleza con las solucio- nes; su trascendencia en relación con las soluciones que ge- nera a partir de sus propias condiciones determinantes; su inmanencia a las soluciones que lo recubren, estando el pro- blema mejor resuelto cuanto más se determina. Las relacio- nes ideales constitutivas de la Idea problemática (dialécti- ca) se encarnan pues aquí en las relaciones reales constitui- das por las teorías matemáticas y traídas como solución a los problemas. Hemos visto cómo todos esos aspectos, esos tres aspectos, estaban presentes en el cálculo diferencial; las soluciones son como las discontinuidades compatibles con las ecuaciones diferenciales, y se generan sobre una continuidad ideal en función de las condiciones del proble- ma. Pero es preciso aclarar un punto importante. El cálculo diferencial pertenece, evidentemente, a las matemáticas; es un instrumento enteramente matemático. Por lo tanto, sería difícil ver en él el testimonio platónico de una dialécti- ca superior a las matemáticas. Por lo menos, eso sería difícil sl el aspecto de inmanencia del problema no viniera a dar- nos una justa explicación. Los problemas siempre son dia-
lécticos, la dialéctica no tiene otro sentido, los problemas tampoco tienen otro sentido. Lo que es matemático (o físico, o biológico, o psíquico o sociológico. ..) son las soluciones. Pero es cierto, por una parte, que la naturaleza de las solu- ciones remite en la dialéctica misma a órdenes diferentes de problemas; y, por otra, que los problemas, en virtud de su in- manencia, no menos esencial que la trascendencia, se ex- presan ellos mismos técnicamente en ese dominio de solu- ciones que generan en función de su orden dialéctico. Así como la recta y el círculo encuentran su doble en la regla y el compás, cada problema dialéctico tiene su doble en un cam- po simbólico donde se expresa. Por ello, se debe decir que hay problemas matemáticos, físicos, biológicos, psíquicos, sociológicos, aunque todo problema sea dialéctico por na- turaleza, y aunque no haya problema que no sea dialéctico. La matemática no comprende pues solamente las solucio- nes de los problemas; también comprende la expresión de los problemas, relativa al campo de resolubilidad que defi- nen, y que definen por su mismo orden dialéctico. Por ello, el cálculo diferencial pertenece por entero a las matemáticas, en el mismo momento en que encuentra su sentido en la re- velación de una dialéctica que rebasa la matemática.
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Ni siquiera se puede considerar que, técnicamente, el cálculo diferencial sea la única expresión matemática de los problemas como tales. En dominios muy diversos, los méto- dos exhaustivos tuvieron ese papel, y también la geometría analítica. Más recientemente, ese papel ha podido ser me- jor desempeñado por otros procedimientos. En efecto, uno recuerda el círculo en el que gira la teoría de los problemas: un problema sólo es resoluble cuando es «verdadero», pero siempre hemos tenido tendencia a definir la verdad de un problema por su resolubilidad. En lugar de fundar el cri- terio extrínseco de la resolubilidad en el carácter interior del problema (Idea), hacemos depender el carácter interno, del simple criterio exterior. Ahora bien, si un círculo seme- jante ha sido roto, eso se debe, ante todo, al matemático Abel; él es quien elabora todo un método de acuerdo con el cual la resolubilidad debe desprenderse de la forma del pro- blema. En vez de buscar como al azar si una ecuación es re- soluble en general, es preciso determinar condiciones de problemas que especifiquen progresivamente campos de resolubilidad, de tal modo que «el enunciado contenga el
germen de la solución». Hay allí una inversión radical en la relación solución-problema, una revolución más considera- ble que la copernicana. Se ha podido decir que Abel inau- guraba así una nueva Crítica de la razón pura, y superaba precisamente el extrinsequismo kantiano. El mismo juicio es confirmado por los trabajos de Galois: a partir de un «cuerpo» de base (R), las adjunciones sucesivas a ese cuerpo (R”, R”, R”) permiten una distinción cada vez más precisa de las raíces de una ecuación, por limitación progresiva de las sustituciones posibles. Hay, por consiguiente, una cascada de «resolventes parciales» o un encabalgamiento de «gru- pos» que hacen derivar las soluciones de las condiciones mismas del problema; que una ecuación no se pueda resol- ver algebraicamente, por ejemplo, ya no se descubre al tér- mino de una investigación empírica o de un tanteo, sino se- gún los caracteres de los grupos, y de los resolventes parcia- les que constituyen la síntesis del problema y de sus condi- ciones (una ecuación no se soluciona algebraicamente, es decir, por radicales, sino cuando los resolventes parciales son ecuaciones de binomios, y los índices de grupos, núme- ros primos). La teoría de los problemas se ha transformado completamente, por fin está fundada; porque ya no estamos ante la situación clásica de un maestro y un alumno, en la que el alumno no comprende y no sigue un problema sino en la medida en que el maestro conoce su solución y hace, en consecuencia, los agregados necesarios. Pues, como lo seña- la Georges Verriest, el grupo de la ecuación caracteriza en un momento no lo que sabemos de las raíces, sino la objeti- vidad de lo que no sabemos.? Inversamente ese no-saber ya no es algo negativo, una insuficiencia, sino una regla, un aprender al que corresponde una dimensión fundamental en el objeto. Nuevo Menón, toda la relación pedagógica se ha transformado, pero con ella también muchas otras cosas,
? Georges Verriest, Evariste Galois et la théorie des équations algébri- ques, 1961, pág. 41, en Oeuvres mathématiques de Galois (Gauthier-Vi- llars). El gran manifiesto concerniente al problema-solución se encuentra en las Oeuvres complétes de N. H. Abel (Christiania, 1881), t. 11, Sur la ré- solution algébrique des équations. Sobre Abel y Galois, cf. los dos capítulos esenciales de Jules Vuillemin, La philosophie de 1 algébre (Presses Univer- sitaires de France, 1962), t. 1. Vuillemin analiza el papel de una teoría de los problemas y de una nueva concepción de la crítica de la Razón en Abel, el papel de un nuevo principio de determinación en Galois; sobre todo, págs. 213-21 y 229-33.
el conocimiento y la razón suficiente. La «discernibilidad progresiva» de Galois reúne en un mismo movimiento conti- nuado el proceso de la determinación recíproca y el de la determinación completa (pares de raíces, y distinción de raí- ces en un par). Constituye la figura total de la razón sufi- ciente e introduce en ella el tiempo. Es con Abel y Galois que la teoría de los problemas está, matemáticamente, en condi- ciones de llenar todas sus exigencias propiamente dialécti- cas y de romper el círculo que la encerraba.
Por lo tanto, se hace partir a las matemáticas modernas de la teoría de los grupos, o de la teoría de los conjuntos, más que del cálculo diferencial. Por lo tanto, noes un azar que el método de Abel concierna ante todo a la integración de fór- mulas diferenciales. Lo que nos importa es menos la deter- minación de tal o cual corte en la historia de las matemáti- cas (geometría analítica, cálculo diferencial, teoría de gru- pos. . .) que en cada momento de esa historia, la manera en que se componen los problemas dialécticos, su expresión matemática y la génesis simultánea de los campos de reso- lubilidad. Desde ese punto de vista hay una homogeneidad, como una teleología continua, en el devenir de las matemá- ticas, que hacen secundarias las diferencias de naturaleza entre el cálculo diferencial y otros instrumentos. El cálculo reconoce diferenciales de distinto orden. Pero las nociones de diferencial y de orden se acomodan de un modo totalmen- te diverso con la dialéctica. La Idea dialéctica, problemática, es un sistema de relaciones entre elementos diferenciales, un sistema de relaciones diferenciales entre elementos genéticos. Hay diferentes órdenes de Ideas, supuestos los unos por los otros, según la naturaleza ideal de las relacio- nes y los elementos considerados (Idea de la Idea, etc.). Esas definiciones no tienen todavía nada de matemático. Las ma- temáticas surgen con los campos de solución en los cuales se encarnan las Ideas dialécticas de último orden, y con la ex- presión de los problemas relativa a esos campos. Otros órde- nes en la Idea se encarnan en otros campos y en otras expre- siones que corresponden a otras ciencias. Es así como, a par- tir de los problemas dialécticos y de sus órdenes, se produce una génesis de dominios científicos diversos. El cálculo dife- rencial, en el sentido más preciso, no es sino un instrumento matemático que, aun en su dominio, no representa necesa- riamente la forma más acabada de la expresión de los pro-
blemas y de la constitución de las soluciones en relación con el orden de Ideas dialécticas que encarna. No por eso tiene un sentido menos amplio, por el cual debe designar univer- salmente el conjunto del compuesto Problema o Idea dialéc- tica — Expresión científica de un problema — Instauración del campo de solución. Más generalmente debemos concluir que no hay dificultad relativa a una pretendida aplicación de las matemáticas, y sobre todo del cálculo diferencial o de la teoría de grupos, a otros dominios. Más bien cada domi- nio generado, y en el que se encarnan las Ideas dialécticas de tal o cual orden, posee su propio cálculo. Las Ideas siem- pre tienen un elemento de cuantitabilidad, de cualitabi- lidad, de potencialidad; procesos de determinabilidad, de determinación recíproca y de determinación completa; dis- tribuciones de puntos notables y ordinarios, y Cuerpos ad- juntos que forman la progresión sintética de una razón su- ficiente. No hay en eso ninguna metáfora, salvo la metáfora consustancial a la Idea, la del transporte dialéctico o de la «diáfora». En eso reside la aventura de las Ideas. No son las matemáticas las que se aplican a otros dominios, es la dia- léctica que instaura para sus problemas, en virtud de su orden y de sus condiciones, el cálculo diferencial directo correspondiente al dominio considerado, propio del dominio considerado.
En ese sentido, la universalidad de la dialéctica se co- rresponde con una mathesis universalis. Si la Idea es la di- ferencial del pensamiento, hay un cálculo diferencial corres- pondiente a cada Idea, alfabeto de lo que significa pensar. El cálculo diferencial no es el chato cálculo de utilitarista, el grueso cálculo aritmético que subordina el pensamiento a otra cosa, como a otros fines, sino el álgebra del pensamien- to puro, la ironía superior a los problemas mismos; el único cálculo «más allá del bien y del mal». Todo ese carácter atre- vido de las Ideas es el que queda por describir.
Las Ideas son multiplicidades, cada Idea es una multi- plicidad, una variedad. En ese empleo riemanniano de la palabra «multiplicidad» (retomado por Husserl y también retomado por Bergson) es menester otorgar la máxima im- portancia a la forma sustantiva: la multiplicidad no debe designar una combinación de lo múltiple y lo uno, sino, por el contrario, una organización propia de lo múltiple como
tal, que de ningún modo tiene necesidad de la unidad para formar un sistema. Lo uno y lo múltiple son conceptos del entendimiento que forman las mallas demasiado flojas de una dialéctica desnaturalizada que procede por oposición. Los peces más gordos pasan a través de ella. ¿Se puede creer que se ha apresado lo concreto cuando se compensa la insuficiencia de un abstracto con la insuficiencia de su opuesto? Durante mucho tiempo se puede decir «lo uno es múltiple, y lo múltiple es uno»: se habla entonces como esos jóvenes de Platón que no se privaban de frecuentar la calle. Se combinan los contrarios, se incurre en contradicción; en ningún momento se ha dicho lo importante, «cuánto», «cómo», «en qué caso». Ahora bien, la esencia no es nada, ina generalidad hueca, cuando se separa de esa medida, de esa manera y de esa casuística. Se combinan los predicados y se descuida la Idea; se trata de un discurso vacío, de com- binaciones vacías en las que falta un sustantivo. El verda- dero sustantivo, la sustancia misma, es «multiplicidad», que hace inútil lo uno, y no menos lo múltiple. La multiplici- dad variable es el cuánto, el cómo, el cada caso. Cada cosa es una multiplicidad en tanto encarna la Idea. Aun lo múltiple es una multiplicidad, aun lo uno es una multiplicidad. Que lo uno sea una multiplicidad (como también en este caso lo mostraron Bergson y Husserl) basta para desechar juntas las proposiciones de adjetivos del tipo lo uno-múltiple y lo múltiple-uno. En todas partes las diferencias de multiplici- dades, y la diferencia en la multiplicidad, reemplazan las oposiciones esquemáticas y groseras. Sólo existe la variedad de la multiplicidad, es decir, la diferencia, en vez de la enor- me oposición de lo uno y de lo múltiple. Y quizás es una 1ro- nía decir: todo es multiplicidad, aun lo uno, aun lo múltiple. Pero la misma ironía es una multiplicidad, o más bien el ar- te de las multiplicidades, el arte de captar en las cosas las Ideas, los problemas que encarnan, y de captar las cosas co- mo encarnaciones, como casos de solución para problemas de Ideas.
Una Idea es una multiplicidad definida y continua de n dimensiones. El color, o más bien la Idea de color, es una multiplicidad de tres dimensiones. Por dimensiones es pre- ciso entender las variables o coordenadas de las que depen- de un fenómeno; por continuidad es preciso entender el con- junto de las relaciones entre los cambios de esas variables,
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por ejemplo una forma cuadrática de los diferenciales de las coordenadas; por definición, es necesario entender los ele- mentos recíprocamente determinados por esas relaciones, que no pueden cambiar sin que la multiplicidad cambie de orden y de métrica. ¿Cuándo debemos hablar de multiplici- dad y en qué condiciones? Esas condiciones son tres y per- miten definir el momento de emergencia de la Idea: 1) es preciso que los elementos de la multiplicidad no tengan ni forma sensible ni significación conceptual, ni —por consi- guiente— función asignable. Tampoco tienen existencia ac- tual y son inseparables de un potencial o una virtualidad. En ese sentido, no implican ninguna identidad previa, nin- guna posición de algo que se podría considerar uno o lo mis- mo; sino que, por el contrario su indeterminación hace po- sible la manifestación de la diferencia en tanto está liberada de toda subordinación; 2) en efecto, es preciso que esos ele- mentos estén determinados, pero recíprocamente por rela- ciones recíprocas que no dejen subsistir ninguna indepen- dencia. Tales relaciones son precisamente ideales, no locali- zables, sea porque caracterizan a la multiplicidad global- mente, sea porque procedan por yuxtaposición de proximi- dades. Pero la multiplicidad siempre se define de manera intrínseca, sin salir de ella, ni recurrir a un espacio unifor- me en el que estaría sumergida. Las relaciones espacio- temporales conservan sin duda la multiplicidad, pero pier- den su interioridad; los conceptos del entendimiento conser- van la interioridad, pero pierden la multiplicidad que reem- plazan por la identidad de un Yo [Je] pienso o de algo pensa- do. La multiplicidad interna, por el contrario, es el carácter de la Idea solamente; 3) una relación múltiple ideal, una relación diferencial, debe actualizarse en relaciones espa- cio-temporales diversas, al mismo tiempo que sus elementos se encarnan actualmente en términos y formas variadas. La Idea se define así como estructura. La estructura, la Idea, es el «tema complejo», una multiplicidad interna, es decir, un sistema de relación múltiple no localizable entre elementos diferenciales que se encarna en relaciones reales y términos actuales. En ese sentido, no vemos ninguna dificultad en conciliar génesis y estructura. Conforme a los trabajos de Lautman y de Vuillemin sobre las matemáticas, el «estruc- turalismo» hasta nos parece el único medio por el cual un método genético puede realizar sus ambiciones. Basta com-
prender que la génesis no va de un término actual, por más pequeño que sea, a otro término actual en el tiempo; sino de lo virtual a su actualización, es decir, de la estructura a su encarnación, de las condiciones de los problemas a los casos de solución, de los elementos diferenciales y de sus relacio- nes ideales a los términos actuales y a las relaciones reales diversas que constituyen en cada momento la actualidad del tiempo. Génesis sin dinamismo que evoluciona necesa- riamente en el elemento de una supra-historicidad, génesis estática que se entiende como el correlato de la noción de síntesis pasiva y que, a su vez, aclara esa noción. El error de la interpretación moderna del cálculo diferencial, ¿no con- sistió en condenar las ambiciones genéticas, bajo pretexto de que había deducido una «estructura» que disociaba el cálculo de toda consideración fronómica y dinámica? Hay Ideas que corresponden a las realidades y relaciones mate- máticas; otras, a los hechos y leyes físicas. Hay otras, de acuerdo con su orden, que corresponden a los organismos, a los psiquismos, a los lenguajes y sociedades: esas corres- pondencias sin semejanza son estructurales-genéticas. Del mismo modo que la estructura es independiente de un prin- cipio de identidad, la génesis es independiente de una regla de semejanza. Pero una Idea emerge con tantas aventuras que puede ocurrir que ya satisfaga ciertas condiciones es- tructurales y genéticas, pero no todavía otras. Por ello, es preciso buscar la aplicación de esos criterios en dominios muy diferentes, casi al azar de los ejemplos.
Primer ejemplo, el atomismo como Idea física. El ato- mismo antiguo no sólo ha multiplicado el ser parmenídeo, ha concebido las Ideas como multiplicidades de átomos, siendo el átomo el elemento objetivo del pensamiento. Por lo tanto, es esencial que el átomo se relacione con otro átomo en el seno de una estructura que se actualiza en los com- puestos sensibles. El clinamen, en ese sentido, nunca es un cambio de dirección en el movimiento del átomo; menos aún una indeterminación que manifestaría una libertad física. Es la determinación original de la dirección del movimiento, la síntesis del movimiento y de su dirección, que relaciona un átomo con el otro. Incerto tempore no significa indetermi- nado, sino inasignable, ilocalizable. Si es cierto que el áto- mo, elemento del pensamiento, se mueve «tan rápido como el pensamiento mismo», según dice Epicuro en la carta a
Herodoto, entonces el clinamen es la determinación recípro- ca que se produce «en un tiempo más pequeño que el mí- nimo de tiempo continuo pensable». No es sorprendente que Epicuro emplee aquí el vocabulario del agotamiento; hay en el clinamen algo análogo a una relación entre diferenciales de átomos en movimiento. Hay en él una declinación que forma también el lenguaje del pensamiento; hay allí algo en el pensamiento que revela un límite del pensamiento, pero a partir de lo que este piensa: más rápido que el pensamien- to, «en un tiempo más breve. . .». Sin embargo, el átomo epi- cúreo todavía conserva demasiada independencia, una figu- ra y una actualidad. La determinación recíproca tiene toda- vía, en ese caso, el aspecto de una relación espacio-tempo- ral. La cuestión de saber si el atomismo moderno reúne, por el contrario, todas las condiciones de la estructura, debe ser planteada en función de las ecuaciones diferenciales que de- terminan las leyes de la naturaleza, en función de los tipos de «relaciones múltiples y no localizables» establecidas en- tre las partículas, y del carácter de «potencialidad», expre- samente reconocido a esas partículas.
Segundo ejemplo, el organismo como Idea biológica. Geoffroy Saint-Hilaire parece ser el primero en reclamar la consideración de los elementos que él llama abstractos, tomados independientemente de sus formas y de sus funcio- nes. Por ello reprocha a sus predecesores, pero también a sus contemporáneos (Cuvier), que continúen haciendo una repartición empírica de las diferencias y las semejanzas. Esos elementos puramente anatómicos y atómicos, por ejemplo huesecillos, están unidos por relaciones ideales de determinación recíproca: constituyen así una «esencia» que es como el Animal en sí. Son esas relaciones diferenciales entre elementos anatómicos puros las que se encarnan en las diversas figuras animales, los diversos órganos y sus funciones. Ese es el triple carácter de la anatomía: atómica, comparativa y trascendente. Geoffroy, en las Notions syn- thétiques et historiques de philosophie naturelle (1837), pue- de precisar su sueño, que fue también, según él, el sueño de Napoleón joven: ser el Newton de lo infinitamente pequeño, descubrir «el mundo de los detalles» o de las conexiones ideales «de muy corta distancia», bajo el juego grosero de las diferencias o de las semejanzas sensibles y conceptuales. Un organismo es un conjunto de términos y de relaciones
reales (dimensión, posición, número) que actualiza, por su cuenta, a determinado grado de desarrollo, las relaciones entre elementos diferenciales: por ejemplo, el hioides del gato tiene nueve huesecillos, mientras que el del hombre sólo tiene cinco; encontrándose los otros cuatro cerca del cráneo, fuera del órgano así reducido por la posición verti- cal. La génesis o el desarrollo de los organismos deben, por ' consiguiente, ser concebidos como actualización de la esen- cia, según velocidades y razones variadas determinadas por el medio, según aceleraciones o detenciones, pero indepen- dientemente de todo pasaje transformista de un término actual a otro término actual.
Genio de Geoffroy. Pero también en ese caso, la cuestión de un estructuralismo en biología (de acuerdo con la pala- bra «estructura» frecuentemente empleada por Geoffroy) depende de la última determinación de los elementos dife- renciales y de sus tipos de relaciones. Elementos anatómi- cos, principalmente óseos, ¿son capaces de desempeñar ese papel, como si la necesidad de los músculos no impusiera lí- mites a sus relaciones, y como si ellos mismos no tuvieran además una existencia actual, demasiado actual? Puede ser, entonces, que la estructura renazca en un nivel muy distinto, por otros medios, con una determinación completa- mente nueva de elementos diferenciales y de relaciones ideales. Es el caso de la genética. Quizás haya tanta diferen- cia entre la genética y Geoffroy como entre el atomismo mo- derno y Epicuro. Pero los cromosomas aparecen como loct, es decir, no simplemente como lugares en el espacio, sino co- mo complejos de relaciones de proximidad. Los genes expre- san elementos diferenciales que caracterizan también de manera global un organismo, y que cumplen el papel de puntos notables en un doble proceso de determinación recí- proca y completa. El doble aspecto del gen consiste en regir varios caracteres a la vez, y en actuar sólo en relación con otros genes. El conjunto constituye un virtual, un potencial; y esa estructura se encarna en los organismos actuales, tan- to desde el punto de vista de su especificación, como de la di- ferenciación de sus partes, según ritmos que, precisamente, se llaman «diferenciales»; según velocidades o lentitudes comparativas que miden el movimiento de actualización.
Tercer ejemplo: ¿hay ideas sociales, en un sentido marxts- ta? En lo que Marx llama «trabajo abstracto», se hace abs-
tracción de los productos calificados del trabajo y de la calificación de los trabajadores, pero no de las condiciones de productividad, de la fuerza del trabajo y de los medios de trabajo en una sociedad. La Idea social es el elemento de cuantitabilidad, de cualitabilidad, de potencialidad de las sociedades. Expresa un sistema de relaciones múltiples ideales, o de relaciones diferenciales entre elementos dife- renciales: relaciones de producción y de propiedad que se es- tablecen, no entre hombres concretos, sino entre átomos portadores de fuerza de trabajo o representantes de la pro- piedad. Lo económico está constituido por tal multiplicidad social, es decir, por las variedades de esas relaciones dife- renciales. Semejante variedad de relaciones, con los puntos notables que le corresponden, es la que se encarna en los trabajos concretos diferenciados que caracterizan una socie- dad determinada, en las relaciones reales de esa sociedad Gurídicas, políticas, ideológicas), en los términos actuales de esas relaciones (por ejemplo, capitalista-asalariado). Althusser y sus colaboradores, por lo tanto, tienen mucha razón en mostrar en El capital la presencia de una verdade- ra estructura, y en rechazar las interpretaciones historicis- tas del marxismo, ya que esa estructura, de ningún modo actúa de manera transitiva y según el orden de la sucesión en el tiempo, sino encarnando sus variedades en sociedades diversas y dando cuenta, en cada una cada vez, de la simul- taneidad de todas las relaciones y términos que constituyen su actualidad: por ello, lo «económico», hablando con propie- dad, nunca está dado, sino que designa una virtualidad di- ferencial a interpretar, siempre recubierta por sus formas de actualización; designa un tema, una «problemática», siempre recubierta por sus casos de solución.1% En suma, lo económico es la dialéctica social misma, es decir, el conjunto de problemas que se plantean a una sociedad dada, el cam- po sintético y problematizante de esa sociedad. En rigor, no hay problemas sociales que no sean económicos, aun si las soluciones son jurídicas, políticas, ideológicas y los proble- mas se expresen también en esos campos de resolubilidad. La célebre frase de la Contribución a la crítica de la econo- mía política, «la humanidad se propone únicamente las ta-
10 Louis Althusser, Etienne Balibar, Roger Establet, Lire le Capital (Maspéro, 1965), t. II: sobre todo, págs. 150 y sigs., 204 y sigs.
intersex parents birthed a bigender creature so monstrous they had no choice but to drown it… they say it haunts these very grounds, slaying all comphet in its wake, lying in wait beneath the lake, waiting for the next embodiment, once again, at last
reas que es capaz de resolver», no significa que los proble- mas sean tan sólo apariencias, ni que ya estén resueltos, sino, por el contrario, que las condiciones económicas del problema determinan o generan la manera en que encuen- tra sus soluciones dentro del cuadro de las relaciones reales de una sociedad; sin que, sin embargo, el observador pueda extraer de ello el menor optimismo, ya que esas «soluciones» pueden tener la estupidez y la crueldad, el horror de la gue- rra o de «la solución del problema judío». Más precisamente, la solución siempre es la que una sociedad merece, genera en función de la manera en que ha sabido plantear, en sus relaciones reales, los problemas que se plantean en ella y a ella en las relaciones diferenciales que encarna.
Las Ideas son complejos de coexistencia; todas las Ideas, coexisten de cierto modo. Pero por puntos, en ciertas orillas, bajo resplandores que nunca tienen la uniformidad de una luz natural. Cada vez, zonas de sombra, oscuridades, co- rresponden a su distinción. Las Ideas se distinguen, pero de ningún modo de la misma manera en que se distinguen las formas y los términos en los que se encarnan. Se hacen y deshacen objetivamente según las condiciones que determi- nan su síntesis fluida. Ellas conjugan la mayor potencia pa- ra diferenciarse [se différentier], con la impotencia para diferenciarse [se différencier].* Las Ideas son variedades que, en sí mismas, comprenden subvariedades. Distingui- mos tres dimensiones de variedad. Primero, variedades or- dinales, en altura, según la naturaleza de los elementos y de las relaciones diferenciales: Idea matemática, matemá- tica-física, química, biológica, psíquica, sociológica, lingúís- tica... Cada nivel implica diferenciales de un «orden» dia- léctico diferente; pero los elementos de un orden pueden pasar a los de otro, bajo nuevas relaciones, sea porque se descomponen en el orden superior más vasto, sea porque se reflejan en el orden inferior. Luego, variedades caracte- rísticas, en amplitud, que corresponden a los grados de una relación diferencial en un mismo orden y a las distribucio- nes de puntos singulares para cada grado (como la ecuación
* El autor juega con el sentido de los verbos différencier y différentier, de pronunciación equivalente en francés. El primero indica la acción de mar- car la diferencia, distinguir, separar; el segundo, la acción de calcular la di- ferencial de una función. (N. de los T.)
de las cónicas que da según el «caso» una elipse, una hipér- bole, una parábola, una recta; o las mismas variedades or- denadas del animal desde el punto de vista de la unidad de composición; o las variedades de lenguas desde el punto de vista del sistema fonológico). Finalmente, variedades axio- máticas, en profundidad, que determinan un axioma común para relaciones diferenciales de orden diferente, siempre que ese axioma coincida él mismo con una relación diferen- cial de tercer orden (por ejemplo, adición de números reales y composición de desplazamientos; o, en un dominio total- mente distinto, tejer-hablar entre los Dogon de Griaule). Las Ideas, las distinciones de Ideas, son inseparables de sus tipos de variedades y de la manera en que cada tipo penetra en los otros. Proponemos el nombre de perplicación para de- signar ese estado distintivo y coexistente de la Idea. No por- que la «perplejidad», como aprehensión correspondiente signifique un coeficiente de duda, de vacilación o de asom- bro, ni nada de inacabado en la Idea misma. Se trata, por el contrario, de la identidad de la Idea y del problema, del ca- rácter exhaustivamente problemático de la Idea, es decir, de la manera en que los problemas están objetivamente deter- minados por sus condiciones a participar los unos en los otros, de acuerdo con las exigencias circunstanciales de la síntesis de las Ideas.
La idea no es, de ningún modo, la esencia. El problema, como objeto de la Idea, se encuentra del lado de los sucesos, de las afecciones, de los accidentes, más que de la esencia teoremática. La Idea se desarrolla en las auxiliares, en los cuerpos de adjunción que miden su poder sintético. De tal modo que el dominio de la Idea es lo inesencial. La Idea se declara de parte de lo inesencial de una manera tan delibe- rada, con tanta feroz obstinación como aquella con la que, por el contrario, el racionalismo reclamaba para la Idea la posesión y la comprensión de la esencia. El racionalismo ha querido que la suerte de la Idea estuviera ligada a la esencia abstracta y muerta; y, hasta en la medida en que la forma problemática de la Idea era reconocida, quería que esa for- ma estuviera ligada a la pregunta por la esencia; es decir a «¿Qué es?». Pero cuántos malentendidos había en esa vo- luntad. Es cierto que Platón se sirve de esa pregunta para oponer la esencia y la apariencia, y recusar a aquellos que se contentan con dar ejemplos. Sólo que no tiene otro fin, en-
tonces, que hacer callar las respuestas empíricas para abrir el horizonte indeterminado de un problema trascendente como objeto de la Idea. Desde el momento en que se trata de determinar el problema o la Idea como tal, desde que se trata de poner en movimiento la dialéctica, la pregunta ¿qué es? deja lugar a otras preguntas, de otro modo eficaces y poderosas, de otro modo imperativas: ¿cuánto, cómo, en qué caso? La pregunta «¿qué es?» sólo anima los diálogos llama- dos aporéticos, es decir aquellos en que la misma forma de la pregunta hace caer en la contradicción y desembocar en el nihilismo, sin duda porque sólo tienen un fin propedéuti- co, el fin de abrir la región del problema en general, dejando a otros procedimientos la tarea de determinarlo como pro- blema o como Idea. Cuando la ironía socrática fue tomada en serio, cuando toda la dialéctica se confundió con su pro- pedéutica, de ello resultaron consecuencias extremadamen- te enojosas; pues la dialéctica dejó de ser la ciencia de los problemas y, en el límite, se confundió con el simple movi- miento de lo negativo y de la contradicción. Los filósofos se pusieron a hablar como los muchachos de la calle. Desde ese punto de vista, Hegel es la culminación de una larga tradi- ción que tomó en serio la pregunta ¿qué es?, y que se sirvió de ella para determinar la Idea como esencia, pero que, de ese modo, sustituyó con lo negativo la naturaleza de lo pro- blemático. Ese fue el resultado de una desnaturalización de la dialéctica. Y cuántos prejuicios teológicos hay en esa his- toria, pues «¿qué es?», es siempre Dios, como lugar de com- binatoria de los predicados abstractos. Es preciso señalar que muy pocos filósofos tuvieron confianza en la pregunta ¿qué es? para tener una Idea. Aristóteles, sobre todo no la tuvo. .. Desde el momento en que la dialéctica trabaja su materia, en vez de ejercerse en el vacío con fines propedéuti- cos, en todas partes resuenan «cuánto», «cómo», «en qué ca- so», y «¿quién?», del que más tarde veremos el papel y el sen- tido.1 Esas preguntas son las del accidente, del aconteci- miento, de la multiplicidad —<de la diferencia— contra la de
M Jacques Brunschwig, por ejemplo, ha mostrado muy bien que las pre- guntas aristotélicas tí 10 Óv y tig $ ovoía no significaban de ningún modo ¿Qué es el ser? y ¿Qué es la esencia?, sino: ¿quién es el ser (quién, el ente)? y quién es sustancia (o mejor, como dice Aristóteles, cuáles son las cosas que son sustancias)? Cf. «Dialectique et ontologie chez Aristote», Revue Philosophique, 1964.
la esencia, contra la de lo Uno, de lo contrario y de lo contra- dictorio. Hipias triunfa por doquier, aun y hasta en Platón, Hipias que recusaba la esencia y que, sin embargo, no se contentaba con ejemplos.
El problema pertenece al orden del acontecimiento. No sólo porque los casos de solución surjan como acontecimien- tos reales, sino porque las mismas condiciones del problema implican acontecimientos, secciones, ablaciones, adjuncio- nes. En ese sentido, es exacto representar una doble serie de acontecimientos que se desarrollan en dos planos, hacién- dose eco sin semejanza, unos reales en el nivel de las solu- ciones generadas, otros ideales, o ideales* en las condicio- nes del problema, como actos o más bien sueños de dioses que serían un doble de nuestra historia. La serie ideal goza de una doble propiedad de trascendencia y de inmanencia en relación con lo real. En efecto, hemos visto cómo la exis- tencia y distribución de puntos singulares correspondía por completo a la Idea, aunque su especificación fuera inma- nente a las curvas-solución de su vecindad, es decir, a las re- laciones reales donde la Idea se encarna. Péguy, en su admi- rable descripción del acontecimiento, disponía dos líneas, una horizontal, pero otra vertical que retomaba en profun- didad los puntos relevantes que correspondían a la primera; hasta se adelantaba y generaba eternamente esos puntos relevantes y su encarnación en la primera línea. En el en- trecruzamiento de las dos líneas se anudaba lo «temporal- mente eterno» —el lazo de la Idea y de lo actual, la mecha explosiva— y se decidía nuestra mayor maestría, nuestra mayor potencia, la que concierne a los problemas mismos: «Y, de improviso, sentimos que ya no somos los mismos presidiarios. No hay nada habido. Y un problema del que no se veía el final, un problema sin salida, un problema con el que todo el mundo chocaba, de repente ya no existe, y uno se pregunta de qué se hablaba. Es que en vez de recibir una so- lución ordinaria, una solución que se encuentra, ese proble- ma, esa dificultad, esa imposibilidad, acaba de pasar por un punto de resolución, por así llamarlo, físico. Por un punto de crisis. Y es que al mismo tiempo el mundo entero ha pasado
* Idéels eidéaux, respectivamente. Hay aquí un juego de palabras entre el primer término, ideal en sentido platónico, y el segundo, en el que se entiende ideal como óptimo o excelente. (N. de los T.)
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por un punto de crisis, por así llamarlo, físico. Hay puntos críticos del acontecimiento, como hay puntos críticos de temperatura, puntos de fusión, de congelación, de ebulli- ción, de condensación, de coagulación, de cristalización. Y en el acontecimiento hasta hay estados de sobrefusión que no se precipitan, que no se cristalizan, que no se determinan sino por la introducción de un fragmento del acontecimiento futuro». 12
Por ello, el procedimiento de la vice-dicción, adecuado para recorrer y describir las multiplicidades y los temas, es más importante que el de la contradicción que pretende de- terminar la esencia y preservar su simplicidad. Se nos dirá que el más «importante», por naturaleza, es la esencia. Pero en eso radica la cuestión: y, ante todo, en saber si las nocio- nes de importancia y no-importancia no son precisamente nociones que conciernen al acontecimiento, al accidente, y que son mucho más «importantes» en el seno del accidente que la gruesa oposición de la esencia y del accidente mismo. El problema del pensamiento no está relacionado con el de la esencia, sino con la evaluación de lo que tiene importan- cia y de lo que no la tiene, con la distribución de lo singular y de lo regular, de lo notable y de lo ordinario: que se cumple por entero en lo inesencial o en la descripción de una mul- tiplicidad, en relación con los acontecimientos ideales que constituyen las condiciones de un «problema». Tener una Idea no significa otra cosa; y el espíritu falso, la estupidez misma se define en primer lugar por sus perpetuas confu- siones sobre lo importante y lo no importante, lo ordinario y lo singular. Corresponde a la vice-dicción generar los casos, a partir de los auxiliares y de las adjunciones. Ella es la que preside la distribución de los puntos notables en la Idea; ella es la que decide el modo en que una serie debe prolongarse, de un punto singular, sobre puntos regulares, hasta otro punto singular, y también decide cuál; ella es la que deter- mina si las series obtenidas en la Idea son convergentes o divergentes (por lo tanto, hay singularidades en sí mismas ordinarias, de acuerdo con la convergencia de las series; y singularidades notables, de acuerdo con su divergencia). Los dos procedimientos de la vice-dicción, que intervienen a la vez en la determinación de las condiciones del problema y
en la génesis correlativa de los casos de solución son, por una parte, la precisión de los cuerpos de adjunción, y, por otra, la condensación de las singularidades. En efecto, en la determinación progresiva de las condiciones debemos des- cubrir, por una parte, las adjunciones que completan el cuerpo inicial del problema como tal, ya se trate de las varie- dades de la multiplicidad en todas las dimensiones, o de los fragmentos de acontecimientos ideales futuros o pasados que, al mismo tiempo, tornan irresoluble el problema; y debemos fijar también el modo bajo el cual se encadenan o encajan con el cuerpo inicial. Por otro lado, debemos con- densar todas las singularidades, precipitar todas las cir- cunstancias, puntos de fusión, de congelación, de conden- sación, en una ocasión sublime, Kairós, que hace estallar la solución como algo brusco, brutal y revolucionario. Tener una Idea es también eso. Cada Idea tiene como dos caras que son el amor y la cólera: el amor, en la búsqueda de frag- mentos, en la determinación progresiva y el encadenamien- to de los cuerpos ideales de adjunción; la cólera, en la con- densación de singularidades que define, a fuerza de acon- tecimientos ideales, la acogida de una «situación revolucio- narla», y hace estallar la Idea en lo actual. Es en ese sentido que Lenin tuvo Ideas. (Hay una objetividad de la adjunción y de la condensación, una objetividad de las condiciones, que significa que las Ideas, al igual que los Problemas, no sólo están en nuestra cabeza, sino aquí y allá, en la produc- ción de un mundo histórico actual.) Y en todas esas expre- siones, «puntos singulares y relevantes», «cuérpos adjun- tos», «condensación de singularidades», no debemos ver me- táforas matemáticas, ni metáforas físicas en «puntos de fusión, de congelación. . .», ni metáforas líricas o místicas en «amor y cólera». Son las categorías de la Idea dialéctica, las extensiones del cálculo diferencial (la mathesis untuersalis, pero también la física universal, la psicología, la sociología universal) que responden a la Idea en todos sus dominios de multiplicidad. Lo que hay de revolucionario y amoroso en toda Idea, es aquello por lo que las Ideas siempre resultan ser resplandores desiguales de amor y de cólera que, de ningún modo, forman una luz natural.
(Lo más importante en la filosofía de Schelling es la con- sideración de las potencias. Y qué injusta es, en ese sentido, la crítica de Hegel sobre las vacas negras. De los dos filóso-
fos es Schelling quien sabe cómo extraer la diferencia de la noche de lo Idéntico con relámpagos más finos, más varia- dos, más aterradores también que los de la contradicción: con progresividad. La cólera y el amor son las potencias de la Idea que se desarrollan a partir de un í óv, es decir, no de algo negativo o de un no-ser (oúx dv), sino de un ser pro- blemático o de un no-existente, ser implícito de las existen- cias más allá del fundamento. El Dios de amor y el Dios de la cólera no están de más para tener una Idea. A, A?, AS constituyen el juego de la despotencialización y de la po- tencialidad pura, que revela en la filosofía de Schelling la presencia de un cálculo diferencial adecuado a la dialéctica. Schelling era leibniziano. Pero también neoplatónico. El gran delirio neoplatónico que daba una respuesta al proble- ma del Fedro, escalona, encaja los Zeus, según un método exhaustivo y de desarrollo de las potencias: Zeus, Zeus?, Zeus?. .. En esto, la división revela todo su alcance, que no es en amplitud, en la diferenciación [différenciation] de las especies de un mismo género; sino en profundidad, en la de- rivación y la potencialización, ya en una especie de diferen- ciación [différentiation]. Entonces se animan en una dialéc- tica serial las potencias de una Diferencia que reúne y acer- ca (6 ovvóvixoc), y que llega a ser titánica con cólera, demiúr- gica con amor, y también apolínea, areica o atenaica).19
Del mismo modo que no hay oposición entre estructura y génesis, no hay oposición entre estructura y acontecimien- to, o estructura y sentido. Las estructuras encierran tantos acontecimientos ideales como variedades de relaciones y de puntos singulares, que se cruzan con los acontecimientos reales que determinan. Lo que se llama estructura, sistema de relaciones y elementos diferenciales, es también sentido desde el punto de vista genético, en función de las relaciones y de los términos actuales en los que se encarna. La verda- dera oposición está en otra parte: entre la Idea (estructura- acontecimiento-sentido) y la representación. En la repre-
13 Cf. uno de los libros más importantes del neoplatonismo, que pone en juego una dialéctica serial y potencial de la diferencia, Dubitationes et so- lutiones de primis principiis de Damascius (Ed. Ruelle). Sobre la teoría de la diferencia y de las potencias de Schelling, cf. particularmente las Confe- rences de Stuttgart (trad. S. Jankélévitch, en Essais, Aubier ed.) y Ages du monde (trad. Jankélévitch, Aubier).
sentación, el concepto es como la posibilidad, pero el sujeto de la representación determina todavía el objeto como real- mente adecuado al concepto, como esencia. Por ello, la re- presentación en su conjunto es el elemento del saber que se realiza en la recolección del objeto pensado y su reconoci- miento por un sujeto que piensa. Pero la Idea hace valer ca- racteres totalmente distintos. La virtualidad de la Idea na- da tiene que ver con una posibilidad. La multiplicidad no so- porta ninguna dependencia de lo idéntico en el sujeto o en el objeto. Los acontecimientos y las singularidades de la Idea no dejan subsistir ninguna posición de la esencia como «lo que la cosa es». Y, sin duda, se permite conservar la palabra esencia, si se tiene interés en ello, pero con la condición de decir que la esencia es precisamente el accidente, el aconte- cimiento, el sentido; no sólo lo contrario de lo que habitual- mente se llama esencia, sino lo contrario de lo contrario: la multiplicidad no es más apariencia que esencia, no es más múltiple que una. Los procedimientos de la vice-dicción, por consiguiente, no se dejan expresar en términos de represen- tación, aun infinita; pierden con ello, como se ha visto en Leibniz; su principal poder, que consiste en afirmar la diver- gencia o el descentramiento. En verdad, la Idea no es el ele- mento del saber, sino de un «aprender» infinito que difiere por naturaleza del saber. Pues aprender evoluciona por completo dentro de la comprensión de los problemas como tales, en la aprehensión y la condensación de las singulari- dades, en la composición de los cuerpos y acontecimientos ideales. Aprender a nadar, aprender una lengua extranjera, significa componer los puntos singulares del propio cuerpo o de la propia lengua con los de otra figura, con los de otro ele- mento que nos desmembra, pero nos hace penetrar en un mundo de problemas hasta entonces desconocidos, inaudi- tos. ¿Y a qué estábamos consagrados, sino a problemas que exigen hasta la transformación de nuestro cuerpo y nuestra lengua? En suma, la representación y el saber se modelan enteramente sobre las proposiciones de la conciencia que designan los casos de solución; pero esas proposiciones por sí mismas dan una noción completamente inexacta de la instancia que resuelven o desatan, y que las genera como caso. La Idea y «el aprender» expresan, por el contrario, esa instancia problemática, extraproposicional o subrepresen- tativa: la presentación del inconsciente, no la representa-
ción de la conciencia. Nadie se debe asombrar porque el es- tructuralismo, en los autores que lo promueven, está acom- pañado frecuentemente por una apelación a un nuevo tea- tro, o a una nueva interpretación (no aristotélica) del teatro: teatro de las multiplicidades, que se opone en todos los as- pectos al teatro de la representación, que ya no deja subsis- tir la identidad de una cosa representada, ni de un autor, ni de un espectador, ni de un personaje sobre la escena; ni tampoco ninguna representación que pueda ser objeto de un reconocimiento final o de una recapitulación del saber a través de las peripecias de una pieza; sino tan sólo un teatro de problemas y de preguntas siempre abiertas, que arras- tran al espectador, a la escena y a los personajes en el movi- miento real de un aprendizaje de todo el inconsciente, cuyos últimos elementos son una vez más los problemas mismos.
¿Cómo se debe entender el carácter necesariamente in- consciente de las Ideas? ¿Se debe entender que la Idea es el objeto de una facultad particular exclusiva, que halla tanto mejor en él su elemento límite o trascendente, cuanto que no puede captarlo desde el punto de vista del ejercicio em- pírico? Esa hipótesis ya tendría la ventaja de eliminar la Razón, o hasta el entendimiento como facultad de las Ideas, y, más generalmente, de eliminar toda facultad constitutiva de un sentido común, bajo el cual está subsumido el ejercicio empírico de otras facultades concernientes a un objeto que se supone es el mismo. Que el pensamiento, por ejemplo, en- cuentre en sí algo que no puede pensar que es a la vez lo im- pensable y lo que debe ser pensado, lo impensable y lo que no puede ser sino pensado, eso sólo es incomprensible des- de el punto de vista de un sentido común o de un ejercicio calcado sobre lo empírico. Según una objeción frecuente- mente hecha contra Maimon, las Ideas, concebidas como diferenciales del pensamiento, introducen en ellas un míni- mum de «dato» que no puede ser pensado; restauran la dua- lidad de un entendimiento infinito y de un entendimiento finito, como condiciones de existencia y conocimiento, que toda la crítica kantiana, sin embargo, se había propuesto suprimir. Pero esa objeción sólo vale en la medida en que las Ideas, según Maimon, tienen por facultad el entendimiento; del mismo modo que, según Kant, tenían por facultad la ra- zón, es decir, de todas maneras una facultad que constituye un sentido común, él mismo incapaz de soportar en su seno
i’m a spotlight, just like you. but i can’t shine my light on myself, i need you to shine your light on me. but even then my light won’t reach, i need you to tell me what you see so i can know what i look like. i need to be known through the eyes and words and mind of the other. i can only be filtered through you and through them. i am, ultimately, defenceless. i am meat that bleeds. i like sweet and salty things. i fear and i smile and i die. you know those feelings too.
la presencia de un núcleo donde se quebraría el ejercicio empírico de las facultades conjuntas. Es sólo en esas condi- ciones que lo impensable en el pensamiento, o el inconscien- te de un pensamiento puro, debe realizarse en un entendi- miento infinito como ideal del saber, y que las diferenciales están condenadas a devenir simples ficciones, si no encuen- tran, en ese entendimiento infinito, la medida de una reali- dad plenamente actual. Pero una vez más la alternativa es falsa. Es lo mismo que decir que la especificidad de lo pro- blemático y la pertenencia del inconsciente al pensamiento finito, permanecen desconocidos. En cambio, ya no ocurre lo mismo en la medida en que las Ideas se relacionan con el ejercicio trascendente de una facultad particular liberada de un sentido común.
Sin embargo, no creemos que esa primera respuesta sea suficiente, y que las Ideas o las estructuras remitan a una facultad particular. Pues la Idea recorre y concierne a todas las facultades. Hace posibles, a la vez, según su orden, la existencia de una facultad determinada como tal y el objeto diferencial o el ejercicio trascendente de esa facultad. Sea la multiplicidad lingúística, como sistema virtual de relacio- nes recíprocas entre «fonemas», que se encarna en las rela- ciones y los términos actuales de lenguas diversas: tal mul- tiplicidad hace posible el habla como facultad, y el obje- to trascendente de ese habla, ese «metalenguaje» que no puede ser dicho en el ejercicio empírico de una lengua dada, pero que debe ser dicho, que no puede ser sino dicho en el ejercicio poético del habla coextensivo con la virtualidad. Sea la multiplicidad social: determina la sociabilidad como facultad, pero también el objeto trascendente de la sociabi- lidad, que no puede ser vivido en las sociedades actuales donde la multiplicidad se encarna, pero que debe serlo y no puede sino serlo en el elemento de transformación de las so- ciedades (a saber, simplemente la libertad, siempre recu- bierta por los restos de un antiguo orden y las primicias de uno nuevo). Se podría decir lo mismo de otras Ideas o multi- plicidades: las multiplicidades psíquicas, la imaginación y el fantasma, las multiplicidades biológicas, la vitalidad y el «monstruo»; las multiplicidades físicas, la sensibilidad y el signo. Pero así, las Ideas se corresponden una por una con todas las facultades y no son el objeto exclusivo de ninguna en particular, ni siquiera del pensamiento. Sin embargo lo
esencial es que, de esa manera, no introducimos de ningún modo la forma de un sentido común; por el contrario. Hemos visto cómo la discordia de las facultades, definida por la exclusividad del objeto trascendente que cada una aprehen- de, no dejaba por eso de implicar un acuerdo, según el cual cada uno transmite su violencia a la otra, siguiendo una me- cha explosiva; pero justamente se trata de un «acuerdo dis- cordante» que excluye la forma de identidad, de convergen- cia y de colaboración del sentido común. Lo que nos parecía corresponder a la Diferencia, que articula o reúne por sí misma, era esa Discordancia concordante. Por consiguien- te, hay un punto en el que pensar, hablar, imaginar, sentir, etc., son una sola y la misma cosa; pero esa cosa afirma tan sólo la divergencia de las facultades en su ejercicio trascen- dente. Se trata, por lo tanto, no de un sentido común, sino, por el contrario, de un «para-sentido» (en el sentido en que la paradoja es también lo contrario del buen sentido). Ese para-sentido tiene por elementos las Ideas, precisamente porque las Ideas son multiplicidades puras que no presupo- nen ninguna forma de identidad en un sentido común, sino que animan y describen, por el contrario, el ejercicio disjun- to de las facultades desde el punto de vista trascendente. Así, las Ideas son multiplicidades de resplandores diferen- ciales, como fuegos fatuos de una facultad a la otra, «vir- tual reguero de fuego», sin tener jamás la homogeneidad de esa luz natural que caracteriza al sentido común. Por ello, aprender puede ser definido de dos maneras complemen- tarias que igualmente se oponen a la representación en el saber: o bien aprender es penetrar en la Idea, sus varieda- des y sus puntos notables; o bien aprender es elevar una fa- cultad a su ejercicio trascendente disjunto, elevarla a ese encuentro y a esa violencia que se comunican a las otras fa- cultades. Por ello, también el inconsciente tiene dos deter- minaciones complementarias que lo excluyen necesaria- mente de la representación, pero que lo hacen digno y capaz de una presentación pura: sea porque el inconsciente se de- fine por el carácter extraproposicional y no actual de las Ideas en el parasentido; sea porque se define por el carácter no empírico del ejercicio paradójico de las facultades.
No por eso las Ideas dejan de tener una relación muy particular con el pensamiento puro. Sin duda, el pensa- miento debe ser considerado aquí, no como la forma de
identidad de todas las facultades, sino como una facultad particular, definida bajo el mismo título que las otras, por su objeto diferencial y su ejercicio disjunto. Falta que el para- sentido, o la violencia que se comunica de una facultad a otra según un orden, asignen al pensamiento un lugar par- ticular: el pensamiento sólo está determinado a captar su propio cogitandum en la extremidad de la mecha violenta que, de una Idea a la otra, pone en movimiento, en primer lugar, la sensibilidad y su sentiendum, etc. Esa extremidad puede también ser considerada como el origen radical de las Ideas. ¿Pero en qué sentido debemos comprender «origen radical»? En ese mismo sentido, las Ideas deben denominar- se «diferenciales» del pensamiento, «Inconsciente» del pen- samiento puro, en el momento mismo en que la oposición del pensamiento a toda forma de sentido común es más viva que nunca. Por ello, las Ideas de ningún modo se relacionan como un Cogito como proposición de la conciencia o como fundamento, sino con el Yo [Je] fisurado de un Cogito disuel- to, es decir, con el desfundamento universal que caracteriza al pensamiento como facultad en su ejercicio trascendente. Las Ideas no son, a la vez, objeto de una facultad particular, sino que conciernen singularmente a una facultad particu- lar, hasta el punto que se puede decir: salen de las faculta- des (para constituir el para-sentido de todas las facultades). Una vez más, ¿qué significa aquí salir o encontrar su ori- gen? ¿De dónde proceden las Ideas, los problemas, sus ele- mentos y relaciones ideales?
Ha llegado el momento de determinar la diferencia entre las dos instancias del problema y la pregunta, que hemos dejado en la vaguedad hasta el presente. Es preciso recor- dar hasta qué punto el complejo pregunta-problema es una adquisición del pensamiento moderno sobre la base del re- nacimiento de la ontología; es que ese complejo ya ha dejado de ser considerado como expresando un estado provisorio y subjetivo en la representación del saber, para convertirse en la intencionalidad del Ser por excelencia, o en la única ins- tancia en la cual el Ser, hablando con propiedad, responde, sin que la pregunta sea por ello suprimida ni superada; ya que sólo ella, por el contrario, tiene una abertura coexten- siva a lo que debe responderle, y a lo que no puede respon- derle sino manteniéndola, machacándola, repitiéndola. Esa concepción de la pregunta como alcance ontológico anima
tanto la obra de arte como el pensamiento filosófico. La obra se desarrolla a partir, alrededor, de una fisura que nunca puede colmar. Que la novela, sobre todo después de Joyce, haya encontrado un lenguaje completamente nuevo del tipo del «Cuestionario» o de la «Inquisitoria», que haya presenta- do acontecimientos y personajes esencialmente problemáti- cos, no significa, evidentemente, que no se esté seguro de nada; no es, evidentemente, la aplicación de un método de duda generalizada, no es el signo de un escepticismo mo- derno; sino, por el contrario, el descubrimiento de lo proble- mático y de la pregunta como horizonte trascendental, como foco trascendental que pertenece de manera «esencial» a los seres, a las cosas, a los acontecimientos. Es el descubri- miento novelesco de la Idea, o su descubrimiento teatral, o su descubrimiento musical, o su descubrimiento filosófi- co. ..; y, al mismo tiempo, el descubrimiento de un ejercicio trascendente de la sensibilidad, de la memoria que imagina, del lenguaje, del pensamiento, por el cual cada una de esas facultades comunica con las otras en su plena discordancia, y se abre sobre la diferencia del Ser, tomando por objeto, es decir, por pregunta, su propia diferencia: así esa escritura que no es nada sino la pregunta ¿qué es escribir?, o esa sen- sibilidad que no es otra cosa sino ¿qué es sentir? y ese pensa- miento, ¿qué significa pensar? Cuando el genio de la Idea no está allí, surgen de esto las mayores monotonías, las mayo- res debilidades de un nuevo sentido común; por el contra- rio, cuando la Idea surge violenta, aparecen las más pode- rosas «repeticiones», las más prodigiosas invenciones en el parasentido. Recordemos tan sólo los principios de esa on- tología de la pregunta: 1) lejos de significar un estado empí- rico del saber llamado a desaparecer en las respuestas, una vez dada la respuesta, la pregunta acalla todas las respues- tas empíricas que pretenden suprimirla, para «forzar» la única respuesta que siempre la mantiene y la retoma: como Job, en su obstinación de obtener una respuesta de primera mano que se confunde con la pregunta misma (primera po- tencia de lo absurdo); 2) de allí la potencia de la pregunta que pone en juego tanto al que pregunta como aquello sobre lo que se pregunta y que además se cuestiona a sí misma: como Edipo y su manera de no terminar con la Esfinge (se- gunda potencia del enigma); 3) de allí la revelación del Ser como correlativo a la pregunta, que no se deja reducir a lo
preguntado ni al que pregunta, sino que los une en la arti- culación de su propia Diferencia: uh dv que no es no-ser o ser de lo negativo, sino no-ente o ser de la pregunta (como Uli- ses, y la respuesta «Nadie», tercera potencia que es la de la Odisea filosófica).
Sin embargo, esa ontología moderna tiene insuficien- cias. Desempeña, a veces, el papel de lo indeterminado como potencia objetiva de la pregunta, pero para simular toda una vaguedad subjetiva que lleva sobre sí por cuenta del Ser, sustituyendo así la fuerza de la repetición por el empo- brecimiento de una inútil reiteración o las estereotipias de un nuevo sentido común. Por otra parte, llega hasta a diso- ciar el complejo, a confiar el cuidado de las preguntas a la religiosidad de un alma bella, rechazando los problemas ha- cia el lado de los obstáculos exteriores. Sin embargo, ¿qué sería una pregunta si no se desarrollara bajo campos pro- blematizantes, únicos capaces de determinarla en una «ciencia» característica? El alma bella no termina nunca de plantear la pregunta que le es propia, la de los esponsales; pero cuántas novias desaparecieron o fueron abandonadas, desde el momento en que la pregunta encontraba su justo problema que venía a reactuar sobre ella, a corregirla y desplazarla de toda la diferencia de un pensamiento (así ocurre con el héroe de Proust que se preguntaba «¿voy a ca- sarme con Albertina?», pero que desarrollaba la pregunta en el problema de la obra de arte por hacer, donde la pregun- ta misma pasa por una radical metamorfosis). Debemos in- vestigar cómo las preguntas se desarrollan en problemas en una Idea, cómo los problemas se envuelven en preguntas en el pensamiento. Y, también en ese caso, es necesario con- frontar la imagen clásica del pensamiento con otra imagen, la que sugiere hoy ese renacimiento de la ontología.
Pues de Platón a los poskantianos, la filosofía ha defini- do el movimiento del pensamiento como un cierto pasaje de lo hipotético a lo apodíctico. Hasta la operación cartesiana de la duda a la certidumbre, es una variante de ese pasaje. Otra variante es el pasaje de la necesidad hipotética a la ne- cesidad metafísica en el Origen radical. Pero ya en Platón la dialéctica se definía así: partir de hipótesis, servirse de hi- pótesis como trampolines, es decir, como «problemas», para elevarse hasta el principio an-hipotético que debe determi- nar tanto la solución de los problemas como la verdad de las
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hipótesis; toda la estructura del Parménides ha sido conce- bida de ese modo, en tales condiciones que ya no es posible —como, sin embargo, se lo ha hecho tan ligeramente— ver allí un juego, una propedéutica, una gimnasia, un ejercicio formal. El mismo Kant es más platónico de lo que él cree cuando pasa de la Crítica de la razón pura, completamente subordinada a la forma hipotética de la experiencia posible, a la Crítica de la razón práctica, donde descubre, con la ayu- da de problemas, la pura necesidad de un principio categórl- co. Con mayor razón, lo son los poskantianos, cuando quie- ren llevar a cabo en el mismo lugar, y sin cambiar de «crí- tica», la transformación del juicio hipotético en juicio téti- co.14 Por lo tanto, no es ilegítimo resumir así el movimiento de la filosofía: de Platón a Fichte o a Hegel, pasando por Descartes, cualquiera sea la diversidad de las hipótesis de partida y las apodicticidades finales. Por lo menos, tienen algo en común: el punto de partida que encuentran en una «hipótesis», es decir, en una proposición de la conciencia afectada por un coeficiente de incertidumbre (aunque sea la duda cartesiana), y el punto de llegada que encuentran en una apodicticidad o en un imperativo de orden eminente- mente moral (lo Uno-Bien de Platón, el Dios que no engaña del cogito cartesiano, el principio de lo mejor de Leibniz, el imperativo categórico de Kant, el Yo [Moi] de Fichte, la
14 Sobre Platón: cf. República, VI, 511b: «... la razón, haciendo hipótesis que no considera como principios, sino realmente como hipótesis, es decir, puntos de apoyo y trampolines, para remontarse al principio de todo hasta lo Anhipotético. Después, una vez alcanzado ese principio y siguiendo las consecuencias que de él resultan, desciende hacia una conclusión. . .». Ese texto ha sido profundamente comentado por Proclus, que hace de él la ex- presión del método del Parménides, y del que se sirve para denunciar las interpretaciones formales 0 escépticas ya corrientes en su tiempo: es claro que lo Uno tal como está distribuido en las hipótesis del Parménides no es lo mismo que lo Uno anhipotético al que el dialéctico arriba, de hipótesis en hipótesis, y que mide la verdad de cada una. Cf. Commentaire du Par- ménide (trad. Chaignet, Leroux ed.).
Sobre la transformación del juicio hipotético en juicio categórico en la fi- losofía de Maimon y de Fichte, cf. Martial Guéroult, L'évolution et la struc- ture de la Doctrine de la Science chez Fichte (Les Belles-Lettres, 1930), t.1L, págs. 127 y sigs.
Sobre Hegel y la transformación análoga, cf.: la relación de el en-sí y el para-sí en la Fenomenología; la relación de la Fenomenología misma y de la Lógica, la idea hegeliana de «ciencia», y el pasaje de la proposición empí- rica a la proposición especulativa.
«Ciencia» de Hegel). Ahora bien, esa marcha orilla al máxi- mo el verdadero movimiento del pensamiento, pero es tam- bién lo que lo traiciona a] máximo, lo que lo desnaturaliza al máximo; ese hipotetismo y ese moralismo conjuntos, ese hi- potetismo cientificista y ese moralismo racionalista, hacen irreconocible aquello a lo que se acercan.
Si decimos: el movimiento no va de lo hipotético a lo apo- díctico, sino de lo problemático a la pregunta, parece, a pri- mera vista, que la diferencia es muy sutil. Tanto más sutil que, si lo apodíctico es inseparable de un imperativo moral, la pregunta, por su parte, es inseparable de un imperativo, aunque de otra especie. Sin embargo, hay un abismo entre esas fórmulas. En la asimilación del problema a una hipó- tesis, ya hay una traición del problema o de la Idea, el proce- so ilegítimo de su reducción a proposiciones de la conciencia y a representaciones del saber: lo problemático difiere por naturaleza de lo hipotético. Lo temático de ningún modo se confunde con lo tético. Y lo que está en juego en esa diferen- cia es toda la distribución, toda la determinación, toda la destinación, todo el ejercicio de las facultades en una doc- trina en general. Es también muy diferente hablar de la instancia apodíctica, o de la instancia-pregunta, porque se trata de dos formas de imperativos, en todos los sentidos, in- comparables. Las preguntas son imperativos, o más bien, las preguntas expresan la relación de los problemas con los imperativos de los que proceden. ¿Es preciso seguir el ejem- plo de la policía para mostrar la naturaleza imperativa de las preguntas? «Soy yo el que hace las preguntas», pero en verdad, ya es el yo disuelto de lo preguntado el que habla a través de su verdugo. Los problemas o las Ideas emanan de imperativos de aventura o de acontecimientos que se pre- sentan como preguntas. Por ello, los problemas son inse- parables de un poder de decisión, de un fiat que hace de no- sotros, cuando nos atraviesa, seres semidivinos. El mismo matemático, ¿no pretende pertenecer a la raza de los dioses? En los dos procedimientos fundamentales de la adjunción y de la condensación se ejerce, en el más alto grado, ese poder de decisión, fundado en la naturaleza de los problemas por resolver, ya que es siempre en relación con un cuerpo ideal agregado por el matemático que una ecuación es o no re- ductible. Potencia infinita de agregar una cantidad arbitra- ria. Ya no se trata de un Juego a la manera de Leibniz, en el
que el imperativo moral de reglas predeterminadas se com- bina con la condición de un espacio dado que es preciso lle- nar ex hipothesi. Más bien se trata de una jugada de dados, y de todo el cielo como espacio abierto, y de tirar como única regla. Los puntos singulares están sobre el dado; las pre- guntas son los dados mismos; el imperativo es el tirar. Las Ideas son las combinaciones problemáticas que resultan de las jugadas. Es que el juego de dados de ningún modo se propone abolir el azar (el cielo-azar). Abolir el azar es frag- mentarlo según reglas de probabilidad a lo largo de varias jugadas, de tal modo que el problema, en ese caso, ya está desmembrado en hipótesis, hipótesis de ganancia y pérdida; y el imperativo, moralizado, en el principio de una elección de lo mejor que determina la ganancia. La jugada de dados, por el contrario, afirma de una vez el azar; cada jugada afir- ma todo el azar en cada vez. La repetición de las jugadas ya no está sometida a la persistencia de una misma hipótesis, ni a la identidad de una regla constante. Hacer del azar un objeto de afirmación es lo más difícil; pero ese es el sentido del imperativo y de las preguntas que arroja. Las Ideas emanan de él, como las singularidades emanan de ese pun- to aleatorio que, cada vez, condensa todo el azar en una vez. Se dirá que, al asignar a ese punto el origen imperativo de las Ideas, no hacemos sino invocar lo arbitrario, la simple arbitrariedad de un juego de niño; el niño-dios. Pero sería comprender mal lo que quiere decir «afirmar». Sólo existe la arbitrariedad en el azar en tanto que no se lo afirma, o no se lo afirma con suficiente fuerza, en tanto que está distribuido en un espacio, en un número, y bajo reglas destinadas a con- jurarlo. Si se lo afirma lo suficiente, el jugador ya no puede perder, pues toda combinación y cada jugada que la produce son, por naturaleza, adecuadas al lugar y al mando móvil del punto aleatorio. Por consiguiente, ¿qué significa afirmar todo el azar en cada oportunidad de una vez? Esa afirma- ción se mide al poner en resonancia los contrastes que ema- nan de una jugada, y forman un problema con esa condi- ción. Entonces, todo el azar está por completo en cada juga- da, aunque esta sea parcial: y está allí en una vez, aunque la combinación producida sea objeto de una determinación progresiva. La jugada de dados lleva a cabo el cálculo de los problemas, la determinación de los elementos diferenciales o la distribución de los puntos singulares constitutivos de
una estructura. Así se forma la relación circular de los impe- rativos con los problemas que se desprenden de ellos. La re- sonancia constituye la verdad de un problema como tal, donde el imperativo se pone a prueba, aunque el problema mismo nazca del imperativo. El azar afirmado, completa- mente arbitrario, es abolido en cada oportunidad. El azar afirmado, la divergencia misma, es objeto de afirmación en un problema. Los cuerpos ideales de adjunción que determi- nan un problema quedarían entregados a lo arbitrario, si el cuerpo básico no resonara incorporando todas las magnitu- des expresables por la adjunción. Una obra, en general, siempre es un cuerpo ideal; es, en sí misma, un cuerpo ideal de adjunción. La obra es un problema nacido del impera- tivo, tanto más perfecta y total en una sola jugada, cuanto el problema está mejor determinado progresivamente como problema. Por lo tanto, el autor de la obra es bien llamado el operador de la Idea. Cuando Raymond Roussel plantea sus «ecuaciones de hechos» como problemas por resolver, hechos o acontecimientos ideales que se ponen a resonar bajo el gol- pe de un imperativo de lenguaje, hechos que son ellos mis- mos flat; cuando muchos novelistas modernos se instalan en ese punto aleatorio —esa «tarea ciega», imperativa, cues- tionante, a partir de la cual la obra se desarrolla como pro- blema, haciendo resonar series divergentes—, no hacen ma- temáticas aplicadas, no incurren en ninguna metáfora ma- temática o física, sino que establecen esa «ciencia», mathesis universal inmediata de cada dominio; hacen de la obra un aprender o una experimentación y, al mismo tiempo, algo total en cada vez, donde todo el azar se encuentra afirma- do en cada caso, cada vez renovable, sin que, quizá, nunca subsista algo arbitrario.15
15 Citemos, por ejemplo, la novela de Philippe Sollers, Drame (Editions du Seuil, 1965). Esa novela tiene por divisa una fórmula de Leibniz: «Su- poniendo, por ejemplo, que alguien haga una cantidad de puntos sobre el papel, al azar. .. digo que es posible encontrar una línea geométrica cuya noción sea constante y uniforme de acuerdo con cierta regla de modo que esa línea pase por todos los puntos. . .». Todo el comienzo del libro está construido sobre las dos fórmulas: «Problema. ..» y «Errado. . .». Unas se- ries se dibujan en relación con los puntos singulares del cuerpo del narra- dor, cuerpo ideal, «pensado más que percibido». Sobre «la tarea ciega» co- mo punto original de la obra, cf. las intervenciones de Philippe Sollers y de Jean-Pierre Faye, en «Débat sur le roman» (Tel Quel, 17, 1964).
Ese poder decisorio en el seno de los problemas, esa creación, ese arrojo que nos hace de la raza de los dioses, no nos pertenece. Los mismos dioses están sometidos a la Ananké, es decir, al cielo-azar. Los imperativos, O las pre- guntas, que nos atraviesan no emanan del Yo [Je]; este ni si- quiera está allí para escucharlas. Los imperativos son del ser, toda pregunta es ontológica, y distribuye «lo que es» en los problemas. La ontología es la jugada de dados: «caos- mos» [chaosmos] de donde surge el cosmos. Si los imperati- vos del Ser tienen una relación con el Yo, la tienen con un Yo fisurado, cuya fisura desplazan y reconstituyen cada vez según el orden del tiempo. Por consiguiente, los imperativos forman los cogitanda del pensamiento puro, las diferencia- les del pensamiento; a la vez lo que no puede ser pensado, pero que debe serlo, y no puede sino serlo desde el punto de vista del ejercicio trascendente. Y las preguntas son esos pensamientos puros de los cogitanda. Los imperativos en forma de preguntas significan, por consiguiente, mi mayor impotencia, pero también ese punto del que Maurice Blan- chot habla sin cesar, ese punto aleatorio, original, ciego, acé- falo, afásico, que designa «la imposibilidad de pensar qué es el pensamiento», y que se desarrolla en la obra como proble- ma, y donde el «no-poder» se transmuta en potencia. Lejos de remitir al Cogito como proposición de la conciencia, los imperativos se dirigen al Yo fisurado como al inconsciente del pensamiento. Pues el Yo tiene derecho a un inconsciente sin el cual no pensaría, y sobre todo no pensaría el puro co- gitandum. Contrariamente a lo que enuncia la restringida proposición de la conciencia, el pensamiento no piensa sino a partir de un inconsciente, y piensa ese inconsciente en el ejercicio trascendente. Por ello, las Ideas que se desprenden de los imperativos, lejos de ser las propiedades o atributos de una sustancia pensante, no hacen sino entrar y salir por esa fisura del Yo, que siempre hace que otro piense en mí, otro que debe ser él mismo pensado. Lo primero en el pensa- miento es el robo. Seguramente la impotencia puede perma- necer impotente, pero también sólo ella puede ser elevada a la más alta potencia. Es precisamente lo que Nietzsche en- tendía por voluntad de poder: esa imperativa transmuta- ción que toma por objeto la impotencia misma (¡sé cobarde, perezoso, obediente, si quieres!, siempre que. . .), esajugada de dados capaz de afirmar todo el azar, esas preguntas que
nos atraviesan en horas tórridas o glaciales, esos imperati- vos que nos consagran a los problemas que arrojan. Pues «hay algo irreductible en el fondo del espíritu: un bloque monolítico de Fatum, de decisión ya tomada sobre todos los problemas en su medida y su relación con nosotros; y, al mismo tiempo, un derecho que tenemos de acceder a ciertos problemas, como su impronta marcada al rojo vivo sobre nuestros nombres». 16
¡Pero qué desalentadora parece la respuesta! Preguntá- bamos cuál es el origen de las Ideas, de dónde proceden los problemas; invocábamos jugadas de dados, imperativos y preguntas azarosas, un principio apodíctico, un punto alea- torio donde todo «se desfunda» en vez de invocar un sólido fundamento. Oponemos ese azar a lo arbitrario en la medi- da en que es afirmado, imperativamente afirmado, afirma- do en ese modo tan particular de la pregunta; pero esa mis- ma afirmación la medimos por la resonancia que se estable- ce entre los elementos problemáticos surgidos de la jugada de dados. ¿En qué círculo giramos para que no podamos hablar de otro modo del origen? Hemos distinguido cuatro instancias: las preguntas imperativas, ontológicas; los pro- blemas dialécticos, o los temas que se desprenden de ellos; los campos simbólicos de resolubilidad en que se expresan «científicamente» esos problemas en función de sus condi- ciones; las soluciones que reciben en esos campos, y que se encarnan en la actualidad de los casos. Pero desde el origen, ¿qué son esos imperativos de fuego, esas preguntas que son comienzos de mundo? Es que cada cosa comienza en una pregunta, pero no se puede decir que la pregunta misma co- mience. La pregunta, como el imperativo que expresa, ¿no tendría otro origen que la repetición? Corresponde a gran- des autores de nuestra época poner en relación lo más pro- fundo de la pregunta con la repetición (Heidegger, Blan- chot). No es que sea suficiente repetir una misma pregunta y encontrarla intacta al final, aunque sea ¿Qué es el ser? Son las malas jugadas de dados las que se inscriben en las mis- mas hipótesis (que representan las proposiciones de la con- ciencia o las opiniones de un sentido común) y que se aproxi- man más o menos al mismo principio apodíctico (que repre-
senta la determinación de la ganancia). Son los malos juga- dores los que no repiten sino a fuerza de fragmentar el azar en varias jugadas. Por el contrario, la buena jugada de dados afirma todo el azar en una vez; y en eso consiste la esencia de lo que se llama pregunta. Sin embargo, hay mu- chas jugadas de dados, la jugada de dados se repite. Pero ca- da una juega el azar por entero en una vez, y en lugar de te- ner lo diferente, diferentes combinaciones como resultado de lo Mismo, tiene lo mismo o la repetición, como resultado de lo Diferente. Es en ese sentido como la repetición consus- tancial a la pregunta se halla en la fuente de la «perplica- ción» de las Ideas. Lo diferencial de la Idea es, en sí mismo, inseparable del proceso de repetición que ya define la ju- gada de dados. Hay en el cálculo una iteración, hay en los problemas una repetición que reproduce por sí misma la de las preguntas o de los imperativos de los que proceden. Sólo que, tampoco en ese caso, se trata de una repetición ordina- ria. Lo ordinario es la prolongación, la continuación, la ex- tensión del tiempo que se prolonga en duración: repetición desnuda (puede ser discontinua, pero sigue siendo funda- mentalmente repetición de lo mismo). Ahora bien, ¿quién se prolonga de ese modo? Una singularidad, hasta la vecindad de otra singularidad. Por el contrario, el retomarse las sin- gularidades las unas en las otras, la condensación de las singularidades las unas en las otras, tanto en un mismo problema o una misma Idea, como de un problema al otro, de una Idea a la otra, define la extraordinaria potencia de la repetición, la repetición vestida, más profunda que la repe- tición desnuda. La repetición es ese lanzarse de las singula- ridades siempre en un eco, en una resonancia, que hace de cada una el doble de la otra, de cada constelación, la redis- tribuición de otra. En el nivel de los problemas, equivale a decir que la repetición vestida es más profunda; y en el nivel de las preguntas, de las que aquellos proceden, que la repe- tición resulta de lo diferente.
Heidegger muestra claramente cómo la misma repeti- ción de la pregunta se desarrolla en la relación del problema con la repetición: «Entendemos por repetición de un proble- ma fundamental la puesta al día de las posibilidades que re- cela. El desarrollo de estas tiene por efecto transformar el problema considerado y, por eso mismo, conservarle su con- tenido auténtico. Conservar un problema significa liberar y
salvaguardar la fuerza interior que está en la fuente de su esencia y que lo hace posible como problema. La repetición de las posibilidades de un problema no consiste, por lo tan- to, en retomar simplemente lo que, comúnmente, se admite sobre ese problema, .. Lo posible, así entendido, impediría toda verdadera repetición y, en consecuencia, toda relación con la historia... (Una buena interpretación debe, por el contrario, decidir) si la comprensión de lo posible que do- mina toda repetición se ha llevado suficientemente lejos y si está a la altura de lo que verdaderamente hay que re- petir».17 ¿En qué consiste ese posible en el seno del proble- ma, quién se opone a las posibilidades o proposiciones de la conciencia, a las opiniones corrientemente admitidas que forman hipótesis? No es otra cosa que la potencialidad de la Idea, su virtualidad determinable. En ese sentido, Heideg- ger es nietzscheano. ¿Lo que se repite en el eterno retorno no es acaso la voluntad de poder, el mundo de la voluntad de poder, sus imperativos, sus jugadas de dados y los proble- mas surgidos de arrojar los dados? La repetición en el eter- no retorno nunca significa la continuación, la perpetuación, la prolongación, ni siquiera el retorno discontinuo de algo que, por lo menos, sería apto para prolongarse en un ciclo parcial —una identidad, un Yo [Je], un Yo [Moi]— sino, por el contrario, la reanudación de singularidades preindivi- duales, que supone, en primer lugar, para poder ser capta- do como repetición, la disolución de todas las identidades previas. Todo origen es una singularidad, toda singularidad es un comienzo sobre la línea horizontal, la línea de puntos ordinarios donde se prolonga, como en otras tantas repro- ducciones o copias que forman los momentos de una repeti- ción desnuda. Pero es también un recomienzo sobre la línea vertical que condensa las singularidades y donde se teje la otra repetición, la línea de afirmación del azar. Si el «ente» es, ante todo, lugar de diferencia y comienzo, el ser es, él mismo, repetición, recomienzo del ente. La repetición es el «siempre que» de la condición que autentifica los imperati- vos del ser. Esa es siempre la ambigúedad de la noción de origen, y la razón de nuestra decepción precedente: no se asigna un origen sino en un mundo que recusa tanto el ori-
17 Heidegger, Kant et le probleme de la métaphysique (trad. Waehlens y Biemel, NRF), pág. 261.
ginal como la copia, un origen no asigna un fundamento sino en un mundo ya precipitado en el universal desfunda- mento.
De esto resulta una última consecuencia relativa al esta- tuto de la negación. Hay un no-ser y, sin embargo, no hay negativo ni negación. Hay un no-ser que no es de ningún modo el ser de lo negativo, sino el ser de lo problemático. Ese
(no)-ser, ese ?-ser tiene por símbolo Y . El cero sólo designa 0 aquí la diferencia y su repetición. En el NO llamado expleti- vo que los gramáticos tienen tanta dificultad en explicar, se vuelve a encontrar ese (no)-ser que corresponde a la forma de un campo problemático, aunque las modalidades de la proposición tienden a asimilarlo a un no-ser negativo; es siempre en relación con preguntas desarrolladas en proble- mas que aparece un NO expletivo en la proposición, como testigo de una instancia gramatical extraproposicional. Lo negativo es una ilusión: es sólo la sombra de los problemas. Hemos visto cómo el problema necesariamente estaba recu- bierto por las proposiciones posibles que corresponden a los casos de solución; por eso, en vez de ser captado como pro- blema, ya no aparece sino como hipótesis, serie de hipótesis. Cada una de esas hipótesis, como proposición de la concien- cia, está flanqueada por un doble negativo: si lo Uno es, si lo Uno no es. . . si hace buen tiempo, si no hace buen tiempo. .. Lo negativo es una ilusión porque la forma de la negación surge con las proposiciones que no expresan el problema del que dependen sino desnaturalizándolo, escondiendo su ver- dadera estructura. Desde el momento en que el problema se traduce en una hipótesis, cada afirmación hipotética tiene su doble en una negación que entonces representa el estado del problema traicionado por su sombra. No hay Idea de lo negativo, del mismo modo que no hay hipótesis en la natu- raleza, aunque la naturaleza proceda por problemas. Por ello, importa muy poco que lo negativo sea concebido como limitación lógica u oposición real. Consideremos las gran- des nociones negativas, de lo múltiple en relación con lo Uno, del desorden en relación con el orden, de la nada en re- lación con el ser: es indiferente interpretarlas como el lími- te de una degradación o como la antítesis de una tesis. A lo sumo, el proceso se halla fundado, a veces en la sustancia
analítica de Dios, a veces en la forma sintética del Yo [Moi]. Pero Dios o el yo [moi], es la misma cosa. En los dos casos se permanece en el elemento hipotético del simple concepto, al que se hace subsumir ora todos los grados infinitos de una representación idéntica, ora la oposición infinita de dos representaciones contrarias. Las críticas de lo negativo, por consiguiente, nunca son decisivas mientras invocan los de- rechos de un primer concepto (el Uno, el orden, el ser), tam- poco en tanto se contentan con traducir la oposición en limi- tación. La crítica de lo negativo no es eficaz sino cuando de- nuncia la indiferencia de la oposición y la limitación, denun- ciando por eso mismo el elemento conceptual hipotético que conserva necesariamente el uno o el otro, y hasta el uno en el otro. En suma, es a partir de la Idea, del elemento ideal, diferencial y problemático, que se debe llevar a cabo la críti- ca de lo negativo. Es la noción de multiplicidad la que de- nuncia simultáneamente lo Uno y lo múltiple, la limitación de lo Uno por lo múltiple y la oposición de lo múltiple a lo Uno. Es la variedad la que denuncia, a la vez, el orden y el desorden, es el (no)-ser, el ?-ser, el que denuncia a la vez el ser y el no-ser. Se debe romper por doquier la complicidad de lo negativo y de lo hipotético, en provecho de un lazo más profundo de lo problemático con la diferencia. La Idea, en efecto, está hecha de relaciones recíprocas entre elementos diferenciales, completamente determinados en sus relacio- nes, que nunca implican ningún término negativo ni rela- ción de negatividad. Qué groseras parecen las oposiciones, los conflictos, las contradicciones en el concepto, pesadas cargas, pesadas medidas aproximativas en relación con los finos mecanismos diferenciales que caracterizan la Idea — la ligera. Debemos reservar el nombre de positividad para de- signar ese estatuto de la Idea múltiple, o esa consistencia de lo problemático. Y cada vez, debemos vigilar la manera en que ese (no)-ser perfectamente positivo se inclina hacia un no-ser negativo, y tiende a confundirse con su sombra, pero encuentra en ello su más profunda desnaturalización, por obra de la ilusión de la conciencia.
-grombo
Tomemos el ejemplo, hoy tan frecuentemente invocado, de la Idea lingúística. Tal como es definida por la fonología, la Idea lingúística tiene, ciertamente, todos los caracteres de una estructura: la presencia de elementos diferenciales llamados fonemas, tomados de la corriente sonora continua;
la existencia de relaciones diferenciales (rasgos distintivos) que determinan recíproca y completamente esos elementos; el valor de los puntos singulares, asumido por los fonemas en esta determinación (particularidades pertinentes); el ca- rácter de multiplicidad del sistema del lenguaje así cons- tituido, su carácter problemático que representa objetiva- mente el conjunto de los problemas que el lenguaje se plan- tea a sí mismo, y que resuelve en la constitución de las signi- ficaciones; el carácter inconsciente, no actual, virtual, de los elementos y de las relaciones, y su doble estado de trascen- dencia e inmanencia respecto delos sonidos articulados ac- tuales; la doble actualización de los elementos diferenciales, la doble encarnación de las relaciones diferenciales, a la vez, en las lenguas diversas y en las diversas partes significa- tivas de una misma lengua (différenciation), encarnando cada lengua ciertas variedades de relación y ciertos puntos singulares; la complementariedad del sentido con la estruc- tura, y de la génesis con la estructura, como génesis pasiva que se revela en esta actualización. Ahora bien, a pesar de todos esos aspectos que definen una multiplicidad plena- mente positiva, los lingúistas constantemente hablan en términos negativos, asimilando las relaciones diferenciales entre fonemas a relaciones de oposición. Se dirá, quizá, que hay en ello tan sólo una cuestión de terminología conven- cional, y que «oposición» está puesto por «correlación». Es verdad, en efecto, que la noción de oposición en los fonólogos aparece singularmente pluralizada, relativizada, ya que cada fonema mantiene oposiciones distintas con otros fo- nemas, desde puntos de vista diferentes. Por ejemplo, en la clasificación de Trubetzkoy, la oposición se ha desmembra- do de tal modo, distribuida en variedades coexistentes de re- laciones, que ya no existe como oposición, sino más bien co- mo mecanismo diferencial complejo o perplejo. Un hegelia- no no hallaría allí su asunto, es decir, la uniformidad de la gran contradicción. Sin embargo, llegamos a un punto esen- cial: allí, como en otra parte, en la fonología como en otros dominios y en otras Ideas, se trata de saber si uno se puede contentar con pluralizar la oposición, o sobredeterminar la contradicción, distribuirlas en figuras diversas que conser- van todavía, y a pesar de todo, la forma de lo negativo. Nos parece que el pluralismo es un pensamiento más peligroso y más arrebatador: no se desmigaja sin derribar. El descu-
brimiento de una pluralidad de oposiciones coexistentes, en todo dominio, es inseparable de un descubrimiento más profundo, el de la diferencia, que denuncia lo negativo y la oposición misma como apariencias en relación con el campo problemático de una multiplicidad positiva.18 No se plurali- za la oposición sin abandonar su dominio, y entrar en las ca- vernas de la diferencia que hacen resonar su positividad pu- ra, y que rechazan la oposición como un hueco de sombra so- lamente visto desde afuera.
Por consiguiente, volvamos a la Idea lingúística: ¿por qué Saussure, en el preciso momento en que descubre que «en la lengua sólo hay diferencias», agrega que esas diferen- cias «no tienen términos positivos», son «eternamente nega- tivas»? ¿Por qué Trubetzkoy sostiene como un principio sa- grado que «la idea de diferencia», constitutiva del lenguaje, «supone la idea de oposición»? Todo muestra lo contrario. ¿No es una manera de reintroducir el punto de vista de la conciencia y de la representación actuales en lo que debería ser la exploración trascendente de la Idea del inconsciente lingúístico, es decir, el más alto ejercicio del habla en rela- ción con el punto cero del lenguaje? Cuando interpretamos las diferencias como negativas y bajo la categoría de la opo- sición, ¿no estamos ya del lado del que escucha, y hasta del que ha entendido mal, del que vacila entre varias versiones actuales posibles e intenta «reconocerse» en ellas estable- ciendo oposiciones; es decir, no nos encontramos del lado menor del lenguaje, y no del lado del que habla y asigna el
18 Nadie ha ido más lejos que Gabriel Tarde en una clasificación de las oposiciones múltiples, válidas para todo dominio: formalmente, oposicio- nes estáticas (simetrías) o dinámicas; oposiciones dinámicas sucesivas (ritmos) o simultáneas; oposiciones simultáneas lineales (polaridades) o irradiantes. Materialmente, oposiciones cualitativas de serie, o cuantitati- vas; cuantitativas de grado, o de fuerza. Cf. L'opposition universelle (Al- can, 1897).
Tarde nos parece el único que supo extraer una consecuencia de tal clasificación: la oposición, lejos de ser autónoma, lejos de ser un máximo de diferencia, es una repetición mínima en relación con la diferencia misma. De allí la posición de la diferencia como realidad de un campo múltiple vir- tual, y la determinación de microproceso en todo dominio, no siendo las oposiciones sino resultados sumarios o procesos simplificados y agranda- dos. Sobre la aplicación de ese punto de vista al lenguaje, y el principio de una micro-lingúística, cf. Les lois sociales (Alcan, 1898), págs. 150 y sigs. Parece que Georges Gurvitch tiene, en muchos sentidos, una inspiración próxima a la de Tarde, en Dialectique et sociologie (Flammarion, 1962).
sentido? ¿No hemos traicionado ya la naturaleza del juego del lenguaje, es decir, el sentido de esa combinatoria, de esos imperativos o de esas jugadas de dados lingúísticos que, co- mo los gritos de Artaud, no pueden ser aprehendidos sino por el que habla en el ejercicio trascendente? En suma, la traducción de la diferencia en oposición de ningún modo nos parece que concierna a una simple cuestión de terminología o de convención, sino más bien a la esencia del lenguaje y de la Idea lingúística. Cuando se lee la diferencia como una oposición, ya se la ha privado de su espesor propio donde afirma su positividad. La fonología moderna carece de una dimensión que le impediría jugar con sombras en un solo plano. En cierta manera, es lo que el lingiista Gustave Guillaume no ha dejado de decir en toda su obra, cuya im- portancia recién hoy comienza a percibirse. Pues la oposi- ción de ningún modo nos informa sobre la naturaleza de aquello a lo que supuestamente se opone. La selección de los fonemas, al tener en tal o cual lengua un valor pertinente, es inseparable de los morfemas como elementos de cons- trucciones gramaticales. Ahora bien, los morfemas, que ha- cen intervenir por su cuenta al conjunto virtual de la len- gua, son objeto de una determinación progresiva que proce- de por «umbrales diferenciales», que implica un tiempo pu- ramente lógico, capaz de medir la génesis o la actualización. La determinación recíproca formal de los fonemas remite a esa determinación progresiva que expresa la acción del sistema virtual sobre la materia fónica; y es sólo cuando se consideran los fonemas abstractamente, es decir, cuando se ha reducido lo virtual a un simple posible, que sus relacio- nes tienen la forma negativa de una oposición vacía, en vez de llenar posiciones diferenciales, alrededor de un umbral. La sustitución de un principio de posición distintiva por el de posición diferencial es el aporte fundamental de la obra de Guillaume.1*? Esa sustitución se hace en la medida en
19 Gustave Guillaume, particularmente Conférences de l'Institut de Lin- guistique de l'Institut de Paris, 1939. Se puede encontrar una exposición y una interpretación de la obra de Guillaume en el hermoso libro de Edmond Ortigues, Le discours et le symbole (Aubier, 1962). Así como sobre el NO expletivo y sobre la negación cf. Ortigues, págs. 102-9; y, citados por Orti- gues, Jacques Damourette y Edouard Pichon, Essai de grammaire de la langue francaise (ed. d'Artrey, 1911-1952), t. VI, capítulos 4 y 5. Es a Da- mourette y Pichon que se debe la distinción entre «discordancial» y «pres- criptivo».
que la morfología no es una simple prolongación de la fono- logía, sino que introduce valores propiamente problemáti- cos que determinan la selección significativa de los fone- mas. Para nosotros, es desde ese punto de vista lingiístico que el no-ser encuentra la confirmación de su disociación necesaria: por una parte, en un NO que se ha podido llamar «discordancial», dispar o diferencial; y no negativo; NO problemático, que debe escribirse (no)-ser o ?-ser; por otra parte en un NO [PAS] denominado «prescriptivo»* que debe escribirse no-ser, pero que sólo marca en la proposición ge- nerada el resultado del proceso precedente. En verdad, el NO expletivo no es un caso particular de negación, poco ex- plicable; por el contrario, el NO expletivo es el sentido origi- nal, de tal modo que la negación NO [PAS] deriva de él, pero deriva como una consecuencia necesaria y como una ilusión inevitable, a la vez. «Ne. .. pas» se divide en NO [NE] pro- blemático y NO [PAS] negativo, como en dos instancias que difieren por naturaleza y en que la segunda sólo atrae a la primera traicionándola.
La génesis de lo negativo es la siguiente: las afirmacio- nes del ser son elementos genéticos, en forma de preguntas imperativas; se desarrollan en la positividad de los proble- mas; las proposiciones de la conciencia son como afirmacio- nes generadas que designan los casos de solución. Pero, pre- cisamente, cada proposición tiene un doble negativo que ex- presa la sombra del problema en el dominio de las solucio- nes, es decir, la manera en que el problema subsiste a través de la imagen deformada que da de ella la representación. La fórmula «no es el caso» significa que una hipótesis pasa a lo negativo en tanto no representa las condiciones actualmen- te cubiertas de problema, a las que corresponde, por el con- trario, otra proposición. Por consiguiente, lo negativo es la sombra giratoria de lo problemático sobre el conjunto de proposiciones que este subsume como caso. Por regla gene- ral, la crítica de lo negativo sigue siendo ineficaz en tanto se
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* Deleuze emplea PAS para designar el No que expresa una negación, una privación. La prescripción a la que se refiere es la legal. «Prescriptivo» debe entenderse en este caso con su connotación judicial. Hay que tener en cuenta que la negación en francés se construye a partir de dos partículas: Ne y Pas. El ne no puede ser reemplazado, mientras que el pas es a veces sustituido por un adverbio que contiene la ide de negación (rien, etc.). (N. de los T.)
da a sí misma la forma de afirmación completamente hecha en la proposición. La crítica de lo negativo sólo es radical y bien fundada cuando opera una génesis de la afirmación, y simultáneamente la génesis de la apariencia de negación. Pues se trata de saber cómo la misma afirmación puede ser múltiple, o cómo la diferencia como tal puede ser objeto de afirmación pura. Eso sólo es posible en la medida en que la afirmación, como modo de la proposición, se produce a par- tir de elementos genéticos extra-proposicionales (las pre- guntas imperativas O afirmaciones ontológicas originales), y después «llevada a buen puerto» a través de los proble- mas, es determinada por ellos (Ideas problemáticas o multi- plicidades, positividades ideales). Es con esas condiciones que se debe decir, en efecto, que lo negativo en la proposición está junto a la afirmación, pero sólo como la sombra del pro- blema al que, se supone, responde la proposición, es decir, como la sombra de la instancia genética que produce la afir- mación misma.
Las Ideas contienen todas las variedades de relaciones diferenciales y todas las distribuciones de puntos singula- res, que coexisten en órdenes diversos, «perplicadas» las unas en las otras. Cuando el contenido virtual de la Idea se actualiza, las variedades de relaciones se encarnan en espe- cies distintas y, correlativamente, los puntos singulares que corresponden a los valores de una variedad se encarnan en partes distintas, características de tal o cual especie. Por ejemplo, la Idea de color es como la luz blanca que perplica en sí los elementos y relaciones genéticas de todos los colo- res, pero que se actualiza en los diversos colores y sus espa- cios respectivos; o la Idea de sonido, como el ruido blanco. Hay del mismo modo una sociedad blanca, un lenguaje blanco (el que contiene en su virtualidad todos los fonemas y relaciones destinados a actualizarse en lenguas diversas y en las partes notables de una misma lengua). Con la actua- lización, un nuevo tipo de distinción, específica y partitiva, toma, por consiguiente, el lugar de las distinciones ideales fluyentes. Llamamos diferenciación [différentiation] a la determinación del contenido virtual de la Idea; hemos lla- mado diferenciación [différenciation] a la actualización de esa virtualidad en especies y partes distinguidas. Siempre es en relación con un problema diferenciado [différentié], en condiciones de problemas diferenciados [différentiées], que
se Opera una diferenciación [différenciation] en especies y partes, como correspondiendo a los casos de solución del problema. Siempre es un campo problemático el que condi- ciona una diferenciación [différenciation] en el interior del medio donde se encarna. Entonces, todo lo que queremos decir es que lo negativo no aparece ni en el proceso de dife- renciación [différentiation], ni en el proceso de diferencia- ción [différenciation]. La Idea ignora la negación. El primer proceso se confunde con la descripción de una positividad pura, de acuerdo con el modo del problema en que se asig- nan relaciones y puntos, lugares y funciones, posiciones y umbrales diferenciales, que excluyen toda determinación negativa y encuentran su origen en elementos de afirma- ción genéticos o productores. El otro proceso se confunde con la producción de afirmaciones generadas finitas, que se refieren a los términos actuales que ocupan esos lugares y posiciones, a las relaciones reales que encarnan aquellas otras relaciones y sus funciones. Las formas de lo negativo aparecen en los términos actuales y en las relaciones reales, pero sólo en tanto se las separa de la virtualidad que actua- lizan y del movimiento de su actualización. Entonces, y sólo entonces, las afirmaciones finitas parecen en sí mismas li- mitadas, opuestas las unas a las otras, sufriendo una caren- cia o una privación por sí mismas. En suma, lo negativo siempre es derivado y representado, nunca es original ni presente; el proceso de la diferencia y de la diferenciación [différenciation] siempre es anterior al de lo negativo y de la oposición. Los comentadores de Marx, que insisten sobre la diferencia fundamental entre Marx y Hegel, recuerdan con razón que la categoría de diferenciación [différenciation] en el seno de una multiplicidad social (división del trabajo) sus- tituye, en El capital, a los conceptos hegelianos de oposi- ción, de contradicción y alienación, que sólo constituyen un movimiento de la apariencia y no valen sino por los efectos abstractos, separados del principio y del verdadero movi- miento de su producción. 20 Evidentemente, la filosofía de la
20 Louis Althusser, Jacques Ranciére, Pierre Macherey, Etienne Balibar, Roger Establet, Lire le Capital. (Sobre la naturaleza y el papel de los con- ceptos de oposición, de contradicción y de alienación, cf. Ranciére, t. l, págs. 141 y sigs., Macherey, t. I, págs. 233 y sigs., Balibar, t. II, págs. 298 y sigs.) Sobre el esquema «problema-diferenciación», como categoría de la historia, consultar a Arnold Toynbee, autor al que, por cierto, no se puede
diferencia debe temer aquí el convertirse en el discurso de un alma bella: diferencias, tan sólo diferencias, en una coexistencia apacible, en la Idea, de lugares y funciones sociales... Pero el nombre de Marx basta para preservarla de ese peligro.
Los problemas de una sociedad, tal como son determina- dos en la infraestructura bajo la forma del trabajo llamado «abstracto», reciben una solución por el proceso de actuali- zación o de diferenciación (división del trabajo concreto). Pero al mismo tiempo que la sombra del problema persiste sobre el conjunto de casos diferenciados que forman la solu- ción, estos devuelven una imagen falsificada del problema mismo. Ni siquiera se puede decir que la falsificación viene después; acompaña, dobla la actualización. El problema siempre se refleja en falsos problemas, al mismo tiempo que se resuelve; de modo que la solución se halla generalmente pervertida por una inseparable falsedad. Por ejemplo, el fetichismo, según Marx es «un absurdo», una ilusión de la conciencia social, siempre que se entienda por ello, no una ilusión subjetiva que nacería de la conciencia, sino una ilu- sión objetiva, una ilusión trascendental, nacida de las con- diciones de la conciencia social en el curso de la actualiza- ción. Hay hombres cuya entera existencia social diferencia- da está ligada a falsos problemas de los que viven; y otros, cuya entera existencia social se desenvuelve en esos falsos problemas que los hacen sufrir y cuyas engañosas posicio- nes ocupan. En el cuerpo objetivo del falso problema apare- cen todas las figuras del no-sentido, es decir, las falsificacio- nes de la afirmación, las malformaciones de los elementos y de las relaciones, las confusiones de lo notable con lo ordina- rio. Por ello, la historia no es menos el lugar del no-sentido y la necedad que el proceso del sentido. Los problemas esca- pan por naturaleza a la conciencia, es propio de la concien- cia ser una falsa conciencia. El fetiche es el objeto natural de
tildar de marxista: «Una sociedad, podemos decir, afronta en el curso de su existencia una sucesión de problemas que cada miembro debe resolver por sí mismo lo mejor que pueda. El enunciado de cada uno de esos problemas toma la forma de un desafío que es preciso sufrir como una prueba. A tra- vés de esa serie de pruebas, los miembros de la sociedad se diferencian progresivamente los unos de los otros» (L'Histoire, un essal d'interpré- tation, trad. Julia, NRF), pág. 10.
la conciencia social como sentido común o reconocimiento del valor. Los problemas sociales sólo pueden ser captados en una «rectificación», cuando la facultad de sociabilidad se eleva a su ejercicio trascendente y quiebra la unidad del sentido común fetichista. El objeto trascendente de la facultad de sociabilidad es la revolución. Es en ese sentido que la revolución es la potencia social de la diferencia, la paradoja de una sociedad, la cólera propia de la Idea social. La revolución no pasa en lo más mínimo por lo negativo. No podíamos fijar la primera determinación de lo negativo, sombra del problema como tal, sin habernos precipitado ya en una segunda determinación: lo negativo es el cuerpo objetivo del falso problema, el fetiche en persona. Sombra del problema, lo negativo es también el falso problema por excelencia. La lucha práctica no pasa por lo negativo, sino por la diferencia y su poder de afirmar; y la guerra de los justos es la conquista del más alto poder, el de decidir los problemas restituyéndolos a su verdad, evaluando esa ver- dad más allá de las representaciones de la conciencia y las formas de lo negativo, accediendo finalmente a los impera- tivos de los que dependen.
No hemos cesado de invocar lo virtual. ¿No es recaer en la vaguedad de una noción más próxima de lo indetermina- do que de las determinaciones de la diferencia? Es, sin em- bargo, lo que queríamos evitar, hablando precisamente de lo virtual. Hemos opuesto lo virtual a lo real; ahora es preciso corregir esa terminología, que todavía no podía ser exacta. Lo virtual no se opone a lo real, sino tan sólo a lo actual. Lo virtual posee una realidad plena, en tanto es virtual. De lo virtual es preciso decir exactamente lo que Proust decía de los estados de resonancia: «Reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos»; y simbólicos, sin ser ficticios. Lo virtual hasta debe ser definido como una estricta parte del objeto real, como si el objeto tuviera una de sus partes en lo vir- tual, y se sumergiera allí como en una dimensión objetiva. En la exposición del cálculo diferencial, frecuentemente se asimila la diferencial a «una porción de la diferencia». O bien, según el método de Lagrange, uno se pregunta cuál es la parte del objeto matemático que debe ser considerada co- mo derivada y que presenta las relaciones en cuestión. La. realidad de lo virtual consiste en los elementos y relaciones
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diferenciales, y en los puntos singulares que le correspon- den. La estructura es la realidad de lo virtual. Debemos evi- tar, a la vez, dar una actualidad que no tienen a los elemen- tos y a las relaciones que forman una estructura, y retirar- les la realidad que tienen. Hemos visto que un doble proceso de determinación recíproca y de determinación completa definía esa realidad: lejos de ser indeterminado, lo virtual está completamente determinado. Cuando la obra de arte invoca una virtualidad en la que se sumerge, no invoca nin- guna determinación confusa, sino la estructura completa- mente determinada que forman sus elementos diferenciales genéticos, elementos «virtualizados», «embrionizados». Los elementos, las variedades de relaciones, los puntos singula- res, coexisten en la obra o en el objeto, en la parte virtual de la obra o del objeto, sin que se pueda asignar un punto de vista privilegiado sobre los otros, un centro que sería unifi- cador de los otros centros. Pero ¿cómo se puede hablar a la vez de determinación completa, y sólo de una parte del objeto? La determinación debe ser una determinación com- pleta del objeto, y sin embargo, no formar sino una parte de él. Es que, siguiendo las indicaciones de Descartes en las Respuestas a Arnauld, se debe distinguir con cuidado el objeto como completo y el objeto como entero. Lo completo es sólo la parte ideal del objeto, que participa con otras partes de objetos en la Idea (otras relaciones, otros puntos singula- res), pero que no constituye nunca una integridad como tal. Lo que falta a la determinación completa es el conjunto de determinaciones propias de la existencia actual. Un objeto puede ser ens, o más bien (non)-ens omni modo determina- tum, sin estar enteramente determinado, o existir real- mente.
Por lo tanto, hay otra parte del objeto que se halla deter- minada por la actualización. El matemático pregunta cuál es esa otra parte representada por la función denominada primitiva; la integración, en ese sentido, no es, de ningún modo la inversa de la diferenciación [différentiation], más bien constituye un proceso original de diferenciación [diffé- renciation]. Mientras que la diferenciación [différentiation] determina el contenido virtual de la Idea como problema, la diferenciación [différenciation] expresa la actualización de lo virtual y la constitución de soluciones (por integraciones locales). La diferenciación [différenciation] es como la se-
integralidad del objeto, la t y la c son aquí el rasgo distintivo o la relación fonológica de la diferencia en persona. Todo ob- Jeto es doble, sin que sus dos mitades se parezcan: una es la imagen virtual; la otra, la imagen actual. Mitades desigua- les dispares. La diferenciación [différentiation] misma ya tiene, por su cuenta, dos aspectos que se corresponden con las variedades de relaciones y con los puntos singulares que dependen de los valores de cada variedad. Pero, a su vez, la diferenciación [différenciation] tiene dos aspectos, uno con- cerniente a las cualidades o especies diversas que actuali- zan las variedades, otro concerniente al número o las partes distintas que actualizan los puntos singulares. Por ejemplo, los genes como sistema de relaciones diferenciales se encar- nan, a la vez, en una especie y en las partes orgánicas que la componen. No hay cualidad, en general, que no remita a un espacio definido por las singularidades correspondientes a las relaciones diferenciales encarnadas en esa cualidad. Los trabajos de Lavelle y de Nogué, por ejemplo, han mostrado con claridad la existencia de espacios propios de las cualida- des, y el modo como esos espacios se construyen en la proxi- midad de las singularidades: de modo que una cualidad siempre se halla subtendida por una diferencial espacial (diáfora). Más aun, la reflexión de los pintores nos enseña todo sobre el espacio de cada color, y sobre el empalme de esos espacios en una obra. Algunas especies no están dife- renciadas sino en tanto cada una tiene partes en sí mismas diferenciadas. La diferenciación siempre es simultánea- mente diferenciación de especies y de partes, de cualidades y extensiones: cualificación o especificación, pero también partición u organización. ¿Cómo, a partir de ahí, se encade- nan esos dos aspectos de la diferenciación [différenciation] con los dos aspectos precedentes de la diferenciación [diffé- renfiation]? ¿Como encajan las dos mitades disímiles del objeto? Las cualidades y especies encarnan las variedades de relación de un modo actual; las partes orgánicas encar- nan las singularidades correspondientes. Pero la precisión del engaste aparece mejor desde dos puntos de vista comple- mentarios.
Por una parte, la determinación completa opera la dife- renciación [différentiation] de las singularidades; pero se refiere solamente a su existencia y distribución. La natura- leza de los puntos singulares no se especifica sino por la for- ma de las curvas integrales con respecto a su proximidad, es decir, en función de especies y espacios actuales o diferen- ciados [différenciés]. Por otra parte, los aspectos esenciales de la razón suficiente, determinabilidad, determinación recíproca, determinación completa, encuentran su unidad sistemática en la determinación progresiva. En efecto, la reciprocidad de la determinación no significa una regresión, ni un paso en falso, sino una verdadera progresión donde los términos recíprocos deben ser ganados poco a poco, y las re- laciones mismas deben relacionarse entre ellas. La comple- titud de la determinación implica también la progresividad de los cuerpos de adjunción. Al ir de A a B, después al volver de BaA, no volvemos a encontrar un punto de partida como en una repetición desnuda; la repetición es más bien entre A y B, B y A, es el recorrido o la descripción progresiva del conjunto de un campo problemático. Ocurre como en el poe- ma de Vitrac donde las diferentes actividades que forman cada una un poema (el Escribir, Soñar, Olvidar, Buscar su contrario, Humorizar, en fin, el Reencontrar analizándolo) determinan progresivamente el conjunto del poema como Problema o Multiplicidad. Es en ese sentido que toda es- tructura, en virtud de esa progresividad, posee un tiempo puramente lógico, ideal o dialéctico. Pero ese mismo tiem- po virtual determina un tiempo de diferenciación [diffé- renciation] o más bien de ritmos, de tiempos diversos de actualización que corresponden a las relaciones y a las sin- gularidades de la estructura, y que miden por su cuenta el pasaje de lo virtual a lo actual. En ese sentido, son si- nónimos cuatro términos: actualizar, diferenciar, integrar, resolver. La naturaleza de lo virtual es tal que actualizar- se es diferenciarse para él. Cada diferenciación [différen- ciation] es una integración local, una solución local, que se compone con otras en el conjunto de la solución o en la in- tegración global. Es así como, en lo viviente, el proceso de actualización se presenta a la vez como diferenciación local de las partes, formación global de un medio interior, so- lución de un problema planteado en el campo de constitu-
ción de un organismo.*! El organismo no sería nada si no fuera la solución de un problema, y lo mismo vale para cada uno de sus órganos diferenciados, así el ojo resuelve un «problema» de luz; pero nada en él, ningún órgano, se dife- renciaría sin el medio interior dotado de una eficacia gene- ral o de un poder integrante de regulación. (También allí las formas negativas de la oposición y de la contradicción en la vida, del obstáculo y la necesidad, son secundarias o deriva- das en relación con los imperativos de un organismo por construir, como de un problema por resolver.)
El único peligro, en todo esto, es confundir lo virtual con lo posible. Pues lo posible se opone a lo real; el proceso de lo posible es, por consiguiente, una «realización». Lo virtual, por el contrario, no se opone a lo real; posee una plena reali- dad por sí mismo. Su proceso es la actualización. Se comete- ría un error si se ve en esto tan sólo una disputa verbal: se trata de la existencia misma. Cada vez que planteamos el problema en términos de posible o real, estamos forzados a concebir la existencia como un brusco surgimiento, acto puro, salto que siempre se opera a nuestra espalda, someti- do a la ley de todo o nada. ¿Qué diferencia puede haber en- tre lo existente y lo no existente, si lo no existente es ya posi- ble, recogido en el concepto, y tiene todos los caracteres que el concepto le confiere como posibilidad? La existencia es la misma que el concepto, pero fuera del concepto. Por lo tanto se plantea la existencia en el espacio y en el tiempo, pero co- mo medios indiferentes, sin que la misma producción de la existencia se realice a sí misma en un espacio y un tiempo característicos. La diferencia ya no puede ser sino lo negati- vo determinado por el concepto: por ejemplo, la limitación de los posibles entre ellos para realizarse, o la oposición de lo posible con la realidad de lo real. Lo virtual, por el contra-
21 Sobre la correlación del medio interior y la diferenciación, cf. Francois Meyer, Problématique de l'évolution (Presses Universitaires de France, 1954), págs. 112 y sigs. H. F. Osborn es uno de aquellos que más profunda- mente han insistido sobre la vida como posición y solución de «problemas», problemas mecánicos, dinámicos o propiamente biológicos: cf. L'origine et l'évolution de la vie (trad. Sartiaux, Masson, ed., 1917). Los diferentes ti- pos de ojos, por ejemplo, no pueden ser estudiados sino en función de un problema físico-biológico general y de las variaciones de sus condiciones en distintos tipos de animales. La regla de las soluciones consiste en que cada una comporta, por lo menos, una ventaja y un inconveniente.
rio, es el carácter de la Idea; es a partir de esa realidad que se produce la existencia, y se produce conforme con un tiem- po y con un espacio inmanentes a la Idea.
En segundo lugar, lo posible y lo virtual también se dis- tinguen porque uno remite a la forma de identidad en el concepto, mientras que el otro designa una multiplicidad pura en la Idea, que excluye radicalmente lo idéntico como condición previa. En fin, en la medida en que lo posible se propone a la «realización», es él mismo concebido como la imagen de lo real; y lo real, como la semejanza de lo posible. Por ello, se entiende tan mal qué es lo que la existencia agrega al concepto al duplicar lo semejante por lo semejan- te. Esa es la tara de lo posible, tara que lo denuncia como producto posterior, él mismo fabricado retroactivamente a imagen de lo que se le parece. Por el contrario, la actualiza- ción de lo virtual siempre se hace por diferencia, divergen- cia o diferenciación [différenciation]. La actualización rom- pe tanto con la semejanza como proceso, como con la iden- tidad como principio. Nunca los términos actuales se ase- mejan a la virtualidad que actualizan; las cualidades y las especies no se parecen a las relaciones diferenciales que en- carnan; tampoco las partes se asemejan a las singularida- des que encarnan. En ese sentido, la actualización, la dife- renciación, siempre son una verdadera creación que no se hace por limitación de una posibilidad preexistente. Es contradictorio hablar de «potencial», como lo hacen ciertos biólogos, y definir la diferenciación por la simple limitación de un poder global, como si ese potencial se confundiera con una posibilidad lógica. Para algo potencial o virtual, actuali- zarse siempre es crear las líneas divergentes que se corres- ponden sin semejanza con la multiplicidad virtual. A lo vir- tual le corresponde la realidad de una tarea por cumplir o de un problema por resolver; el problema es el que orienta, condiciona, genera las soluciones; pero estas no se asemejan a las condiciones del problema. Por ello Bergson tenía razón cuando decía que, desde el punto de vista de la diferencia- ción [différenciation], hasta las semejanzas que surgen de líneas de evolución divergentes (por ejemplo, el ojo como ór- gano «análogo») deben ser relacionadas, en primer lugar, con la heterogeneidad en el mecanismo de producción. Y, en un mismo movimiento, se debe invertir la subordinación de la diferencia a la identidad, y la subordinación de la diferen-
cia a la similitud. ¿Pero en qué consiste esa correspondencia sin semejanza o diferenciación [différenciation] creadora? El esquema bergsoniano que une La evolución creadora a Materia y memoria comienza por la exposición de una gi- gantesca memoria, multiplicidad formada por la coexisten- cia virtual de todas las secciones del «cono», siendo cada sec- ción como la repetición de todas las otras, y distinguiéndose tan sólo por el orden de las relaciones y la distribución de los puntos singulares. Luego la actualización de ese virtual mnemónico aparece como la creación de líneas divergentes, cada una de las cuales corresponde a una sección virtual y representa una manera de resolver un problema, pero en- carnando en especies y partes diferenciadas el orden de las relaciones y la distribución de singularidades propias de la sección considerada.?? La diferencia y la repetición en lo vir- tual fundan el movimiento de la actualización, de la diferen- ciación como creación, sustituyendo así a la identidad y a la semejanza de lo posible, que sólo inspiran un seudomovi- miento, el falso movimiento de la realización como limita- ción abstracta.
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Toda vacilación entre lo virtual y lo posible, entre el or- den de la Idea y el orden del concepto, es ruinosa porque anula la realidad de lo virtual. En la filosofía de Leibniz se encuentran los rastros de tal oscilación. Pues, cada vez que Leibniz habla de las Ideas, las presenta como multiplici- dades virtuales, hechas de relaciones diferenciales y de puntos singulares, que el pensamiento aprehende en un estado vecino al sueño, al aturdimiento, al desvanecimien- to, a la muerte, a la amnesia, al murmullo o la embria- guez. ..23 Pero he aquí que aquello en lo que las Ideas se actualizan es concebido más bien como algo posible, algo po- sible realizado. Esa vacilación entre lo posible y lo virtual
22 Bergson es el autor que lleva más lejos la crítica de lo posible, pero que también invoca más constantemente la noción de lo virtual. Desde Don- nées immédiates, la duración es definida como una multiplicidad no actual (Editions du Centenaire, pág. 57). En Matiére et mémotre, el cono de los re- cuerdos puros, con sus secciones y sus «puntos brillantes» sobre cada sec- ción (pág. 310) es completamente real, pero sólo virtual, y en L'évolution créatrice, la diferenciación, la creación de líneas divergentes es concebida como una actualización, pareciendo corresponder cada línea de actualiza- ción a una sección del cono (cf. pág. 637).
23 Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, Libro II, cap. l.
explica que nadie haya ido más lejos que Leibniz en la ex- ploración de la razón suficiente, y que, sin embargo, nadie haya sostenido con más fuerza la ilusión de una subordi- nación de esa razón suficiente a lo idéntico. Nadie se acercó más al movimiento de la vice-dicción en la Idea, pero tampo- co nadie sostuvo mejor el pretendido derecho de la represen- tación, a riesgo de hacerla infinita. Nadie supo zambullir mejor el pensamiento en el elemento de la diferencia, dotar- lo de un inconsciente diferencial, rodearlo de pequeños res- plandores y singularidades; pero todo eso, para salvar y re- componer la homogeneidad de una luz natural a la manera de Descartes. En efecto, es en Descartes donde aparece el más alto principio de la representación como buen sentido o sentido común. Podemos llamar a ese principio, principio de lo «claro y distinto», o de la proporcionalidad de lo claro y distinto: una idea es tanto más distinta cuanto más clara es; lo claro-distinto constituye esa luz que hace posible el pensamiento en el ejercicio común de todas las facultades. Ahora bien, frente a ese principio, ninguna exageración se- ría suficiente para subrayar la importancia de una observa- ción que Leibniz formula constantemente en su lógica de las ideas: una idea clara es, en sí misma, confusa; es confusa en tanto es clara. Sin duda, esta observación puede acomodar- se a la lógica cartesiana, y significar tan sólo que una idea clara es confusa porque todavía no es lo bastante clara en todas sus partes. Y, finalmente, ¿no es así como Leibniz tien- de a interpretarla? Pero ¿no es también susceptible de otra interpretación más radical: habría una diferencia de na- turaleza, no ya de grado, entre lo claro y lo distinto, de modo que lo claro sería en sí mismo confuso, y recíprocamente lo distinto, en sí mismo oscuro? ¿En qué consiste eso distinto- oscuro que se corresponde con lo claro-confuso? Volvamos a los textos célebres de Leibniz sobre el murmullo del mar: también allí hay dos interpretaciones posibles. O bien de- cimos que la apercepción del ruido de conjunto es clara, pero confusa (no distinta), porque las pequeñas percepciones que la componen no son en sí mismas claras, sino oscuras. O bien, decimos que las pequeñas percepciones son en sí mis- mas distintas y oscuras (no claras): distintas porque se cap- tan relaciones diferenciales y singularidades, oscuras por- que todavía no resultan «distinguidas», porque todavía no se han diferenciado, y esas singularidades, condensándose,
determinan un umbral de conciencia en relación con nues- tro cuerpo, como un umbral de diferenciación, a partir del cual se actualizan las pequeñas percepciones. Pero se ac- tualizan en una apercepción que, a su vez, sólo es clara y confusa; clara, porque resulta distinguida o diferenciada; y confusa, porque es clara. Entonces el problema ya no se plantea en términos de partes-todo (desde el punto de vista de una posibilidad lógica), sino en términos de lo virtual-ac- tual (actualización de relaciones diferenciales, encarnación de puntos singulares). He aquí que el valor de la representa- ción en el sentido común se rompe en dos valores irreducti- bles en el para-sentido: algo distinto que no puede ser sino oscuro, tanto más oscuro cuanto que es distinto; y algo cla- ro-confuso, que no puede ser sino confuso. Corresponde a la Idea ser distinta y oscura. Es decir, precisamente, que la Idea es real sin ser actual, diferenciada [différentiée] sin ser diferenciada [différenciée], completa sin ser entera. Lo dis- tinto-oscuro es la embriaguez, el aturdimiento propiamente filosófico, o la Idea dionisíaca. Por consiguiente, es por poco que Leibniz, al borde del mar, o cerca del molino de agua, faltó a la cita con Dionisos. Y quizás es preciso un Apolo, el pensador claro-confuso, para pensar las Ideas de Dionisos. Pero los dos nunca se reúnen para reconstituir una luz na- tural. Más bien componen dos lenguas cifradas en el len- guaje filosófico, y para el ejercicio divergente de las faculta- des: lo dispar del estilo.
¿Cómo se produce la actualización en las cosas mismas? ¿Por qué la diferenciación [différenciation] es correlativa- mente cualificación y composición, especificación y organi- zación? ¿Por qué se diferencia en esas dos vías complemen- tarias? Más profundas que las cualidades y las extensiones actuales, que las especies y las partes actuales, son los dina- mismos espacio-temporales. Son ellos los actualizantes, diferenciantes. Es preciso hacer el relevamiento en todo do- minio, aunque estén ordinariamente recubiertos por las ex- tensiones y cualidades constituidas. Los embriólogos mues- tran claramente que la división de un huevo en partes es se- cundaria en relación con movimientos morfogenéticos de muy otra significación, aumento de superficies libres, esti- ramiento de las capas celulares, invaginación por plega- miento, desplazamientos regionales de los grupos. Aparece
toda una cinemática del huevo, que implica una dinámica. Esta dinámica también expresa algo ideal. El transporte es dionisíaco y divino, es delirio antes de ser transferencia lo- cal. Por consiguiente, los tipos de huevos se distinguen por orientaciones, ejes de desarrollo, velocidades y ritmos dife- renciales, como primeros factores de la actualización de una estructura, que crean un espacio y un tiempo propios de lo que se actualiza. Baér concluía de esto, por una parte, que la diferenciación va de lo más general a lo menos general, ya que los caracteres estructurales dinámicos de los grandes ti- pos o empalmes aparecen antes que los caracteres simple- mente formales de la especie, del género, o hasta de la clase; por otra parte, concluía que las fallas entre esos tipos, o la irreductibilidad de los dinamismos, venían a limitar singu- larmente las posibilidades de la evolución e imponían dis- tinciones actuales entre Ideas. Sin embargo, esos dos pun- tos suscitan grandes problemas. Pues, ante todo, las más al- tas generalidades de Baér sólo son generalidades para un observador adulto que las contempla desde afuera. En sí mismas, son vividas por el individuo-embrión en su campo de individuación. Aun más, como lo señalaba Vialleton, discípulo de Baér, sólo pueden ser vividas y no pueden ser vividas sino por el individuo-embrión: hay «cosas» que sólo el embrión puede hacer, movimientos que sólo él puede emprender, o más bien soportar (por ejemplo, en las tortu- gas, el miembro anterior sufre un desplazamiento relativo de 180", o el cuello implica el desplazamiento hacia adelante de un número variable de protovértebras).2* Las proezas y el destino del embrión es vivir lo no viable como tal, y la am- plitud de movimientos forzados que quebrarían cualquier esqueleto o romperían los ligamentos. Es muy cierto que la diferenciación [différenciation] es progresiva, como una cascada: los caracteres de los grandes tipos aparecen antes que los del género y de la especie en el orden de la especifica- ción; y en el orden de la organización, la yema es yema de pata antes de convertirse en pata derecha o izquierda. Pero antes que una diferencia de generalidad, ese movimiento indica una diferencia de naturaleza; más que descubrir lo más general bajo lo menos general, se descubren puros di-
24 Louis Vialleton, Membres et ceintures des vertébrés tétrapodes (Doin, 1924), págs. 600 y sigs.
namismos espacio-temporales (lo vivido del embrión) bajo los caracteres morfológicos, histológicos, anatómicos, fisio- lógicos, etc., que conciernen a las cualidades y las partes constituidas. Antes que de lo más general a lo menos ge- neral, se va de lo virtual a lo actual, según la determinación progresiva y siguiendo los primeros factores de actualiza- ción. Aquí la noción de «generalidad» tiene el inconveniente de sugerir una confusión de lo virtual, en tanto se actualiza por creación, con lo posible, en tanto se realiza por limita- ción. Y antes del embrión como soporte general de cuali- dades y de partes, está el embrión como sujeto individual y paciente de dinamismos espacio-temporales, el sujeto lar- vario.
En cuanto al otro aspecto, el de una posibilidad de la evo- lución, debemos pensarlo en función de polémicas preevolu- cionistas. La gran polémica Cuvier-Geoffroy Saint-Hilaire se refiere a la unidad de composición: ¿hay un Animal en sí, como una Idea de animal universal, o bien los grandes em- palmes introducen fallas infranqueables entre tipos de ani- males? La discusión encuentra su método y su prueba poéti- ca en el plegado: ¿se puede, por plegado, pasar del Vertebra- do al Cefalópodo? ¿Se puede plegar el Vertebrado de tal modo que las dos partes de la espina dorsal se aproximen, y que la cabeza vaya hacia los pies, la pelvis hacia la nuca, y las vísceras se dispongan como en los Cefalópodos? Cuvier niega que del plegado pueda resultar una disposición seme- jante. ¿Y qué animal soportaría la prueba, aun reducida a su simple esqueleto? Es verdad que Geoffroy no pretende que el plegado opere afectivamente ese pasaje; su argumen- to es más profundo: habría tiempos de desarrollo que deten- drían a tal o cual animal en tal estado de composición («el órgano Á estará en una relación insólita con el órgano C, si B no ha sido producido, si la detención del desarrollo, ha- biéndose producido demasiado pronto en este, hubiese impedido la producción de aquel»).22 La introducción del factor temporal es esencial, aunque Geoffroy concibe este bajo la forma de detenciones, es decir, de etapas progresivas ordenadas en la realización de un posible común a todos los animales. Basta dar al tiempo su verdadero sentido de ac-
basically jouissance is enjoyment from transgressing The Law, so like the filmmaker inside the film, kris, experiences jouissance through actually or perhaps fantastically acting out in the pitch meeting, like after the pitch there’s this amazing shot of her looking so happy that the execs totally bought her performance of being crazy (the same look that billy gives them also when pretending to have found out about the hole at the bottom of the lake), similarly i think that like there’s jouissance here for jane schoenbrun themselves in making such like an explicit unhidden film about queer sex life. like when i watch this i’m like damn, that’s irresponsible, the straights aren’t supposed to know about this, our sexuality is supposed to remain buried at the bottom of the lake, nobody can know about it, thats The Law. so i feel like complaints about the movie as masturbatory, they’re correct, it is, and the more you complain about it being masturbatory the more fun it will be to jerk off in this manner
25 Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, Principes de philosophie zoologique, París, 1830, pág. 70. Los textos de la polémica con Cuvier se encuentran reunidos en ese libro.
tualización creadora, para que la evolución encuentre un principio que la condiciona. Pues, desde el punto de vista de la actualización, si el dinamismo de las direcciones espacia- les determina una diferenciación de tipos, los tiempos más o menos rápidos inmanentes a esos dinamismos fundan el pasaje de unos a otros, o de un tipo diferenciado a otro, sea por disminución de la velocidad o por precipitación. Se crean otros espacios con tiempos contraídos o distendidos, según razones de aceleración o retardamiento. Hasta la detención toma el aspecto de una actualización creadora en la neotenia. El factor temporal hace posible, en principio, la transformación de los dinamismos, aunque sean asimétri- cos, espacialmente irreductibles y completamente diferen- ciados, o más bien diferenciantes. Es en ese sentido que Pe- rrier veía fenómenos de «repetición acelerada» (taquigéne- sis) en el origen de las ramificaciones del reino animal, y en- contraba en la precocidad de aparición de los tipos una prueba superior de la evolución misma.?6
El mundo entero es un huevo. La doble diferenciación de las especies y de las partes siempre supone dinamismos espacio-temporales. Tomemos, por ejemplo, una división en veinticuatro elementos celulares dotados de caracteres se- mejantes: nada nos dice todavía por qué proceso dinámico ha sido obtenida, ¿2x12, o (2x2) + (2x10), o (2x4) + (2x8). . .? Hasta la división platónica no tendría ninguna regla para distinguir dos lados, si los movimientos y las orientaciones, los trazados en el espacio, no le dieran una. Así ocurre con la pesca: encerrar la presa o golpearla, golpearla de arriba abajo o de abajo arriba. Los procesos dinámicos son los que determinan la actualización de la Idea. ¿Pero en qué rela- ción están con ella? Son exactamente dramas, dramatizan la Idea. Por una parte, crean, trazan un espacio que corres- ponde a las relaciones diferenciales y a las singularidades por actualizar. Cuando se produce una migración celular, como lo muestra Raymond Ruyer, es la exigencia de un «pa- pel», en función del «tema» estructural por actualizar, la que determina la situación, y no a la inversa.27 El mundo es un
26 Edmond Perrier, Les colonies animales et la formation des organismes (Masson, 1881), págs. 701 y sigs.
27 Raymond Ruyer, La genése des formes vivantes (Flammarion, 1958), págs. 91 y sigs.: «No se puede disipar el misterio de la diferenciación ha- ciendo de esta el efecto de las diferencias de situación producidas por las
huevo, pero el huevo es él mismo un teatro: teatro de puesta en escena donde los papeles tienen más importancia que los actores, los espacios que los papeles, las Ideas que los espa- cios. Aún más, en virtud de la complejidad de una Idea y de sus relaciones con otras Ideas, la dramatización espacial se juega en varios niveles: en primer lugar, en la constitución de un espacio interior, pero también en la manera en que ese espacio se expande en la extensión externa y ocupa una de sus regiones. No se debe confundir, por ejemplo, el espa- cio interior de un color y la manera en que ocupa una exten- sión o entra en relación con otros colores, cualquiera sea la afinidad de los dos procesos. Un ser vivo no se define tan sólo genéticamente por los dinamismos que determinan su medio interior, sino ecológicamente, por los movimientos ex- ternos que presiden su distribución en la extensión. Una ci- nética de la población se une, sin semejanza, a la cinética del huevo; un proceso geográfico de aislamiento no es menos formador de especies que las variaciones genéticas inter- nas, y a veces las precede.28 Todo es aun más complicado, si se considera que el mismo espacio interior forma múltiples espacios que deben ser localmente integrados, conectados; que ese empalme, que puede hacerse de muchas maneras, lleva la cosa o al ser vivo hasta sus propios límites, en con- tacto con lo exterior, que esa relación con lo exterior, y con otras cosas y otros seres vivos, implica a su vez conexiones o integraciones globales que difieren por naturaleza de las precedentes. Hay, por doquier, una puesta en escena en va- rios niveles.
Por otra parte, los dinamismos son tanto temporales como espaciales. Constituyen tiempos de actualización o de diferenciación y también trazan espacios de actualización. No sólo algunos espacios comienzan a encarnar las relacio- nes diferenciales entre elementos de la estructura recíproca y completamente determinados, sino que algunos tiempos de la diferenciación encarnan el tiempo de la estructura, el tiempo de la determinación progresiva. Tales tiempos
divisiones iguales. . .». No menos que Bergson, Ruyer ha analizado profun- damente las nociones de virtual y actualización; toda su filosofía biológica descansa sobre ellas y sobre la idea de lo «temático»: cf. Eléments de psy- cho-biologie (Presses Universitaires de France, 1946), cap. IV.
pueden llamarse ritmos diferenciales, en función de su papel en la actualización de la Idea. Y, finalmente, bajo las especies y las partes, sólo se encuentran esos tiempos, esas tasas de crecimiento, esos aires de desarrollo, esas disminu- ciones de velocidad o esas precipitaciones, esas duraciones de gestación. No es falso decir que sólo el tiempo da respues- ta a una pregunta, y sólo el espacio aporta su solución a un problema. Un ejemplo concerniente a la esterilidad o a la fecundidad (en el equino hembra y en el anélido macho). Problema: ciertos cromosomas paternos ¿serán incorpora- dos a los nuevos núcleos o se dispersarán en el protoplas- ma? Pregunta: ¿llegarán demasiado pronto? Pero la distin- ción es forzosamente relativa; es evidente que el dinamismo es simultáneamente temporal y espacial, espacio-temporal (aquí la formación del huso de división, el desdoblamiento de los cromosomas y el movimiento que los lleva a los polos del huso). La dualidad no existe en el proceso de actuali- zación misma, sino sólo en su resultante, en los términos actuales, especies y partes. De cualquier modo no se trata de una distinción real, sino de una estricta complementa- riedad, ya que la especie designa la cualidad de las partes, como las partes el número de la especie. La especie recoge precisamente en una cualidad (cualidad de león, cualidad de rana) el tiempo del dinamismo, mientras que las partes detallan su espacio. Una cualidad fulgura siempre en un espacio y dura todo el tiempo de ese espacio. En suma, la dramatización es la diferenciación de la diferenciación, simultáneamente cualitativa y cuantitativa. Pero, al decir, a la vez, decimos que la diferenciación [différenciation] se diferencia a sí misma en esas dos vías correlativas, especies y partes, especificación y partición. Del mismo modo que hay una diferencia de la diferencia que reúne lo diferente, hay una diferenciación de la diferenciación que integra y suelda lo diferenciado. Se trata de un resultado necesario en tanto la dramatización encarna inseparablemente los dos rasgos de la Idea, relaciones diferenciales y puntos singula- res correspondientes, actualizándose en las partes, como aquellos en las especies.
¿Esas determinaciones dinámicas espacio-temporales no son ya lo que Kant llamaba esquemas? Sin embargo, hay una gran diferencia. El esquema en una regla de determi- nación del tiempo y de construcción del espacio, pero es
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pensado y puesto en acción en relación con el concepto como posibilidad lógica; esa referencia aparece en su naturaleza misma, hasta el punto en que sólo convierte la posibilidad lógica en posibilidad trascendental. Hace corresponder re- laciones espacio-temporales con las relaciones lógicas del concepto. Sin embargo, siendo el esquema exterior al con- cepto, no se ve cómo puede asegurar la armonía del entendi- miento y de la sensibilidad, ya que no tiene —sin recurrir a un milagro— con qué asegurar su propia armonía con el concepto del entendimiento. El esquematismo tiene una fuerza inmensa, es por él que un concepto puede dividirse, especificarse según una tipología. Un concepto es totalmen- te incapaz de especificarse o dividirse por sí mismo; lo que actúa bajo él, como un arte escondido, como un agente de diferenciación, son los dinamismos espacio-temporales. Sin ellos, todavía estaríamos formulando las objeciones que Aristóteles elevaba contra la división platónica: ¿y de dónde proceden las mitades? Sólo que el esquema no da cuenta de la potencia con la que actúa. Todo cambia cuando se plan- tean los dinamismos, no ya como esquemas de conceptos, sino como dramas de Ideas. Pues si el dinamismo es exterior al concepto, y en ese sentido es esquema, por otra parte, es interior a la Idea, y en ese sentido, drama o sueño. La espe- cie se divide en linajes, el linneon en jordanones, el concepto en tipos, pero esas divisiones no tienen el mismo criterio que lo dividido, no son homogéneas con lo dividido, y se estable- cen en un dominio exterior al concepto, pero interior a las Ideas que presiden la división misma. Entonces el dinamis- mo comprende su propia potencia de determinar el espacio y el tiempo, ya que encarna inmediatamente las relaciones diferenciales, las singularidades y las progresividades in- manentes a la Idea.2% La distancia más corta no es simple- mente el esquema del concepto de recta, sino el sueño, el drama o la dramatización de la Idea de línea, en tanto ex- presa la diferenciación de la recta y de la curva. Distingui- mos la Idea, el concepto y el drama: el papel del drama es
29 La teoría kantiana del esquematismo, por otra parte, va más allá de sí misma en dos direcciones: hacia la Idea dialéctica, que es para sí misma su propio esquema y que asegura la especificación del concepto (Razón pura, «de la meta final de la dialéctica»); y hacia la Idea estética, que pone el es- quema al servicio del proceso más complejo y más comprehensivo del sim- bolismo (Crítica del juicio, $ 49 y 59).
especificar el concepto, encarnando las relaciones diferen- ciales y las singularidades de la Idea.
La dramatización se hace en la cabeza del soñador, pero también bajo el ojo crítico del sabio. Actúa más acá del con- cepto y de las representaciones que subsume. No hay cosa que no pierda su identidad tal como es en el concepto, y su similitud tal como es en la representación, cuando se descu- bre el espacio y el tiempo dinámicos de su constitución ac- tual. El «tipo colina» no es sino un chorro de líneas parale- las; el «tipo lado», un afloramiento de capas duras a lo largo de las cuales las rocas se cavan en dirección perpendicular a la de las colinas; pero las rocas más duras, a su vez, en la es- cala del millón de años que constituye su tiempo de actuali- zación, son materias fluidas que corren bajo constreñimien- tos muy débiles ejercidos sobre sus singularidades. Toda tipología es dramática, todo dinamismo es una catástrofe. Hay necesariamente algo de cruel en ese nacimiento del mundo que es un caosmos, en esos mundos de movimientos sin sujeto, de papeles sin actor. Cuando Artaud hablaba del teatro de la crueldad, sólo lo definía por un extremo «deter- minismo», el de la determinación espacio-temporal, en tan- to esta encarna una Idea de la naturaleza o del espíritu; co- mo un «espacio agitado», movimiento de gravitación girato- rio e hiriente capaz de alcanzar directamente el organismo, pura puesta en escena sin autor, sin actores y sin sujetos. No se cavan espacios, no se precipitan o se hacen más lentos los tiempos, sino al precio de torsiones y desplazamientos que movilizan, comprometen todo el cuerpo. Nos atraviesan puntos brillantes, las singularidades nos hacen retroceder; por doquier reina el cuello de la tortuga y su desplazamiento vertiginoso de protovértebras. Incluso el cielo sufre de sus puntos cardinales y de sus constelaciones, que inscriben en su carne una Idea, como «actores-soles». Por consiguiente, hay actores y sujetos, pero son larvas, porque son las únicas capaces de soportar los trazados, los desplazamientos y ro- taciones. Después es demasiado tarde. Y es verdad que toda Idea hace de nosotros larvas que han parido la identidad del Yo [Je] como la semejanza del yo [moi]. Lo que expresamos mal cuando se habla de regresión, de fijación o de detención del desarrollo. Pues no estamos fijados a un estado o a un momento, sino siempre fijados a una Idea como por el res- plandor de una mirada, siempre fijados al movimiento en
vías de hacerse. ¿Qué sería una Idea, si no fuera la Idea fija y cruel de la que habla Villiers de PIsle-Adam? En lo que respecta a la Idea, siempre se es paciente. Pero no se trata de una paciencia o fijación ordinarias. Lo fijo no es lo com- pletamente hecho o lo ya hecho. Cuando permanecemos o volvemos a ser embriones, es más bien cuando se produ- ce ese movimiento puro de la repetición que se distingue fundamentalmente de toda regresión. Las larvas llevan las Ideas en su carne, cuando nos quedamos en sus representa- ciones del concepto. Ignoran el dominio de lo posible, estan- do todas próximas a lo virtual del que llevan sobre sí, como su elección, las primeras actualizaciones. Tal es la intimi- dad de la Sanguijuela y del Hombre superior; son, a la vez, ensueño y ciencia, objeto del sueño y objeto de la ciencia, mordisco y conocimiento, boca y cerebro. (Fue Perrier quien habló del conflicto de la boca y del cerebro entre los Verte- brados y los Gusanos anélidos.)
Una Idea se dramatiza en numerosos niveles, pero tam- bién las dramatizaciones de órdenes diferentes se hacen eco y atraviesan los niveles. Por ejemplo, la Idea de isla: la dramatización geográfica la diferencia o divide su concepto según dos tipos, el tipo oceánico original que marca una erupción, una emergencia fuera del agua; el tipo continen- tal derivado que remite a una desarticulación, a una frac- tura. Pero el soñador de la isla reencuentra ese doble dina- mismo, ya que sueña que se separa infinitamente al finali- zar una larga deriva, y también que recomienza absolu- tamente como una fundación radical. Frecuentemente se ha señalado que el comportamiento sexual global dei hom- bre y la mujer tiende a reproducir el movimiento de sus ór- ganos; y que este, a su vez, tiende a reproducir el dinamismo de los elementos celulares: tres dramatizaciones de órde- nes diversos se hacen eco: psíquica, orgánica y química. Si al pensamiento le corresponde explorar lo virtual hasta el fondo de sus repeticiones, a la imaginación le corresponde captar los procesos de actualización desde el punto de vista de sus prosecuciones o sus ecos. Es la imaginación la que atraviesa los dominios, los órdenes y los niveles, derribando los tabiques; coextensiva al mundo, guía nuestro cuerpo e inspira nuestra alma, aprehende la unidad de la naturaleza y del espíritu; es una conciencia larvaria que va sin cesar de la ciencia al sueño, y viceversa.
La actualización se cumple según tres series, en el espa- cio, en el tiempo, pero también en una conciencia. Todo di- namismo espacio-temporal es la emergencia de una con- ciencia elemental que traza ella misma direcciones, dobla los movimientos y migraciones, y nace en el umbral de las singularidades condensadas en relación con el cuerpo o el objeto del que es conciencia. No es suficiente decir que la conciencia es conciencia de algo, es el doble de ese algo, y ca- da cosa es conciencia porque posee un doble, aunque esté muy lejos de ella y le sea muy extraño. La repetición existe por doquier, tanto en lo que se actualiza como en la actua- lización. Está en primer lugar en la Idea, recorre las varie- dades de relaciones y la distribución de puntos singulares. Determina también las reproducciones del espacio y del tiempo, como las prosecuciones de la conciencia. Pero en todos esos casos, la repetición es la potencia de la diferencia y de la diferenciación: sea que condense las singularidades o que precipite o haga más lentos los tiempos, sea que varíe los espacios. Nunca la repetición se explica por la forma de identidad en el concepto, ni por lo semejante en la represen- tación. Sin duda, el bloqueo del concepto hace surgir una repetición desnuda, que se representa efectivamente como la repetición de lo mismo. ¿Pero quién bloquea el concepto, si no la Idea? Por ello, el bloque se hace, según lo hemos visto, de acuerdo con las tres figuras del espacio, del tiempo y de la conciencia. Es el exceso de la Idea el que explica la carencia del concepto. Y al mismo tiempo, es la repetición vestida, la repetición extraordinaria o singular, dependien- te de la Idea, la que explica la repetición ordinaria y desnu- da, que depende del concepto y sólo desempeña el papel de un último vestido. En la Idea y su actualización, encontra- mos a la vez la razón natural del bloqueo del concepto, y la razón sobrenatural de una repetición superior a la que el concepto bloqueado subsume. Lo que permanece exterior al concepto remite más profundamente a lo que es interior a la Idea. La Idea está por completo apresada en el sistema ma-
y biología sólo intervienen aquí como modelos técnicos para la exploración de las dos mitades de la diferencia, la mitad dialéctica y la mitad estética, la exposición de lo virtual y el
proceso de actualización. La Idea dialéctica está doblemen- te determinada, en la variedad de las relaciones diferencia- les, y la distribución de las singularidades correlativas (di- ferenciación [différentiation]). La actualización estética es- tá doblemente determinada en la especificación y la compo- sición (diferenciación [différenciation]). La especificación encarna las relaciones, como la composición, las singulari- dades. Las cualidades y las partes actuales, las especies y los números, se corresponden con el elemento de la cualita- bilidad y el elemento de la cuantitabilidad en la Idea. Pero, ¿Qué es lo que efectúa el tercer aspecto de la razón suficien- te, el elemento de potencialidad de la Idea? Sin duda, la dra- matización pre-cuantitativa y pre-cualitativa. Ella es, en efecto, la que determina o desencadena, la que diferencia la diferenciación [différenciation] de lo actual en su correspon- dencia con la diferenciación [différentiation] de la Idea. Pe- ro ¿de dónde proviene ese poder de la dramatización? ¿No es, bajo las especies y las partes, las cualidades y los núme- ros, el acto más intenso o más individual? No hemos mos- trado lo que fundaba la dramatización, a la vez para lo ac- tual y en la Idea, como el desarrollo del tercer elemento de la razón suficiente.
La diferencia no es lo diverso. Lo diverso es dado. Pero la diferencia es aquello por lo que lo dado es dado. Es aquello por lo que lo dado es dado como diverso. La diferencia no es el fenómeno, sino el más cercano noúmeno del fenómeno. Por consiguiente, es muy cierto que Dios hace el mundo calculando, pero esos cálculos nunca son exactos, y esa ine- xactitud en el resultado, esa irreductible desigualdad es la que forma la condición del mundo. El mundo «se hace» mientras Dios calcula, no habría mundo si el cálculo fuera exacto. Siempre es posible asimilar el mundo a un «resto», y lo real en el mundo sólo puede ser pensado en términos de números fraccionarios, o hasta inconmensurables. Todo fe- nómeno remite a una desigualdad que lo condiciona. Toda diversidad, todo cambio remiten a una diferencia que es su razón suficiente. Todo lo que pasa y aparece es correlativo de órdenes de diferencias, diferencia de nivel, de temperatu- ra, de presión, de tensión, de potencial, diferencia de inten- sidad. El principio de Carnot lo dice de cierta manera; el principio de Curie, de otra.* Por todas partes la Esclusa. To- do fenómeno fulgura en un sistema señal-signo. Llamamos señal al sistema tal como está constituido o bordeado, por lo menos, por dos series heterogéneas, dos órdenes inconexas capaces de entrar en comunicación. El fenómeno es un sig- no, es decir, lo que fulgura en ese sistema a favor de la comu- nicación de los elementos dispares. «La esmeralda en sus fa- cetas oculta una ondina de ojos claros. . .»: todo fenómeno es del tipo «ondina de ojos claros», una esmeralda lo hace posi- ble. Todo fenómeno es compuesto, porque las dos series que lo bordean no sólo son heterogéneas, sino que cada una de ellas está compuesta por términos heterogéneos, subtendi-
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1 Sobre la disimetría como «razón suficiente», cf. Louis Rougier, En marge de Curie, de Carnot, et d'Einstein (Chiron ed., 1922).
da por series heterogéneas que forman otros tantos subfe- nómenos. La expresión «diferencia de intensidad» es una tautología. La intensidad es la forma de la diferencia como razón de lo sensible. Toda intensidad es diferencial, diferen- cia en sí misma. Toda intensidad es E-E”, en donde E remite por sí mismo a e-e”, y e ae-e”, etc.: cada intensidad es un aco- plamiento (en el que cada elemento del par remite, a su vez, a pares de elementos de otro orden), y revela así el conteni- do propiamente cualitativo de la cantidad.? Nosotros llama- mos disparidad a ese estado de la diferencia infinitamente desdoblada que resuena al infinito. La disparidad, es decir, la diferencia o la intensidad (diferencia de intensidad) es la razón suficiente del fenómeno, la condición de lo que apare- ce. Novalis, con su turmalina, se aproxima más a las condi- ciones de lo sensible que Kant, con el espacio y el tiempo. La razón de lo sensible, la condición de lo que aparece, no es el espacio y el tiempo, sino lo Desigual en sí, la disparidad tal como se comprende y determina en la diferencia de intensi- dad, en la intensidad como diferencia.
Sin embargo, volvemos a encontrar grandes dificultades cuando intentamos considerar el principio de Carnot o el principio de Curie como manifestaciones regionales de un principio trascendental. Sólo conocemos formas de energía ya localizadas y distribuidas en la extensión, extensiones ya calificadas por formas de energía. Lo energético definía una energía por la combinación de dos factores, intensivo y ex-
2 J. H. Rosny, el mayor (Boez-Borel), Les sciences et le pluralisme, Alcan, 1922, pág. 18: «La energética revela que todo trabajo deriva de diferencias de temperatura, de potencial, de nivel, como, por otra parte, toda acelera- ción supone diferencias de velocidad: verosímilmente toda energía calcu- lable implica factores de la forma E-E”, en los que los mismos E y E' escon- den factores de la forma e-e. .. Puesto que la intensidad ya expresa una diferencia, sería necesario definir mejor lo que es preciso entender por ello, y particularmente, hacer comprender que la intensidad no puede compo- nerse de dos términos homogéneos, sino, por lo menos de dos series de tér- minos heterogéneos». En ese muy hermoso libro concerniente a las canti- dades intensivas, Rosny desarrolla dos tesis: 1) la semejanza supone la di- ferencia, son las diferencias las que se asemejan; 2) la sola diferencia hace concebir el ser. Rosny era un amigo de Curie. En su obra novelesca, inven- ta una especie de naturalismo intensivo que se abre, a partir de ello, a las dos extremidades de la escala intensiva, sobre las cavernas prehistóricas y los espacios futuros de la ciencia ficción.
tensivo (por ejemplo, fuerza y longitud para la energía li- neal; tensión superficial y superficie para la energía de su- perficie; presión y volumen para la energía de volumen, al- tura y peso para la energía gravitacional; temperatura y en- tropía para la energía térmica. . .). Parece que en la expe- riencia, la intensio (intensidad) es inseparable de una exten- sio (extensidad) que la relaciona con el extensum (exten- sión). Y bajo esas condiciones, la misma intensidad aparece subordinada a las cualidades que llenan la extensión (cuali- dad física de primer orden o qualitas, cualidad sensible de segundo orden o quale). En suma, sólo conocemos la intensi- dad ya desarrollada en una extensión y recubierta por cua- lidades. De allí procede nuestra tendencia a considerar la cantidad intensiva como un concepto empírico y todavía mal fundado, mixto impuro de una cualidad sensible y de la extensión, o hasta de una cualidad física y de una cantidad extensiva.
Es verdad que esa tendencia no llegaría a nada si la mis- ma intensidad no presentara, por su cuenta, una tendencia correspondiente en la extensión que la desarrolla y bajo la cualidad que la recubre. La intensidad es diferencia, pero esa diferencia tiende a negarse, a anularse en la extensión, y bajo la cualidad. Es verdad que las cualidades son signos y fulguran en la separación de una diferencia; pero, precisa- mente, miden el tiempo de una igualación, es decir, el tiem- po puesto por la diferencia en anularse en la extensión don- de está distribuida. Tal es el contenido más general de los principios de Carnot, de Curie, de Le Chátelier, etc.: la dife- rencia sólo es razón suficiente de cambio en la medida en que ese cambio tiende a negarla. Hasta es de esa manera que el principio de causalidad halla, en el proceso de la se- ñalización, su determinación física categórica: la intensidad define un sentido objetivo para una serie de estados irrever- sibles, como una «flecha de tiempo» según la cual se va de lo más diferenciado a lo menos diferenciado, de una diferencia productora, a una diferencia reducida; en el límite, anulada. Ya se sabe cómo, al terminar el siglo XIX, esos temas de una reducción de la diferencia, de una uniformización de lo di- verso, de una igualación de lo desigual, se anudaron, por úl- tima vez, en la más extraña alianza: entre la ciencia, el buen sentido y la filosofía. La termodinámica fue el horno potente de esa aleación. Se establecía un sistema de defini-
ciones básicas que satisfacía a todo el mundo, incluido un cierto kantismo: el dato como diverso; la razón como tenden- cia a la identidad, proceso de identificación y de igualación; lo absurdo o lo irracional como resistencia de lo diverso a esa razón identificante. Las palabras «lo real es racional» en- contraban en él un nuevo sentido, pues la diversidad tendía tanto a reducirse en Naturaleza como en razón. De modo que la diferencia no formaba ni una ley de la naturaleza, ni una categoría del espíritu, sino sólo el origen = x de lo di- verso: el dato, no el «valor» (salvo un valor regulador o com- pensatorio).2 En verdad, nuestra tendencia epistemológica a dudar de la noción de cantidad intensiva no probaría nada si no estuviera unida a otra tendencia, la de las mismas di- ferencias de intensidad que tienden a anularse en los siste- mas extensos calificados. Sólo dudamos de la intensidad porque parece precipitarse al suicidio.
Por consiguiente, la ciencia y la filosofía dieron aquí una última satisfacción al buen sentido. Pues lo que está en cuestión no es la ciencia, que permanece indiferente a la ex- tensión del principio de Carnot, ni la filosofía que, en cierto modo, permanece indiferente al mismo principio de Carnot. Cada vez que la ciencia, la filosofía y el buen sentido se en- cuentran, es inevitable que el buen sentido en persona se tome por una ciencia y una filosofía (por ello, esos encuen- tros deben evitarse con el mayor cuidado). Por lo tanto, se trata de la esencia del buen sentido. Esa esencia está bien indicada por Hegel, de modo conciso, en la Diferencia de los sistemas de Fichte y de Schelling: el buen sentido es la ver- dad parcial, en tanto se le una el sentimiento de lo absoluto. La verdad como razón está en él en estado parcial, y lo abso- luto, como sentimiento. Pero ¿cómo el sentimiento de lo ab- soluto se une a la verdad parcial? El buen sentido es esen- cialmente distribuidor, repartidor: por una parte y por otra parte, son las formas de su chatura o de su falsa profundi- dad. Reparte las cosas. Sin embargo, es evidente que no to-
3 Cf. «Valeur de la différence» (Revue Philosophique, abril de 1955) don- de André Lalande resume sus tesis principales. La posición de Emile Me- yerson es bastante análoga, aunque Meyerson evalúe de una manera muy distinta el papel y el sentido del principio de Carnot. Pero acepta el mismo sistema de definiciones. De igual modo Albert Camus, en El Mito de Sísifo, invoca a Nietzsche, Kierkegaard y Chestov, pero está mucho más cerca de la tradición de Meyerson y de Lalande.
da distribución está hecha con buen sentido: hay distribu- ciones de la locura, locas reparticiones; quizás, hasta corres- ponde al buen sentido suponer la locura y acudir luego a co- rregir lo que hay de loco en una distribución previa. Una distribución está hecha de acuerdo con el buen sentido cuando tiende por sí misma a conjurar la diferencia en lo distribuido. Es sólo cuando se supone que la desigualdad de las partes se anula con el tiempo y en el medio ambiente, que la repartición concuerda efectivamente con el buen sen- tido, o sigue un sentido que llaman bueno. El buen sentido es, por naturaleza, escatológico, profeta de una compensa- ción y de una uniformización finales. Si aparece en segundo término, es porque supone la loca distribución, la distribu- ción nómade, instantánea, la anarquía coronada, la diferen- cia. Pero él, el sedentario y el paciente, él que dispone del tiempo, corrige la diferencia, la introduce en un medio que debe originar la anulación de las diferencias o la compen- sación de las partes. El mismo es el «medio». Pensándose entre los extremos, los conjura; llena el intervalo entre ellos. No niega las diferencias, por el contrario, procede de modo tal que ellas se niegan en las condiciones de la extensión y en el orden del tiempo. Multiplica las medias y, como el demiurgo de Platón, no cesa, pacientemente, de conjurar lo desigual en lo divisible. El buen sentido es la ideología de las clases medias que se reconocen en la igualdad como pro- ducto abstracto. Sueña menos con actuar que con constituir el medio natural, el elemento de una acción que va de lo más diferenciado a lo menos diferenciado: así ocurre con el buen sentido de la economía política en el siglo XVIII, que ve en la clase de los comerciantes la compensación natural de los extremos, y en la prosperidad del comercio, el proceso mecá- nico de la igualación de las partes. Por consiguiente, sueña menos con actuar que con prever, y con dejar que la acción pase de lo imprevisible a lo previsible (de la producción de diferencias a su reducción). Ni contemplativo ni activo; es, sobre todo, previsor. En suma, va de la parte de las cosas a la parte del fuego: de las diferencias producidas a las dife- rencias reducidas. Es termodinámico. Es en ese sentido que une el sentimiento de lo absoluto a la verdad parcial. No es ni optimista ni pesimista: se colora de un tinte pesimista u optimista, según que la parte del fuego, la que toma todo y uniformiza todas las partes, se le aparezca marcada por una
-rachel
muerte y una nada inevitables (todos somos iguales ante la muerte) o, por el contrario, tenga la feliz plenitud de lo que es (todos tenemos iguales oportunidades ante la vida). El buen sentido no niega la diferencia; por el contrario, la reco- noce; pero nada más que lo necesario para afirmar que se niega, con bastante extensión y tiempo. Entre la loca dife- rencia y la diferencia anulada, entre lo desigual en lo divisi- ble y lo divisible igualado, entre la distribución de lo desi- gual y la igualdad distribuida, es forzoso que el buen senti- do se viva como una regla de partición universal; por lo tan- to, como universalmente repartido.
El buen sentido se funda sobre una síntesis del tiempo, precisamente la que hemos determinado como la primera síntesis, la del hábito. El buen sentido sólo es bueno porque abraza el sentido del tiempo de acuerdo con esa síntesis. Testimonio de un presente viviente (y de la fatiga de ese pre- sente), va de lo pasado al futuro, como de lo particular a lo general. Pero define ese pasado como lo improbable, o lo me- nos probable. En efecto, teniendo por origen todo sistema parcial una diferencia que individualiza su dominio, ¿cómo un observador situado en el sistema captaría la diferencia, si no como pasada y altamente «improbable», ya que está detrás de él? Por el contrario, en el seno del mismo sistema, la flecha del tiempo, es decir, el buen sentido, identifica: el futuro, lo probable, la anulación de la diferencia. Esa condi- ción funda la previsión misma (frecuentemente se ha seña- lado que, si temperaturas primero indiscernibles fueran diferenciándose, no se podría prever cuál aumentaría o dis- minuiría; y si la viscosidad se acelerara, arrancaría a los móviles del reposo, pero en un sentido imprevisible). Algu- nas páginas célebres de Boltzmann comentan esa garantía científica y termodinámica del buen sentido; muestran có- mo en un sistema parcial se identifican, por una parte, pa- sado, improbable y diferencia; por otra, futuro, probable y uniformidad.* Esa uniformización, esa igualación no se cumplen tan sólo en cada sistema parcial, sino que se sueña de un sistema al otro, en un buen sentido verdaderamente universal; es decir que une la Luna a la Tierra, y el senti- miento de lo absoluto, al estado de verdades parciales. Pero
4 Ludwig Boltzmann, Lecons sur la théorie des gaz (trad. Galloti y Bé- nard, Gauthier-Villars), t. II, págs. 251 y sigs.
(como lo muestra Boltzmann), esa unión no es legítima co- mo tampoco es suficiente esa síntesis del tiempo.
Estamos en condiciones, por lo menos, de precisar las relaciones del buen sentido con el sentido común. El sentido común se definía subjetivamente por la supuesta identidad de un Yo [Moi] como unidad y fundamento de todas las fa- cultades y, objetivamente, por la identidad del objeto cual- quiera con el cual se supone que todas las facultades se rela- cionan. Pero esa doble identidad permanece estática. Así co- mo no somos el Yo [Moi] universal, tampoco nos encontra- mos ante el objeto cualquiera universal. Los objetos se re- cortan por y en campos de individuación, del mismo modo que los Yo [Moi]. Por consiguiente, es preciso que el sentido común vaya más allá de sí mismo hacia otra instancia, diná- mica, capaz de determinar el objeto cualquiera como tal o cual, e individualizar el yo [moi] situado en tal conjunto de objetos. Esa otra instancia es el buen sentido que parte de una diferencia en el origen de la individuación. Pero preci- samente porque asegura su repartición de tal modo que ella tiende a anularse en el objeto, porque proporciona una regla de acuerdo con la cual los diferentes objetos tienden ellos mismos a igualarse, y los diferentes Yo [Moi] a uniformarse, el buen sentido, a su vez, va más allá de sí mismo hacia la instancia del sentido común, que le provee tanto la forma del Yo [Moi] universal, como la del objeto cualquiera. El mis- mo buen sentido, por consiguiente, tiene dos definiciones, objetiva y subjetiva, que corresponden a las del sentido co- mún: regla de repartición universal, regla universalmente compartida. Buen sentido y sentido común, cada uno de los dos remite al otro; cada uno refleja al otro y constituye la mi- tad de la ortodoxia. En esa reciprocidad, en esa doble refle- xión, podemos definir el sentido común por el proceso del re- conocimiento; y el buen sentido, por el proceso de la previ- sión. Uno, como la síntesis cualitativa de lo diverso, síntesis estática de la diversidad cualitativa relacionada con un ob- jeto que se supone es el mismo para todas las facultades de un mismo sujeto; el otro, como la síntesis cuantitativa de la diferencia, síntesis dinámica de la diferencia de cantidad relacionada con un sistema en el cual aquella se anula obje- tiva y subjetivamente.
De todo esto resulta que la diferencia no es lo dado mis- mo, sino aquello por lo cual lo dado es dado. ¿Cómo el pensa-
miento podría evitar llegar hasta allí, cómo podría evitar pensar lo que más se opone al pensamiento? Pues, con lo idéntico, se piensa con todas las fuerzas; pero sin tener el menor pensamiento; en lo diferente, por el contrario, ¿no se tiene el más alto pensamiento, pero no se lo puede pensar? Esa protesta de lo Diferente está cargada de sentido. Aun si la diferencia tiende a repartirse en lo diverso de manera de desaparecer, y a uniformar lo diverso que crea, debe ante to- do ser sentida como como aquello que permite que lo diverso pueda ser sentido. Y debe ser pensada como lo que crea lo diverso. (Esto no significa que volvamos entonces al ejer- cicio común de las facultades, sino que las facultades diso- ciadas entran precisamente en esa relación de violencia, en que una transmite su constreñimiento a la otra.) El delirio está en el fondo del buen sentido; por ello, el buen sentido siempre aparece en segundo término. Es preciso que el pen- samiento piense la diferencia; eso absolutamente diferente del pensamiento que, sin embargo, da que pensar, le da un pensamiento. Lalande, en páginas muy bellas, dice que la realidad es diferencia; mientras que la ley de la realidad, co- mo el principio del pensamiento, es identificación: «La reali- dad, por consiguiente, está en oposición con la ley de la rea- lidad; el estado actual, con su devenir. ¿Cómo se ha podido producir un estado de cosas semejante? ¿Cómo el mundo fí- sico puede estar constituido por una propiedad fundamen- tal que sus propias leyes atenúan sin cesar?».5 Es lo mismo que decir que lo real no es el resultado de las leyes que lo ri- gen, y que un Dios saturniano devora por un extremo lo que ha hecho por el otro, legislando contra su creación, ya que ha creado contra su legislación. Henos aquí forzados a sen- tir y pensar la diferencia. Sentimos algo que es contrario a las leyes de la naturaleza, pensamos algo que es contrario a los principios del pensamiento. Y aun si la producción de la diferencia es, por definición, «inexplicable», ¿cómo evitar implicar lo inexplicable en el seno del pensamiento mismo? ¿Cómo lo impensable no estaría en el corazón del pensa- miento? ¿Y el delirio, en el corazón del buen sentido? ¿Cómo uno podría contentarse con relegar lo improbable al comien-
5 André Lalande, Les illusions évolutionnistes (ed. Alcan, 1930), págs. 347-8. Y pág. 378: «La producción de la diferencia, cosa contraria a las leyes generales del pensamiento es, rigurosamente hablando, inexpli- cable».
zo de una evolución parcial, sin aprehenderlo también como la más alta potencia del pasado, como lo inmemorial en la memoria? (Es en ese sentido que la síntesis parcial del pre- sente ya nos arrojaba a otra síntesis del tiempo, de la memo- ria inmemorial; aun a riesgo de precipitarnos más lejos. . .).
La manifestación de la filosofía no es el buen sentido, si- no la paradoja. La paradoja es el pathos o la pasión de la fi- losofía. También hay muchas clases de paradojas que se oponen a las formas complementarias de la ortodoxia, buen sentido y sentido común. Subjetivamente, la paradoja rom- pe el ejercicio común y lleva cada facultad hasta su propio límite, ante su incomparable; al pensamiento, ante lo im- pensable que, sin embargo, sólo él puede pensar; a la me- moria, ante el olvido que es también su inmemorial; a la sensibilidad, ante lo insensible, que se confunde con su in- tensivo. .. Pero al mismo tiempo, la paradoja comunica a las facultades rotas esa facultad que no es propia del buen sen- tido, situándolas sobre la línea volcánica que inflama la una con la chispa de la otra, saltando de un límite a otro. Y obje- tivamente, la paradoja hace valer el elemento que no se deja totalizar en un conjunto común, pero también hace valer la diferencia que no se deja igualar o anular en la dirección de un buen sentido. Se está en lo justo cuando se dice que la única refutación de la paradoja reside en el buen sentido y el sentido común mismos; pero a condición de que ya se les dé todo, el papel de juez con el de parte, y el absoluto con la verdad parcial.
No hay por qué asombrarse de que la diferencia sea lite- ralmente «inexplicable». La diferencia se explica, pero pre- cisamente tiende a anularse en el sistema en el que se explica. Esto significa tan sólo que la diferencia está esen- cialmente implicada, que el ser de la diferencia es la impli- cación. Explicarse para ella es anularse, conjurar la desi- gualdad que la constituye. La fórmula según la cual «expli- car es identificar» es una tautología. De esto se puede con- cluir que la diferencia se anula, por lo menos que se anula en sí. Se anula en tanto es puesta fuera de sí, en la extensión y en la cualidad que llena esa extensión. Pero a esa cuali- dad, como a esa extensión, las crea la diferencia. La intensi- dad se explica, se desarrolla, en una extensión (extensio). Es esa extensión la que se relaciona con lo extenso (extensum)
donde aparece fuera de sí, recubierta por la cualidad. La diferencia de intensidad se anula o tiende a anularse en ese sistema; pero ella es la que, explicándose, crea ese sistema. De allí el doble aspecto de la cualidad como signo: remitir a un orden implicado de diferencias constituyentes, tender a anular esas diferencias en el orden extenso que las explica. Por ello, también la causalidad encuentra en la señalización tanto un origen como una orientación, una destinación; una destinación que, en cierto modo, desmiente el origen. Y lo propio del efecto, en sentido causal, es causar «efecto» al sentido perceptivo y poder ser llamado por un nombre pro- pio (efecto Seebeck, efecto Kelvin. . .), porque surge en un campo de individuación propiamente diferencial, simboliza- ble por el nombre. Precisamente, el desvanecimiento de la diferencia es inseparable de un «efecto» del que somos vícti- mas. Cuando se anula explicándose en lo extenso, la dife- rencia como intensidad permanece implicada en sí misma. Por ello, no es necesario, para salvar al universo de la muer- te calorífica o salvaguardar las oportunidades del eterno re- torno, imaginar mecanismos extensivos altamente «impro- bables», que se supone son capaces de restaurar la diferen- cia. Pues la diferencia no ha cesado de ser en sí, de estar im- plicada en sí, cuando se explica fuera de sí misma. Por con- siguiente, hay no sólo ilusiones sensibles, sino también una ilusión física trascendental. En ese sentido, creemos que Léon Selme había hecho un profundo descubrimiento.f Cuando oponía Carnot a Clausius, quería mostrar que el aumento de entropía era ilusorio. E indicaba ciertos facto- res empíricos o contingentes de la ilusión: la pequeñez rela- tiva de las diferencias de temperatura logradas en las má- quinas térmicas, la enormidad de las amortiguaciones que parece excluir la confección de un «ariete térmico». Pero, sobre todo, deducía una forma trascendental de la ilusión: de todas las extensiones, la entropía es la única no directa- mente medible; ni siquiera, indirectamente, por un procedi- miento independiente de la energética; si ocurriera lo mis- mo con el volumen o con la cantidad de electricidad, tendría- mos necesariamente la impresión de que aumentan en las transformaciones irreversibles. La paradoja de la entropía
6 Léon Selme, Principe de Carnot contre formule empirique de Clausius (Givore, 1917).
es la siguiente: la entropía es un factor extensivo; pero, a di- ferencia de todos los otros factores extensivos, es una exten- sión, una «explicación» que se halla implicada como tal en la intensidad, que sólo existe implicada, que no existe fuera de la implicación; y eso, porque tiene por función hacer posible el movimiento general por el cual lo implicado se explica o se extiende. Por consiguiente, hay una ilusión trascendental, esencialmente ligada a la qualitas Calor y a la extensión Entropía.
Es digno de destacar que la extensión no dé cuenta de las individuaciones que se hacen en ella. Sin duda, lo alto y lo bajo, la derecha y la izquierda, la forma y el fondo, son facto- res individuantes que trazan en la extensión caídas y subi- das, corrientes y hundimientos. Pero su valor es tan sólo re- lativo ya que se ejercen en una extensión ya desarrollada. Por ello derivan de una instancia más «profunda»: la pro- fundidad misma, que no es una extensión, sino un puro ¿m- plexo. Sin duda, toda profundidad es una longitud, un ancho posibles. Pero esa posibilidad sólo se realiza en tanto un ob- servador cambia de lugar, y reúne en un concepto abstracto lo que es longitud para él y lo que es longitud para otro: de hecho, siempre es a partir de una nueva profundidad que la antigua se convierte en longitud, o se explica en longitud. Evidentemente, es lo mismo considerar un simple plano, o una extensión de tres dimensiones, de las cuales la tercera es homogénea con respecto a las otras dos. Desde el momen- to en que la profundidad es captada como cantidad extensi- va, forma parte de la extensión generada y deja de abarcar en sí su propia heterogeneidad en relación con las otras dos. Entonces comprobamos que es la dimensión última de la ex- tensión, pero lo comprobamos sólo como un hecho, sin com- prender su razón, pues ya no sabemos que es original. En- tonces también comprobamos en la extensión la presencia de factores individuantes, pero sin entender de dónde proce- de su poder, pues ya no sabemos si expresan la profundidad original. Es la profundidad que se explica en izquierda y de- recha en la primera dimensión, en alto y en bajo en la se- gunda, en forma y fondo en la tercera homogeneizada. La extensión no aparece, no se desarrolla, sin presentar una derecha y una izquierda, un alto y un bajo, un sobre y un de- bajo, que son como las marcas disimétricas de su propio ori- gen. Y la relatividad de esas determinaciones también es
una manifestación del absoluto del que provienen. Es toda la extensión que surge de las profundidades. La profundi- dad como dimensión heterogénea (última y Original) es la matriz de la extensión, incluyendo en ella la tercera dimen- sión considerada homogénea con las otras dos.
El fondo, particularmente, tal como aparece en una ex- tensión homogénea, es una proyección de lo «profundo»: sólo este puede ser llamado Ungrund o sin fondo. La ley de la for- ma y del fondo nunca sería válida para un objeto que se des- tacara sobre un fondo neutro, o sobre el fondo de otros obje- tos, si el mismo objeto no tuviera en primer lugar una rela- ción con su propia profundidad. La relación entre la forma y el fondo no es sino una relación plana extrínseca, que supo- ne una relación interna y voluminosa de las superficies con la profundidad que ellas envuelven. Esa síntesis de la pro- fundidad que da al objeto su sombra, pero que también lo hace surgir de esa sombra, es una manifestación del más le- jano pasado, como también de la coexistencia del pasado con el presente. Nadie se asombrará de que las síntesis espacia- les puras retomen aquí las síntesis temporales previamente determinadas: la explicación de la extensión descansa sobre la primera síntesis, la del hábito o del presente; pero la im- plicación de la profundidad descansa sobre la segunda sín- tesis, la de la Memoria y del pasado. También es preciso pre- sentir, en la profundidad, la proximidad y el hervor de la tercera síntesis que anuncia «el desfundamento» universal. La profundidad es como la célebre línea geológica del N-E al S-O, la que proviene del corazón de las cosas, en diagonal, y que distribuye los volcanes, para reunir una sensibilidad que hierve con un pensamiento que «truena en su cráter». Schelling solía decirlo: la profundidad no se agrega desde afuera a la longitud y al ancho, sino que permanece soterra- da como el sublime principio del diferendo que los creó.
Que la extensión surja de las profundidades sólo es posi- ble si la profundidad es definible independientemente de la extensión. La extensión cuya génesis buscamos establecer es la magnitud extensiva, el extensum o el término de refe- rencia de todas las extensio. Por el contrario, la profundidad original es el espacio completo, pero el espacio como canti- dad intensiva: el puro spatium. Sabemos que la sensación o la percepción tienen un aspecto ontológico: precisamente en las síntesis que les son propias, frente a lo que sólo puede
ser sentido, o a lo que sólo puede ser percibido. Ahora bien, parece que la profundidad está esencialmente implicada en la percepción de la extensión; no se juzga la profundidad ni las distancias por la magnitud aparente de los objetos: por el contrario, la profundidad envuelve en sí misma las dis- tancias, que se explican a su vez en las magnitudes aparen- tes y se desarrollan en la extensión. Parece también que, en ese estado de implicación, la profundidad y las distancias están fundamentalmente ligadas a la intensidad de la sen- -_sación: es la potencia de degradación de la intensidad senti- da la que da una percepción de la profundidad (o más bien la que da profundidad a la percepción). La cualidad percibida supone la intensidad porque expresa solamente un carácter de semejanza para una «serie de intensidades aislables», en los límites de la cual se constituye un objeto permanente, el objeto calificado que afirma su identidad a través de las dis- tancias variables.” La intensidad, que envuelve las distan- cias, se explica en la extensión; y la extensión desarrolla, ex- terioriza o hace homogéneas esas mismas distancias. Una cualidad ocupa esa extensión, al mismo tiempo, sea como qualitas que define el medio de un sentido, sea como quale que caracteriza cierto objeto en relación con ese sentido. La intensidad es, a la vez, lo insensible y lo que sólo puede ser sentido. ¿Cómo se sentiría por sí misma, independien-
7 A) Sobre la envoltura o la «implicación» de la profundidad en la percep- ción de la extensión, cf. la obra en general, tan importante y demasiado po- co conocida, de Jacques Paliard. (Paliard analiza las formas de implica- ción, y muestra la diferencia de naturaleza entre el pensamiento que lla- ma implícito y el pensamiento explícito. Particularmente Pensée implicite et perception visuelle, Presses Universitaires de France, 1949, pág. 6: «No sólo existe un implícito envuelto, sino que también hay un implícito envol- vente», y pág. 46: «Ese saber implícito (. . .) nos ha parecido, a la vez, como un saber envolvente, como la profundidad o la afirmación sintética de un universo visible; y como un saber envuelto, como las múltiples sugestiones que vuelven a los detalles, conspiradores, las múltiples relaciones, distan- ciales en el seno de la misma profundidad. . .».